Qué sapo (FMI) ‘Amigos’ K – PARTIDO OBRERO

Es inútil el esfuerzo que harán los escribas del oficialismo y su ‘gloriosa’ Cámpora para hacerse los otarios. Durante cinco años esgrimieron el patoteo del Indek como un emblema nacional y popular.
Ahora, es precisamente ese ‘baluarte’ el que acaban de entregar al FMI -sí, ese mismo FMI del que, según los K, ‘nos’ habíamos divorciado ‘hasta que la muerte nos vuelva a juntar’.
¿No es también ‘maravilloso’ que esta patraña, tan típica del nacionalismo, sea consumada 72 horas después de la celebración de la Vuelta de Obligado y del sonoro “Viva la Patria” de ‘nuestra’ Presidenta?
¿No es todavía más maravilloso que nuestros gauchos K le acepten al FMI revisar las estadísticas, lo que les rechazaron a los profesores de las universidades nacionales?
¿Dónde hay un latoso del grupo Fénix o de Carta Abierta a izquierda o derecha de este escenario?
¡Qué regalo de Navidad pasar del índice Moreno al índice FMI!
Con la aceptación de la ‘ayuda’ del FMI al IndeK para elaborar los nuevos índices, el gobierno K capitula ante la exigencia fundamental del Club de París, de pasar por un control de auditoría del Fondo antes de firmar un acuerdo para el pago escalonado de la deuda argentina.
Cuántos ríos de tinta se gastaron los K al divino botón, o sea prometiendo hacer lo que están deshaciendo.
¿Cómo reaccionará la ‘juventud maravillosa’ ante este despliegue de duplicidad y de cinismo?
Como nunca es bueno, sin embargo, subestimar la mediocridad del adversario, debemos advertir al lector que aquellos que se llevan un sobre regular de los mostradores K nos lanzarán una respuesta futbolera cantada: “tanto quilombo por un índice” -sin mosquearse de que se trata del mismo índice que defendieron a trompadas por todos lados y por el que patotearon a los trabajadores del Indec.
Pero cuidado, los ‘índices’ ya no son más los que eran: toda la especulación capitalista que ha derribado a la economía mundial consiste en apostar por unos ‘índices’ contra otros.
Gracias a los ‘índices’ (por ejemplo, CER, cupón PBI, etc.), Argentina ha estado pagando mucha más deuda externa de lo que debería.
Pero los K no han entregado las estadísticas al FMI simplemente porque les cambió el humor, sino por estrictos intereses de clase: las provincias, los grandes capitales nacionales y el propio gobierno se están re-endeudando en el mercado internacional (y quieren hacerlo aún más) y allí no se presta la guita si no existe una supervisión de las cuentas nacionales (o sea de la capacidad de pago) por, precisamente, el FMI.
La prensa no tomó en serio al ministro Boudou cuando dijo que la inflación perjudicaba a los ricos, pero efectivamente los ricos no quieren que sus inversiones sean desvalorizadas y licuadas por una inflación muy superior a la trucha que cocinaba el maître Moreno; ahora habrá que remunerar a los ‘ricos’ de acuerdo con la inflación que determine el FMI.
El cambio de la patronal a cargo de la estadística anuncia un nuevo ciclo de endeudamiento; un retorno, que ya está en marcha, a ‘la plata dulce’ de Martínez de Hoz, al uno a uno de Cavallo -es la condición para que la burguesía arranque con una burbuja inmobiliaria, como ya ocurre con los bienes de consumo.
Pero este cambio no anuncia que los salarios se ajusten por la inflación, porque para impedirlo está en marcha el llamado ‘pacto social’, que también afectará a las jubilaciones, incluso después del veto del 82%.
Se ha producido un tráfico de delincuentes: en lugar de un Presupuesto controlado por el Congreso ‘destituyente’, se habrá de manejar otro, a fuerza de decretos, controlado por el FMI y el Club de París.
La ‘comunidad internacional’, cuando se trata de negocios, no vacila en legitimar la violación de las constituciones nacionales.
Llamamos a todos los que defienden en forma consecuente las causas nacionales a desenmascarar la patraña “nac & pop” de los K y a luchar por una salida obrera y socialista.

David Viñas: “Un intelectual no puede ser oficialista

Un tipo de bares Viñas. Llegó media hora temprano a La Paz y buscó rápido el fumadero. La cita era para hablar de Los dueños de la tierra , que ahora se publicó en versión de novela gráfica (ver Los dueños …) Se sentó en la única mesa libre y pidió una gaseosa, un café doble y tres medialunas. De manteca. Cuando iba mordisquear la primera se liberó otra mesa. Más grande y pegada a la ventana. Buscó la ventana Viñas. Desde allí observó la calle Corrientes, aunque sea avenida. Saludó. Lo saludaron. Y clavó su vista en los diarios. De éstos, además de la política, le preocupa que los suplementos culturales hablen tanto de Borges. Viñas fuma y se quita la boina. La charla arranca en voz alta. Es casi una entrevista pública en el fumadero, en las tinieblas de La Paz.

-¿Ya vio la novela gráfica de Los Dueños de la Tierra que acaba de publicar De la Flor?

Pensé, claro, el medio es el mensaje.  Apunta a un auditorio juvenil. Son cuadritos, historietas, o como se llame. Es para un público específico. Y me tomó por sorpresa, porque hace años Piglia hizo algo parecido para la revista Fierro. Yo no me quise meter, porque es una novela que se publicó en el año 1958, viejo. Eso ya está.

-En el prólogo Kreimer, el guionista, cuenta que la escribió antes, cuando usted tenía 28  años, en 1955…

Eso no lo recuerdo exactamente, porque en realidad el relato esta muy vinculado, corrido desde ya, al recuerdo de mi padre y de mi madre.

-Claro, Vicente y Yuda (personajes de la novela) son en cierto modo ellos dos, sus padres…

Como que mi hermano nació en Gallegos, querido. Pero pasó mucho tiempo. Yo ya tengo bisnietos. En la diáspora, en California, no acá.

-Algo conozco de esa historia…

A la madre, mi nieta, Inés, la dejaron abandonada cuando se llevaron a mi hija (desaparecida). La dejaron en el zoológico, bebita. Una locura querido. La ubicaron porque tenía la cadenita. Lo ubicaron al abuelo, al pintor, Gigli. Y ahora Inés tuvo un hijo, y le puso Lorenzo (nombre de otro de los hijos de Viñas, también desaparecido).

-Qué historia…

Por otro lado mi hermano Ismael me manda una foto de su primer nieto, una maravilla el pibe, y me pone detrás de la foto que ese es Antonio, y que le dicen Tono (se ríe). Es madrileño querido. La diáspora.

-Pero allí están, sabe de ellos al menos

Mi nieta estuvo acá, hará dos años. Ella escribe en español. (risas) Yo la conozco poco a ella. No la toqué… Son mis limitaciones. Por otro lado, el hermano de su mamá, Lorenzo Ismael se llama, se llamaba… Es demasiado viejo, fue una barbaridad. Dos chicos de 20 años. Y yo estoy grande, 83 años querido.

-Pero está trabajando...

Sí, sí, pero ya no escribo. Publicamos una historia de la literatura argentina del siglo XX  ya ahora sale el tomo 5, de 7. Se llama De Alfonsín al Menemato. Pero no lo he visto en muchas librerías. No se por qué.

-Hablemos de los Los Dueños de la Tierra entonces, de está versión en novela gráfica que sí está en varias librerías, dijo recién que lo sorprendía…

No quiero dar un juicio, no puedo, es como si hablaran otro idioma para mí. No lo entiendo.

-No lo seduce la posibilidad de acercarse a un público distinto, más joven, que es de algún modo la zanahoria de la editorial

Ya le digo, no se qué pasa con eso. La novela es muy cinematográfica. Y se han hecho muchas ediciones. La última en Cuba. ¡Con una tapa gauchesca! ¿En qué estaban pensando?

-Esta es una buena tapa, no le parece (le muestro una edición de Plaza & Janes, la imagen de un fusilamiento, abre el libro, mira la dedicatoria a sus hijos, resopla)

Una barbaridad querido, es muy fuerte, Página 12 nunca publicó sus fotos, ¿por qué? (se queda en silencio) A esta edición no la recordaba, me gusta la tipografía, aunque la letra es algo chica.

-La novela gráfica y las reediciones hablan de la actualidad de esta novela, escrita hace más de cincuenta años. ¿Coincidirá con eso?

Sí, es así. Entre otras cosas, es la lucha de clases. La revisé estos días, a partir de la historieta. Y hay una escena en la que torturan a Stocker, y después vienen los fusilamientos. Mucho de ese material viene de mi viejo. Porque Yo soy Soto,(Soto es uno de los obreros patagónicos en la novela) es un cuento escrito por mi viejo. Yo soy Soto. Incluso, una vez mi viejo me dijo: ese cuento me lo rapiñó Jauretche (risas). Mi viejo contaba que los dos jóvenes radicales que estuvieron con el viejo Yrigoyen cuando murió, acá en la calle Sarmiento, eran él y Jauretche.

-Y tiene particular importancia que el personaje de Vicente, como su padre, haya sido juez…

Lógico. Está en el libro. El aspiraba al consulado de París. Para zafar de la Patagonia. ¿Vos sabés lo que era la Patagonia en 1920? Podría mostrarte fotos, pero se perdieron. Y en la película, lo hacen aparecer con corbata…, no tienen idea de lo que era ese lugar, Río Gallegos, uhhhhhhhh era una aldeasa… había fotos…

-Y está la crítica a aquél gobierno, al sistema, por su inoperancia, que en la lucha de clases sabemos a quien favorece…

Le bajan la caña al viejo Yrigoyen, pero vos qué crees, ¿que era un maldito? Era como el viejo Illia, capaz de robarse una pluma. Además ya era un hombre muy mayor, tenía casi 80 años… Pensá vos que él nunca habló en público, sobra con mirar las fotos.

– Qué clase de oligarquía quiso mostrar con el personaje Brun, (inspirado en los Braun Menéndez)

Era gente muy arraigada en el sur, nuevos ricos, como los Santamaría, que eran meros comerciantes, como otros muchos inmigrantes que se enriquecieron así… Fíjese, que entre los 1880 o 1890, aparecen por primera vez los apellidos dobles. Paz, Sarmiento, Moreno, no usaban doble apellido. Mire sino a Bioy Casares, su padre firmaba Bioy.

– Estos grandes temas, ¿fueron barridos de la literatura?

Claro, hoy aparecen princesas bizantinas. Pero también he leído una gran novela sobre la guerra del Paraguay, Gálvez. Y ahí hay una separación.

-¿La denuncia social, no tiene lugar en la literatura hoy?

No. Tal vez como un rechazo frente al realismo. Qué están haciendo viejo. Hay trabajos sobre el realismo de Homero para acá. Les parecerá simplista, qué se yo.

-¿Qué otra cosa le preocupa?

El vértigo que el mercado le impuso a la cultura. ¿Cuántos Gary Cooper hay hoy, de cuántos necesita la industria para subsistir? Todo está condicionado por la aparición permanente de novedades. Quizá sea esclerosada mi perspectiva. Pero se mueven intereses fenomenales. Y hay una reacción frente a la política en general y al presunto realismo. Ahora se escribe en serie, en parte como resultado de la despolitización de literatura. Hasta Piglia escribe policiales.

Usted se ha cansado de decir que cualquier teoría estética termina siendo, al fin, teoría política, todo lo que hablamos, ¿no desmiente esa afirmación?

Yo no lo veo así, pero quizá sean mis limitaciones. Mire, yo estoy leyendo más ensayos que ficciones. Y podría hablar de María Pía López que escribió un libro muy duro sobre Sabato y otro sobre Lugones que es excelente. Y leí un libro sobre Goebbels. Uh, qué delirio, qué locura. La mujer envenenó a sus seis hijos. Y otras cosas que nunca había leído, sobre la campaña japonesa. Estoy actualizándome sobre la Segunda Guerra Mundial, que antes se veía de manera muy anecdótica. Son libros feroces.      

¿Qué temas de la actual coyuntura argentina debería asumir nuestra literatura?

Y claro, a mí me invitaron para incorporarme al grupo K. No me convencía. Pero claro, si tengo que situarme, leo La Nación, y es un diario cada vez más clerical y más reaccionario. No puede ser. Con esto no estoy diciendo que soy K, y cuando me invitaron yo propuse que el grupo de intelectuales llamara Rodolfo,  por Rodolfo Walsh y Rodolfo Ortega Peña, incluso propuse una revista con ese nombre, porque un grupo de intelectuales…

¿Se refiere a Carta Abierta?

Sí. Y estoy disconforme con la elección, con los rasgos tácticos del lenguaje que emplean, no me convencen…

¿Y desde el lado ideológico?

Ya le digo, siento un gran rechazo por los mismos que ellos rechazan. Pero hace falta más análisis político. La revista y el grupo que yo propuse, debía el nombre a Walsh y a Peña. Nos juntamos acá, en el bar La Paz, mire. Dos intelectuales argentinos asesinados acá a la vuelta, viejo. Qué es K, ¿Kafka? Adhiero, pero un intelectual no puede ser oficialista. Perdón.

-Pero supongo que acepta el hecho de que sean intelectuales militantes…

Militantes sí, pero me guardo siempre un espacio de crítica.

-¿Y cuáles serían los límites para esa militancia?

Si sos oficialista tenés que hablar de fulano de tal o fulana de tal. Yo saludo su iniciativa, pero prefiero guardarme ese margen de discrepancia permanente.

-Con eso que dice, se pone en sintonía con voces tan opuestas como la de Pérez Esquivel y Beatriz Sarlo, por nombrar sólo a dos…

Bueno, Beatriz está en esa ristra, y se hace muy evidente esa cosa de sistemática oposición.

-Hablamos de Soto, de Stocker, los luchadores en Los dueños…, ¿cómo ve la organización obrera ahora?

En una gran crisis. Tendría que hacer el análisis de Palabra Obrera, de su vocero, que utiliza a Almafuerte. Tiene la retórica de la vieja izquierda. Yunque, Almafuerte, Altamira…¿Altamira? ¿Qué ves vos que yo no veo? (se pone la mano como visera) ¿Altamira te llamás vos? Almafuerte, Alvaro Yunque, Guijarro, todos eran duros. Así nos fue. (hace referencia a José Saúl Wermus, fundador y líder del Partido Obrero) -Está atorada la izquierda…

¿Es para tanto lo del nombre?

Y claro, es un síntoma, nada menos que la elección de tu emblema, de tu nombre (otra vez se pone la mano como visera, y mira desde arriba) Discrepo. No lo conozco. Pero es un nombre, un nombre elegido. ¿El hijo de Justo cómo se llamaba? Lobodón Garra.  Es un nombre de izquierda.

– ¿Cómo ve entonces el papel del sindicalismo, de dirigentes como Hugo Moyano…?

Todas las contradicciones y elementos de confusión en la coyuntura actual las concentra la historia del peronismo. La desaparición de un líder omnipresente, condicionó los rasgos que tiene el peronismo ahora. Advierto, que (José Pablo) Feinmann y otra gente, le baja la caña a Perón, al último Perón, al que los echa de la Plaza…

 ¿Cómo evalúa es cambio en discurso, como una reivindicación de la izquierda peronista?

 Más que esa reivindicación, hay una evidencia de quién es Perón. Yo lo discutía con mis hijos. Perón, Teniente General de la Nación. El primero de octubre de 1945 dice el Ejército, la Policía y los trabajadores. Ya le digo, Feinmann está escribiendo a contrapelo, y dice cosas graves.

¿Y usted, tiene algunas cosas graves que le hayan quedado sin publicar?

Bueno, lo que ya le dije. Esa historia de la literatura argentina en siete volúmenes. Y la editorial Razón y Revolución está reeditando cinco libros míos, entre ellos Dar la cara, Prontuario…Y sí, tengo también un libro, que todavía no se lo mandé a nadie. El año que viene tal vez. Déjenme hablar de Pons se titula. Es autobiográfico. Empieza con alguien que en el colegio es sometido a un interrogatorio. No se si saldrá, hay un espacio muy restringido.

"El hambre es el mayor disciplinador social" – lanacion.com

Por Ricardo Carpena

Para algunos chistosos, muchos sindicalistas argentinos son como el aloe vera: cada semana se les descubren nuevas propiedades. Pensándolo mejor, además de ser un chiste viejo, es injusto porque cubre de sospechas de corrupción a todos los líderes gremiales, cuando, en rigor, se sabe que no todos encajan exactamente en el paradigma, tan autóctono, del dirigente enriquecido que representa a trabajadores empobrecidos.

Víctor De Gennaro se escapa de las características del gremialista estándar no sólo porque sigue viviendo en la casa de siempre en Lanús, por ejemplo, sino porque rompió con otra tradición tan arraigada en el mundo sindical: no buscó su reelección perpetua, como casi todos sus colegas, al frente de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), de la que fue secretario general desde 1984 hasta 1992, ni tampoco en la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), esa competidora directa de la CGT que fundó y lideró entre 1992 y 2006 (que reivindica la autonomía respecto de cualquier partido y en la que se eligen las autoridades por el voto directo y secreto de los afiliados, que llegan a 1.400.000).

Es más: De Gennaro es tan distinto de muchos de sus colegas gremiales que se fue de las filas del peronismo en los años noventa, en rechazo al menemismo, e incluso abandonó el sindicalismo activo cuando dejó la CTA para dedicarse a una construcción política de centroizquierda, como lo está haciendo en la Constituyente Social.

No debió de haber sido fácil la decisión para este peronista genéticamente puro, que hace poco cumplió 62 años (aunque aparenta veinte años menos), con tres hijos y dos nietos, al que algunos imaginan como el “Lula argentino”, rótulo que él rechaza porque, más allá de los orígenes sindicales de ambos, los procesos políticos de cada país son distintos. Aun así, De Gennaro no descarta una candidatura presidencial, pero siempre que sea el resultado de asambleas que definan “un proyecto colectivo” porque, repite, “hay que construir políticas para millones de personas”.

Video:De Gennaro: «El sindicalismo se transformó en empresarial»

De Gennaro está en estas horas en medio de un fuego cruzado con el docente Hugo Yasky, su sucesor al frente de la CTA desde 2006 hasta septiembre pasado, en que se hicieron los comicios para renovar autoridades. Yasky, cercano al oficialismo, perdió las elecciones por más de 15.000 votos ante el estatal Pablo Micheli, aliado a De Gennaro, aunque la situación no está definida: debería volver a votarse en algunos distritos por algunas irregularidades, pero, ante la falta de acuerdo con sus rivales, Micheli amenazó hace 48 horas con la posibilidad de que su sector deje la CTA para formar otra organización.

“Yasky pasará a la historia por su relación con el Gobierno y por ser el que originó la ruptura de la CTA”, advirtió De Gennaro en la entrevista con Enfoques. “El Tano”, como lo llaman muchos, también criticó duramente al “sindicalismo empresarial”, en donde ubica a los dirigentes de la CGT de Hugo Moyano, cuyo poder -dijo- “no está en los afiliados, sino en los negocios”.

Y criticó al kirchnerismo por imponer “un modelo económico que es un modelo de consumo para los altos ingresos y para el exterior”. De todas formas, piensa que la dirigencia tradicional no lucha en serio contra la pobreza porque no le conviene al poder: “El hambre es el mayor disciplinador social que existe -afirmó-. El hambre desestructura, te obliga a sobrevivir y así no podés pensar en tus derechos, tus deseos”.

-Hay una lectura obvia que se hace a partir del asesinato del ferroviario Mariano Ferreyra: que este caso refleja la decadencia de un modelo sindical que tiene que recurrir a la violencia para defenderse a sí mismo y a sus negocios. ¿La comparte?

– Me gusta decirlo al revés. Los negocios implican un modelo sindical. Los negocios de la concentración económica, de la privatización, de la tercerización, han creado un sindicalismo que se transformó en empresario. Esto empezó después de la dictadura con los grandes popes del sindicalismo que empezaron a asociarse a esa estructura económica que derivó en las AFJP, las aseguradoras de riesgos de trabajo, las acciones de empresas privatizadas y las empresas tercerizadas. Su poder no está en los afiliados, sino en los negocios. Y ese sindicalismo es socio de los grupos empresariales y del Gobierno que, evidentemente, subvenciona ese tipo de prácticas. La consecuencia es este grado de deterioro que trata de impedir la democracia. Por eso muchos no quieren la democracia y la libertad sindical. Por ejemplo, no hay delegados: según estadísticas del año pasado del Ministerio de Trabajo, en el 87% de los establecimientos privados no tienen delegados. La falta de libertad y democracia sindical en el lugar donde se genera la riqueza es la clave de que se aliente este modelo de sindicalismo.

-No es la primera muerte en algún enfrentamiento en los gremios, pero parece que tampoco alcanza para que el poder político decida cambiar este modelo sindical.

-La mayoría de las expresiones partidarias, gubernamentales o legislativas funcionan como gerentes de los grandes grupos económicos. El ministro de Trabajo es más el jefe de personal o el director de recursos humanos de las empresas que defensor de los trabajadores. Tomada es eso. Es igual que hablar de que la inflación no te preocupa o que un poco de inflación viene bien, como dijo Moyano: viene bien para los vivos que concentran la riqueza. Para los que vivimos de un sueldo, no viene bien. La inflación es una forma de trasladar la riqueza de un grupo a otro. Y los grandes concentradores, los que determinan los precios, son los que se llevan la ganancia. Ese proceso inflacionario beneficia a los que más tienen. Y una política económica que beneficia a los de arriba y a los de afuera, como la que está defendiendo el Gobierno, necesita una estructura sindical que se acople a esto y gerentes que, en términos políticos, la lleven adelante.

-Usted, evidentemente, no es de los que creen que este gobierno es progresista…

-Me sorprende cuando alguien lo dice: en 1997, las 200 empresas más grandes del país producían el 11,2% del PBI y 104 de ellas eran extranjeras. En 2007, esas 200 empresas produjeron el 21,6% del PBI. Es decir, casi el doble. Y las extranjeras pasaron a ser de 104 a 128. El modelo económico es un modelo de consumo para los altos ingresos y para el exterior. Es hora de que eso cambie. No puede ser que en nuestro país haya hambre, el mayor disciplinador social que existe. Por otra parte, todos son muy progresistas pero no hacen una consulta popular ni de casualidad. No preguntan nada. No abren nada. Y la sociedad que viene, de los jóvenes, de las mujeres, de los trabajadores, implica una sociedad muchísimo más democrática. Y esto no es un problema teórico.

-¿Qué quiere decir?

-Empecé a trabajar en la Secretaría de Minería en 1966 y ganaba 15.750 pesos. Con ese sueldo me pagaba los estudios, me empilchaba, me iba a comer varias veces por semana, me iba tres veces al cine, me iba de mochilero, tenía autonomía. ¿Cómo no iba a pensar en crecer en el mundo si tenía autonomía real? Hoy, el 70% de los pibes no conoce lo que es un trabajo estable hasta los 25 años. ¿Le parece que a los que están en la esquina chupando cerveza no les gustaría tener una pilcha buena y estar en un bar, jugando al billar, leyendo o estudiando? Les gustaría, pero no lo pueden hacer. Hoy, ser joven es un delito. No es nuevo: seis de cada 10 desaparecidos eran menores de 30 años, seis de cada 10 desocupados de la década del 90 eran menores de 30 años, y seis de cada 10 presos hoy son menores de 30 años.

-¿Cómo se combate la cultura de la “mano dura” indiscriminada contra los jóvenes cuando hay tanto delito juvenil?

-Con sentido común. ¿Cuál es el país más seguro del mundo? Finlandia. Después, Noruega, Suecia, Bélgica, Dinamarca, Holanda… Tome los diez primeros y descubrirá que a mayor distribución del ingreso, menos delito. ¿Por qué entonces nos ocultan esta verdad? Porque es un negocio la cárcel, la seguridad privada, la estructura del delito. ¿O los pibes son los que tienen los desarmaderos? ¿Son los que hacen las cocinas de droga? No, claro. A veces me sentía inhibido ante los periodistas porque me decían: “Basta de diagnóstico, queremos propuestas”. Pero un médico importante me dijo una vez que el diagnóstico es la clave, y tiene razón: si a un tipo le duele la panza y alguien piensa que es un tumor hay que operarlo, pero si alguien piensa que es gastritis hay que darle determinada pastilla y si alguien piensa que es un dolor que no existe, mandarlo al psicólogo. El diagnóstico es la clave. ¿Por qué en vez de perder tanto tiempo en esa discusión del emergente no discutimos a fondo la causa?

-Hay algo que usted dijo en lo que quiero detenerme: “El hambre es el mayor disciplinador social que existe”. ¿Por qué? ¿Cuál es el negocio de mantener la pobreza?

-El hambre no organiza sino que desestructura, te obliga a sobrevivir. No podés pensar en tus derechos y deseos cuando tenés que resolver lo más elemental. En este país, hace diez años había 13 millones de pobres. Hoy, 13 millones y medio es lo mínimo que reconoce el Gobierno, pero la mayoría dice que hay entre 16 y 18 millones. Está planificado, necesitan ese disciplinador social. ¿Por qué no hay trabajo en blanco? El negocio es bajar los costos. El costo salarial cada vez es menor en el producto final, pero te siguen apretando. No sólo te sacan más sino que te subordinan tu capacidad de creación, de ser feliz, autónomo. Por eso el hambre es un disciplinador social.

-Micheli amenazó anteayer con la posibilidad de que su sector deje la CTA para formar otra organización. ¿Ya hay ruptura?

-Se llamará a los compañeros de todo el país para debatir lo que se hará. Yasky no quiere que se resuelva la elección, pero vamos a discutir el tema en un plenario nacional y asumiremos la responsabilidad de seguir construyendo una CTA con autonomía. Yasky pasará a la historia por su relación con el Gobierno y por ser el que originó la ruptura de la CTA. El comité arbitral dijo que en las elecciones no había habido fraude. Pero ellos no quieren que se vote de nuevo.

-¿Yasky garantiza una CTA más dócil?

-Ellos entraron en esa actitud y hasta se transformaron al hablar en nombre del Gobierno delante de los trabajadores. Fue un error: hay muchos compañeros que pueden tener cualquier pensamiento partidario, pero la autonomía de la CTA es inclusive respecto del partido al que uno pertenezca y hasta del gobierno al que en algún momento podamos acceder. ¿Cuál es el drama?

-En las elecciones de la CTA hay peleas, denuncias de fraude, clima de ruptura. Ustedes encarnan un modelo distinto, pero ¿con este tipo de cosas no se acercan al de la CGT?

-En la CGT no se vota. Y cualquier compañero de la CTA puede ser visitado en su casa…

-En nuestra charla usted no fue muy duro contra Moyano, la cabeza de ese sindicalismo empresarial que tanto critica. ¿Por qué?

-Moyano es secretario general de la CGT, de la que yo me fui hace muchos años para construir otra cosa. Se pierde mucho más tiempo en destrozar personalmente que en discutir la esencia de la política. Uno no es solamente lo que dice, es fundamentalmente lo que hace. Pasa lo mismo a partir de la muerte de Néstor Kirchner: los que han hecho política solamente “anti-Kirchner” hoy quedaron colgados del pincel. La política es algo más profundo. Como el modelo sindical. El problema es cuál es la línea de fondo de esa estructura que se está quedando con los recursos naturales del país, con la vida de nuestros pibes, que mantiene el hambre… ¿Cómo puede ser que sigamos asistiendo, como si no fuera algo tremendo, a la muerte por hambre en “un país que está hecho de pan”, como dice Alberto Morlachetti? [N. de la R.: es el creador de la Fundación Pelota de Trapo e impulsor de la campaña “El hambre es un crimen”]. No habrá un cambio sustancial en el país si no somos capaces de construir políticas para millones. No es cosa de tres o cuatro tipos, un grupito, una vanguardia… Esos terminan comidos por los dueños del poder. Millones significa democratizar. Y por eso hay que democratizar la vida sindical, electoral y partidaria.

-Es difícil solucionar el drama del hambre, más cuando se niega que exista. Es obvio que el mismo gobierno que niega la inflación no puede reconocer que crece la pobreza.

-Hay dos países: uno que baila un minué de acuerdos electorales y del “tomala vos, dámela a mí” al que juegan los dos movimientos populares, el peronismo y el radicalismo, convertidos hoy en una rosca que no tiene nada que ver con la Argentina real. En esa Argentina que yo camino se discute cómo llegar a fin de mes, se coincide en que es una inmoralidad que no haya pago del 82% para los jubilados, por qué razón el salario familiar no es para todos. Lo que existe en esa Argentina real es falta de poder, que es algo distinto. Tenemos falta de poder, que es la capacidad de resolver y hacer las cosas que queremos.

-¿Le preocupa Moyano como símbolo de ese sindicalismo empresarial, que crece a expensas de los afiliados de otros gremios, que tiene un poder económico importante?

-No, me preocupa la falta de libertad y de democracia sindical porque confío en que los trabajadores vamos a organizarnos como queremos. Cada uno debe tener derecho a proponerle a los compañeros lo que cree. Respeto todas las ideas, pero no puede impedirse la libertad y la democracia sindical. Ser secretario general no significa ser el jefe, sino representar al conjunto.

Certezas e incógnitas de la política argentina – ARGENPRESS.info

Dos acontecimientos dramáticos han puesto en debate lo ocurrido en la Argentina durante la última década. El asesinato de Mariano Ferreira desató, primero, una fuerte reacción democrática para frenar el vandalismo de las patotas. El súbito fallecimiento de Néstor Kirchner generó, posteriormente, congoja y dolor entre amplios sectores de la población. ¿Cómo se inscriben ambos hechos en la etapa política actual? ¿Cuál es el balance y el futuro del kirchnerismo?.

Reconstrucción y mejoras

 

El período en curso es un resultado de la sublevación popular del 2001. Esa rebelión determinó la estrategia de Kirchner de reconstruir el poder de las clases dominantes, otorgando concesiones sociales y democráticas.
El ex presidente comenzó recomponiendo un sistema económico desquiciado por la confiscación de los depósitos, la cesación de pagos y el descalabro de la producción. Para remontar colapsos que pusieron en tela de juicio la continuidad del capitalismo, introdujo un modelo neo-desarrollista. Se alejó de la ortodoxia neoliberal, aumentó la gravitación de la industria, limitó la valorización financiera y afrontó conflictos con el agro-negocio.

 

Esa orientación permitió aprovechar el escenario internacional favorable para restaurar el equilibrio fiscal. Luego de convalidar la transferencia regresiva del ingreso que generó la mega-devaluación, Kirchner contó con el visto bueno inicial de toda la clase dominante.
Sus adversarios han reconocido que recompuso la autoridad del Estado desde las cenizas. Consumó este resurgimiento renovando la gestión pública. Frenó las privatizaciones, rehabilitó el papel de los funcionarios, restauró las regulaciones y multiplicó las intervenciones directas.

 

Lo mismo ocurrió con el régimen político. Kirchner tuvo serios choques con la vieja partidocracia, pero recompuso el sistema impugnado en las calles (“que se vayan todos”). Se apoyó en los intendentes o gobernadores justicialistas y buscó restaurar el bipartidismo.
Con esa finalidad introdujo una reforma política que bloquea el surgimiento de nuevas fuerzas, con mayores pisos a la legalización y crecientes trabas para oficializar candidatos. Acentuó, además, la injerencia del estado en la vida de los partidos para reinstalar su función selectiva de los funcionarios, frente a la competencia que imponen los medios de comunicación y las corporaciones empresarias.

 

Pero esta reconstrucción de la política tradicional fue apuntalada con mejoras sociales, que expresaron la nueva relación de fuerzas creada por el levantamiento del 2001. Estas concesiones distendieron el clima revulsivo y resultaron compatibles con el repunte de las ganancias. La sorpresiva irrupción de un ciclo de recuperación económica permitió conciliar la contención social con el lucro patronal.
El gobierno implementó una política salarial permisiva, reabrió la negociación colectiva, aumentó los sueldos mínimos y expandió el empleo público. Introdujo una asignación por hijo que absorbió planes anteriores y resultó insuficiente en número y monto. Pero amplió significativamente la cobertura de los sectores humildes y creó condiciones para la extensión del programa

 

El Ejecutivo mantuvo al grueso de los jubilados en un ingreso mínimo y vetó el 82%, a pesar del fuerte superávit que tienen las cajas. Pero también otorgó aumentos y estableció un principio de movilidad luego de estatizar las AFJP. Los cuantiosos fondos del régimen previsional se manejan sin control, pero la eliminación del sistema privatizado contradice abiertamente las prioridades internacionales del neoliberalismo.
Los avances sociales de los últimos años constituyen conquistas para el movimiento popular, que han quedado limitados por el impacto de la inflación. La pobreza y el desempleo disminuyeron, pero persistió la precarización laboral y la desigualdad. La reciente muerte de 204 chicos en Misiones por desnutrición infantil ilustra la continuada gravedad de los padecimientos sociales.

 

Pero existe un innegable contraste entre la etapa actual de mejoras y el largo período de agresiones que comenzó con la dictadura y perduró hasta el fin de la Alianza. Por primera vez en décadas se verifican logros significativos para el grueso de la población.
Democratización

 

El reinicio de los juicios a los genocidas sintetiza los avances democráticos del período. Es cierto que ya transcurrieron 34 años y pocos criminales se han muerto en la cárcel. Por los obstáculos que interponen los jueces derechistas solo hay 300 detenidos y 68 condenados de los 1464 acusados. Pero la reversión del indulto y del Punto Final constituye un logro que reabrió el repudio masivo a la dictadura.
Se ha podido recuperar la identidad de muchos hijos de desaparecidos, se ampliaron las reparaciones a las víctimas del terror y quedó enterrada la teoría de los dos demonios. El museo de la ESMA reavivó la conciencia popular, introdujo una novedosa reivindicación de la militancia y convirtió al 24 de marzo en una fecha central de la vida nacional. Este cuadro ha permitido otorgar asilo a Apablaza, confrontando con la brutal presión que desplegaron los dinosaurios de Argentina y Chile.

 

El gobierno mantiene una decisión estratégica de no reprimir la protesta social. En los hechos vulnera esa norma frente a las movilizaciones que no controla. La gendarmería en Kraft, el encarcelamiento de militantes antisionistas, las amenazas contra los ambientalistas de Entre Ríos y Cuyo y la cobertura del gatillo fácil que aplican los policías provinciales retrata la persistencia de formas represivas. Pero existe un abismo entre estas acciones y la criminalización menemista o los 34 muertos que dejó la Alianza.
La tolerancia oficial hacia las movilizaciones populares se ubica, por ejemplo, en las antípodas del terrorismo de Estado que rige en Colombia o México. En el país se ha impuesto una dinámica de conquistas democráticas que inician los movimientos sociales y frecuentemente avala el gobierno.

 

Lo ocurrido con el matrimonio igualitario ilustra esta secuencia. La demanda original de la Unión Civil quedó desbordada por el aislamiento de la Iglesia y la división transversal que irrumpió entre los parlamentarios. Al final se aprobó una norma muy avanzada que refuerza el debate sobre el aborto.
La misma tónica ha seguido la ley de Medios. Kirchner confrontó con sus ex socios cuando los grupos mediáticos tomaron partido por los agro-sojeros. La intención oficial de facilitar el acceso de las compañías telefónicas (y de varios capitalistas amigos) a todo el negocio comunicacional, acentúo ese choque. Pero este conflicto inter-burgués adquirió otro sentido cuando el gobierno recogió las demandas de los movimientos sociales (“21 puntos de la radiodifusión democrática”).

 

La ley de Medios limita la actividad comercial, amplía los espacios y frecuencias de las organizaciones comunitarias, reduce la gravitación de las grandes cadenas e impone cierta desconcentración. Establece, además, restricciones a la publicidad y privilegia el contenido nacional. En la versión final se neutralizaron las ventajas de las telefónicas y se aceptó una mayor participación (no oficial) en los organismos de control.
Otro avance del mismo tipo se obtuvo con el “futbol para todos”, que traspasó a la actividad pública el principal entretenimiento popular. También se ha favorecido la gratuidad televisiva en desmedro del cable, con la distribución de los decodificadores entre la población humilde.

 

Los grandes capitalistas igualmente mantienen el control de los medios y el gobierno ha comenzado a construir un polo privado afín con personajes nefastos (Moneta, Haddad, Manzano). Utiliza la publicidad oficial para crear su propio aparato y le quitó la licencia a Fibertel de un mercado de Internet, para relanzar su alianza con las compañías telefónicas.
Estas medidas contradicen el sentido democratizador de la ley de Medios, pero no anulan su progresividad. La confrontación con los comunicadores del establishment ha permitido esclarecer el papel que juega esa cúpula en la distorsión de la información. Se ha puesto en evidencia que una elite de periodistas actúa como políticos, escudados en la impunidad de la palabra. Utilizan el mito de la independencia informativa para fabricar noticias y encubrir hechos delictivos (apropiación de los hijos Noble y confiscación de Papel Prensa).

 

El conflicto se dirime actualmente la arena judicial, puesto que la aplicación de la ley ha quedado bloqueada por una catarata de resoluciones cautelares. Esta obstrucción ha puesto de relieve la urgencia de iniciar la democratización de la justicia.
Resistencias y tensiones

 

La doble estrategia de reconstrucción burguesa y concesiones sociales que implementó Kirchner se explica por la vitalidad de la movilización popular post-2001. El escenario cotidiano de marchas y cortes de calle distingue a la Argentina de otros países, donde impera el repliegue de la resistencia (como Uruguay o Brasil).
Esta conflictividad social signó la primera etapa del gobierno, fue interrumpida por la movilización conservadora del 2008 y resurgió con mayor fuerza en los últimos años. La anomalía creada por la arremetida agro-derechista duró poco y las demandas sociales genuinas dominan nuevamente el escenario.

 

Estas exigencias se plasman en métodos de lucha que incluyen la confluencia de las huelgas con los piquetes. El paro de los trabajadores formales coexiste con fuertes cortes de la circulación para difundir las peticiones al conjunto de la sociedad.
El gobierno se ha manejado con cautela. Anticipa mejoras sociales, incentiva negociaciones, disuade marchas y apuesta a la cooptación de los dirigentes. Pero no ha logrado desactivar la confluencia de la protesta, con reclamos de democracia interna en las organizaciones sindicales.

 

Ambos planteos convergen ante la crisis de las viejas estructuras burocráticas, que no han restaurado su legitimidad, a pesar del aumento de sus afiliados y el acrecentamiento de su poder económico. La incidencia que tuvo la CTA -como alternativa a la corruptela de la CGT- ya expresó esa necesidad de cambio.
La democracia sindical ha sido una bandera de grandes conflictos. Estuvo presente en la petición de seis horas de trabajo y personería para el sindicato del Subte. Lo mismo ocurrió en la lucha de Kraft por demandas mínimas y reconocimiento de una comisión interna anti-burocrática. Situaciones semejantes se han notado en numerosas luchas provinciales que exigieron elecciones y transparencia para los sindicatos existentes o para inscribir nuevas organizaciones.

 

En este terreno el gobierno no ha contemporizado. Al contrario, busca obstruir la democratización sindical, conociendo el estratégico rol que cumple la burocracia sindical en cualquier proyecto de estabilización capitalista. Sin el auxilio de esa cúpula resulta difícil neutralizar las demandas que desbordan las ofertas oficiales. Por ejemplo, frente al actual rebrote inflacionario el gobierno espera recurrir a la CGT, para concertar un Pacto Social con los empresarios de la UIA.
El sostenimiento de esta política indujo a los Kirchner a rechazar el reconocimiento de la CTA. Últimamente han intentado dividir esta central, promoviendo un sector oficialista que diluiría su perfil combativo y sus normas electivas. El Ministerio de Trabajo complementa estas manipulaciones.

 

Con estos mismos propósitos Cristina ratificó el papel de Moyano como columna vertebral de su proyecto. En una etapa económica de crecimiento, caída del desempleo y escalada de los precios, el gobierno no quiere nuevos interlocutores en la negociación de los salarios. Pero la convalidación de la burocracia conduce a tolerar también la acción de las patotas.
Las bandas de los sindicalistas operan a la luz del día, cuentan con protección policial y cobertura de los intendentes del Justicialismo. Son utilizadas para confrontar con los militantes de izquierda, que disputan liderazgos o canalizan movilizaciones de sectores empobrecidos y abandonados por los jerarcas. Esta tensión fue muy visible a principio de la década con los desocupados y se repite en la actualidad con los tercerizados.

 

La cobertura también oficial incluye cierta tolerancia al desacreditado macartismo, que utilizan los sectores más extremos de la burocracia en los momentos críticos. A fines del año pasado algunos exponentes de estas fracciones renovaron los insultos contra la “zurda loca” y concibieron la realización de un acto de amedrentamiento de los militantes anti-burocráticos.
Este mismo choque opone a los movimientos sociales con los intendentes justicialistas. Frente al reparto discrecional de planes sociales y puestos de trabajo entre los punteros, periódicamente irrumpen acampes de las organizaciones piqueteras (CCC, Barrios de Pie, Polo Obrero, Teresa Vive). Estas movilizaciones confrontan con el reparto discrecional de los planes sociales y los puestos de trabajo entre los punteros. Pero un acontecimiento reciente ha modificado drásticamente el alcance de estos enfrentamientos.

 

Un crimen muy ilustrativo
El asesinato de Ferreira ha transparentado cómo actúa la mafia sindical. A diferencia de lo ocurrido con Kostecki y Santillán, a Mariano no lo mató una fuerza policial. Pero el asesinato fue posible por el amparo que brindan la policía y los barones del conurbano a la burocracia sindical.

 

La organización del crimen estuvo a cargo de los matones de la Unión Ferroviaria. Hay evidencias abrumadoras de los vínculos existentes entre los sicarios y la jefatura de esa organización. La investigación conduce directamente a Pedraza, que ha sido un socio privilegiado del kirchnerismo y un peso pesado de la CGT, a pesar de los conflictos que mantiene con Moyano.
Las fotos de Cristina con el principal jerarca del gremio involucrado no son irrelevantes y tampoco es anecdótica la reivindicación que hizo la Presidenta de la Juventud Sindical. Mediante un gran operativo mediático se ha buscado desvincular a Moyano de las mafias, ocultando el uso habitual de las patotas en el sindicato de camioneros (disparos de “Madonna” Quiroz contra los rivales de UOCRA). La vieja militancia anti-menemista que tuvo el secretario general de la CGT es también publicitada, para borrar su complicación con causas judiciales de remedios truchos y manejos familiares de empresas del transporte.

 

Como ya ocurrió con Zanola el gobierno trata de soltarle la mano a Pedraza para rescatar al resto de la cúpula cegetista. Se busca encubrir todos los episodios que anticiparon el asesinato de Mariano (disparos en el sindicato de la Leche, matones en La Pampa, etc).
Es sabido que las bandas se reclutan entre barras bravas del futbol, asociadas a los intendentes del Gran Buenos Aires. Siguiendo una lógica de luchas intestinas, el gobierno culpabilizó inicialmente a los grupos que responden a Duhalde. Buscó desviar la atención de los nexos que mantienen muchos acusados con el universo oficial. Esta práctica de proteger a los aliados en desmedro de los competidores es muy habitual en el submundo del PJ.

 

Las complicidades salpican también a varios empresarios que reciben millonarios subsidios del Estado, para gestionar un sistema ferroviario descalabrado. Estos capitalistas (Taselli, Roggio, Cirigliano) comparten con los burócratas-empresarios el manejo de las firmas sub-contratistas, que acumulan fortunas explotando a los trabajadores informales. Con esta caja se financia a los matones.
Sin la cobertura policial las bandas no podrían adiestrarse, ni contar con el armamento que exhiben en forma descarada. La existencia de una zona liberada para perpetrar el crimen de Barracas compromete directamente a la Policía Federal y provincial. Pero hasta el momento no existe ningún indicio de investigación de ese amparo. Conviene recordar que el propio ministro Aníbal Fernández tiene cuentas pendientes por su gestión durante el caso Kostecki-Santillán. Hace pocos años montó una farsa de acusaciones contra militantes del PO por un incendio de trenes en la zona Oeste.

 

Lo ocurrido con Ferreira -y con la compañera Elsa Rodríguez que continúa en grave estado- retrata cierta tercerización de la represión. Los funcionarios han dejado pasar muchas acciones de patotas contra la izquierda (UTA, Subtes, Hospital Francés). Este sistema de agresión permitió a un matón proclamar en la balacera de Barracas, que “había un zurdito menos”.
La gran red de favores mutuos explica la débil reacción inicial del gobierno frente al crimen. Hubo sugerencias oficiales de dos demonios, cuestionamiento al uso de palos y pistolas como si fueran equivalentes y rechazos de la Presidenta a recibir a las víctimas.

 

Pero la reacción masiva en las calles ha impuesto una investigación que ya colocó entre las rejas a siete acusados. Existen pruebas suficientes para escalecer lo ocurrido y encarcelar a todos responsables. En esta partida se juega la continuidad de los derechos democráticos.
Bicentenario y juventud

 

Las transformaciones políticas de los últimos años generaron impactos muy variados en la conciencia popular. Entre el 2003 y el 2007 predominó el acompañamiento pasivo al gobierno a través de las urnas. Durante el 2008 prevaleció una reacción derechista y cierto ambiente conservador. Posteriormente se ha consolidado un viraje hacia el clima progresista.
Los festejos del Bicentenario expresaron este nuevo estado de ánimo. Se produjo una espontánea irrupción en las calles para recuperar una festividad patriótica, que estaba desprestigiada por años de identificación con las dictaduras militares. Resurgió la auto-estima nacional y por primera vez en décadas no resultó vergonzoso sentirse argentino. La recuperación económica y el desplazamiento de la crisis hacia los centros europeos han reavivado la memoria de la inmigración.

 

El festejo se impuso a contrapelo del clima de crispación que promovieron los grandes medios. El terror a la inseguridad que transmite la televisión quedó neutralizado por varios de días de multitudinaria ocupación del espacio público, sin ningún hecho delictivo.
Pero lo más importante fue la ideología que rodeó a la conmemoración. Se reivindicó el ideal latinoamericanista, hubo homenajes al Che y un gran protagonismo de las Madres. El sentido anticolonial y antiimperialista de la fecha quedó reafirmado por la ausencia de Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel en los desfiles de las comunidades. En oposición al elitismo europeísta se rescató la trayectoria de los pueblos originarios y fue reconocido el papel de los socialistas y los anarquistas en la organización del movimiento obrero.

 

Los mandatarios latinoamericanos ocuparon un lugar central. Hubo elogios a la revolución cubana, mientras se escuchaban las canciones legendarias de la izquierda. No fue un baile con Shakira y Ricky Martin, sino un encuentro con los Olimareños y Pablo Milanés. Esta simbología sintonizó con un clima de rechazo al neoliberalismo, que ha colocado la redistribución del ingreso en el primer plano del debate.
El gobierno ha sido promotor y beneficiario de esta nueva subjetividad. Pero trata de integrar este espíritu a la estructura tradicional del Justicialismo y salta a la vista el carácter forzoso de ese empalme. Es evidente que la burocracia sindical y el capitalismo de amigos son incompatibles con las aspiraciones progresistas.

 

Esta contradicción entre políticas oficiales y percepciones populares se procesa con gran intensidad en el terreno de la juventud. El dato político más comentado en el velatorio de Kirchner fue la abrupta aparición de una nueva generación que reivindica la militancia. Pero la afinidad de este sector con el gobierno constituye solo una posibilidad. La simpatía juvenil se originó en el enfrentamiento con la derecha agro-sojera, pero el kirchnerismo avanza con lentitud. Mantiene por ejemplo una invariable condición de minoría en el movimiento estudiantil.
Hay mucha resistencia a encuadrarse junto a un gobierno que obstruye la lucha por abajo y privilegia el reclutamiento de funcionarios. La conducta de la agrupación “La Cámpora” es muy ilustrativa. Mientras aporta cuadros para los ministerios y las empresas (como Aerolíneas Argentinas), repite en forma obediente la defensa oficial de Moyano. Otras vertientes que actúan en forma más autónoma (como el movimiento Evita) buscan construcciones de resistencia, que pueden chocar a mediano plazo con los objetivos gubernamentales.

 

La nueva generación es una braza caliente para el gobierno. Demuestra no solo inconformismo, sino también madurez para encarar la lucha. Los jóvenes post-2001 superaron las ingenuas ilusiones democráticas de los 80 y se han despegado del escepticismo posmoderno de los 90. Son beligerantes, se entusiasman con los derechos humanos y demandan la restitución de dos conquistas amputadas durante las últimas décadas: el trabajo digno y la educación pública.
La reciente batalla que libraron los estudiantes secundarios ha sido muy ilustrativa. Ocuparon los colegios, realizaron marchas masivas y aprobaron la politización. Confrontaron además con el periodismo tonto, desbarataron los intentos de criminalización, aislaron el discurso reaccionario y obtuvieron el apoyo de los docentes y los padres. Con esta acción cuestionaron la chocante divisoria social que separa a las deterioradas escuelas públicas de los colegios privados bien equipados.

 

La evolución política de la juventud es un interrogante abierto, que incidirá directamente sobre un mapa político centrado en cuatro alineamientos.
Retroceso de la derecha

 

Después del éxito callejero del 2008 se produjo un inesperado naufragio de los conservadores, que no pudieron retomar ningún cacerolazo. Ante la floreciente marcha de los negocios agrarios perdieron sostén en las localidades rurales y quedaron afectados por la fractura de la Mesa de Enlace. Las campañas anti-K ya no tienen eco y a pesar del triunfo electoral del 2009, la derecha no pudo imponerse en el Parlamento. Se quedó sin liderazgos y perdió la brújula.
El PRO está muy afectado por el escándalo de los espías. Macri intentó montar un aparato de hostigamiento de los movimientos sociales, con actividades de infiltración al servicio de sus propios negocios. Gestiona la Capital Federal con subsidios a los grupos privados y recortes del presupuesto público. Pero la ciudad no es una empresa y los resultados son desastrosos. Los ensayos con pistolas eléctricas retratan la pauta reaccionaria que ha seguido la creación de la policía metropolitana. Pero el estrecho espacio que existe para este curso salió a flote con la forzada renuncia de Posse.

 

Macri se guía por las encuestas y la audiencia televisiva. Supone que la crisis de representación política le permite reemplazar a los partidos por un liderazgo construido con ingenio publicitario. Pero el clima político ha cambiado y no favorece el ascenso de un Berlusconi con cultura menemista.
También la Coalición Cívica ha quedado desubicada. El entusiasmo de Carrió con las causas reaccionarias pierde acompañamiento. Ya no rinde frutos agredir a Venezuela, rechazar el matrimonio igualitario y oponerse a la estatización de las AFJP. La rabia anti-K perdió eco y el discurso vacío de los moralistas genera fastidio. Este giro explica la declinación de Cobos y el ascenso de la amigable figura de Alfonsín.

 

Pero el área más crítica del retroceso derechista es el debilitamiento del Peronismo Federal. Como todo el entramado del PJ está girando hacia el kirchnerismo se acrecienta la dispersión de los candidatos con chances decrecientes (Solá, De Narvaez, Duhalde, Reuteman). El oficialismo impuso internas obligatorias para manejar esta selección y los gobernadores han subdivido las elecciones para incidir sobre ese filtro. Si el afianzamiento de Cristina persiste, el desbande del peronismo disidente será incontenible.
La derecha quedó debilitada por su extremo sometimiento a ciertas corporaciones (especialmente Clarín y la Sociedad Rural). Esos grupos fijaron la agenda y obstruyeron la necesaria autonomía que se requiere para actuar en política. Esa neutralización redujo la capacidad de adaptación a los giros anímicos de la población.

 

En la disputa sobre la ley de Medios los medios derechistas actuaron como empleados de los grandes diarios. Repitieron todos los lugares comunes sobre la libertad de prensa, defendieron el mito de la neutralidad informativa y ocultaron el manejo oligopólico y la censura discrecional que imponen las empresas.
La derecha cuestiona la televisión pública “que financiamos todos”, idealizando una contraparte privada que también pagamos todos. Los negocios en este campo se basan en la publicidad compulsiva y en los recursos, leyes y licencias que provee el estado. Las fantasías liberales de un hombre moderno que se informa seleccionando a su periodista predilecto entre incontables competidores, olvida la millonaria masa de dinero que se requiere para actuar en esa órbita.

 

La prédica reaccionaria perdió peso ante la reprobación popular. Existe un fuerte rechazo a la reconciliación con los genocidas, a la regresión impositiva y a cualquier retorno al atropello social de los 90.
Esta resistencia mayoritaria condujo también al aislamiento del discurso liberal-elitista durante los festejos del 25 de mayo. La reivindicación del Centenario como el momento de realización suprema de la Argentina agro-exportadora, solo tuvo eco entre los lectores del diario La Nación. La repetida asociación de la decadencia nacional con el populismo no logró muchos seguidores y tampoco prosperó el intento de enaltecer al Teatro Colón como símbolo de la era liberal. La nostalgia por el paraíso perdido de los oligarcas latifundistas quedó opacada por las multitudes, que buscaron un nuevo sentido a la emancipación inconclusa de 1810.

 

Un despiste mayor de la derecha recalcitrante afloró durante el funeral de Kirchner. Intentaron aprovechar la conmoción para exigir políticas conservadoras (Rosendo Fraga) y virajes hacia la moderación (Morales Solá). Algunas evaluaciones delirantes asociaron incluso el velatorio militante con preparativos hitleristas (Grondona). En general, los amantes del elitismo despectivo solo notaron curiosidad y afán de protagonismo televisivo, en el homenaje (Sebrelli).
Estas percepciones cavernícolas ilustran el aislamiento de los derechistas. Como están cegados por la animosidad gorila y el resentimiento ante una derrota anunciada han perdido criterios básicos para interpretar la realidad. Daban por descontado el inicio de una era post-kirchnerista que ya nadie vislumbra.

 

Recuperación oficialista
Desde la mitad del año pasado se verifica una acelerada recuperación del oficialismo. Ha sido favorecido por el repunte de economía y por la desarticulación de la oposición derechista. El kirchnerismo desbarató los intentos de judicialización destituyente, impuso su agenda parlamentaria y colocó a los medios de comunicación a la defensiva.

 

El impacto creado por el fallecimiento del ex presidente ha reforzado este resurgimiento. Cristina mantiene una amplia primacía en las encuestas y exhibe capacidad para reemplazar a Néstor en la conducción partidaria.
Los problemas de la Presidenta se ubican en las alianzas que ha elegido. Optó por reforzar la gravitación del Justicialismo, con el sostén de los gobernadores y dirigentes más conservadores (Scioli, De la Sota). Este curso también implica mayor aval a los burócratas de la CGT.

 

El rumbo actual del gobierno choca con la reapertura de una perspectiva transversal. La ortodoxia justicialista es muy hostil a la agenda progresista y a cualquier construcción orientada por los movimientos sociales (D´Elia, Depetri).
Pero a mediano plazo existen otras incógnitas. ¿Cuál será el legado de Kirchner en el imaginario popular? El shock emotivo que produjo su muerte incentiva muchas especulaciones, que pueden ser igualmente recogidas para evaluar el rol jugado por el ex presidente.

 

Kirchner falleció sin la carga de frustraciones que acompañó la despedida de Alfonsín. No arrastró la cruz de un desastre político (Alianza), ni un colapso inflacionario. Pero tampoco es visualizado como Perón en varios terrenos decisivos.
En la última década hubo restauración de ciertos derechos ya conquistados, pero no obtención de logros primarios. No es lo mismo la conquista inicial de esas mejoras que su recuperación posterior. Por eso la implementación del aguinaldo o las vacaciones pagas tuvo un efecto cualitativamente superior a cualquier repunte salarial de los últimos años.

 

Kirchner tampoco intervino en la gran rebelión del 2001, que condicionó su gestión. No emergió de un 17 de octubre, ni corporizó el sentimiento de una sublevación por abajo. Ciertamente confrontó con la derecha, pero no padeció golpes de Estado o exilio y tampoco murió al cabo de una épica resistencia.
Por otra parte, el ingreso de nuevos sectores populares a la vida política se produjo con antelación a su gobierno y por canales muy alejados de su proyecto. Por esta razón nunca contó con el sostén homogéneo de la clase obrera.

 

La comparación con Evita ilumina otras diferencias significativas. Kirchner tuvo una larga actuación como gobernador provincial y una actividad convencional como dirigente del PJ. Jamás demostró rasgos jacobinos, ni se perfiló como figura radical de un movimiento nacional. Más bien reconstruyó la desgarrada continuidad de una organización desprestigiada por la destrucción menemista.
Estos contrastes no definen los resultados que emergerán con el paso del tiempo. Sólo ilustran el cambio de contexto. Hasta el momento el kirchnerismo no ha logrado reconstruir el lazo popular duradero que forjó el peronismo. A diferencia de lo ocurrido en Venezuela, Bolivia o Ecuador tampoco erradicó un viejo régimen, ni facilitó el surgimiento de nuevas identidades políticas.

 

El progresismo K
El afianzamiento del gobierno dependerá del predicamento que logren los nuevos intelectuales del oficialismo. Este segmento de periodistas (6, 7, 8), pensadores (Carta Abierta) y políticos (Heller, Sabatella) conforma una generación sustitutiva del primer sostén del kirchnerismo (Bonasso, Libres del Sur).

 

El nuevo contingente se aproximó por el gran rechazo que generó el derechismo agro-sojero. Reivindican la reconstitución de una economía devastada y atribuyen esa recuperación a la política oficial. Pero olvidan el contexto internacional y la incidencia del ciclo de los negocios. Además, evitan evaluar quiénes han sido los principales beneficiarios del repunte. Nunca hablan de las ganancias acumuladas por los exportadores, los financistas y los industriales.
El progresismo K resalta la politización que reintrodujo el gobierno frente a una sociedad descreída. Pero no menciona el efecto de esa misma acción sobre el viejo sistema bipartidista. Olvidan que el propio Kirchner abandonó el proyecto transversal para reconstruir el justicialismo, junto a un equipo que siempre ha sintonizado con el establishment.

 

Los nuevos oficialistas resaltan los conflictos que opusieron al ex presidente con importantes banqueros y empresarios e ilustran como esa confrontación permitió recuperar el arbitraje presidencial. Pero en los hechos este comando ha servido para reemplazar un modelo capitalista por otro, recreando la explotación laboral y la desigualdad social. Este curso no es ajeno a la propia fortuna personal que acumuló el ex mandatario.
La presentación de Kirchner como un “flaco de la J.P.” es una fantasía insostenible. El presidente post-2001 fue un hombre de Estado que actuó con gran pragmatismo para recomponer el orden vigente. En lugar de bregar por la “patria socialista” imaginada en los años 70 apuntaló un sistema de opresión.

 

Es cierto que lideró UNASUR favoreciendo el proyecto latinoamericanista. Pero en esa asociación se alineó con Lula en un bloque conservador, para bloquear la radicalización del proceso venezolano y boliviano. Kirchner mantuvo un discurso de confrontación con el FMI, pero tocó la campanita en Wall Street, mejoró la relación con Estados Unidos (cuestionando a Irán) y envió tropas a Haití. Una anécdota muy verosímil cuenta que le pidió a Chávez que “se dejara de joder con el socialismo”.
Muchos progresistas K reconocen el carácter nefasto del aparato justicialista, pero consideran que es el único instrumento viable para gobernar a la Argentina. No registran que esa estructura constituye el principal obstáculo para cualquier transformación positiva.

 

Afirman que el kirchnerismo es “lo máximo que tolera la sociedad”, cómo si existiera un patrón predeterminado de mejoras sociales y democráticas, a introducir en el país. Con esa visión se transmite el mismo fatalismo que propagaban los neoliberales, cuando postulaban la inevitabilidad de las privatizaciones o la apertura comercial. La resignación frente al mal menor nunca condujo a logros significativos.
Las consecuencias de este enfoque se verifican en la impotencia que muestran los políticos de centroizquierda afines al gobierno. Sus proyectos siempre naufragan por sometimiento al visto bueno presidencial. La iniciativa de financiar el 82% a los jubilados subiendo los aportes patronales quedó, por ejemplo, bloqueada a la espera de un aval oficial.

 

Pero lo más problemático es el alineamiento que exige la presidencia en los momentos críticos. Bajo esta presión se aprobó el canje de la deuda y se expusieron argumentos insólitos para demostrar cuán positivo es el pago de un pasivo fraudulento.
El programa televisivo “6, 7, 8” se ha convertido en el principal vocero del progresismo K. Con un formato ágil y jocoso, que utiliza la ironía y nuevos lenguajes de compaginación, conquistó una importante audiencia. Ha canalizado el hartazgo de los espectadores con el bombardeo malintencionado de la derecha. Difunde informaciones incómodas que silencian los grandes medios y despliega una crítica devastadora a la hipocresía del periodismo independiente.

 

Pero su repetida exaltación de los méritos gubernamentales conduce a la distorsión de la realidad. Nunca aplican a los personajes del oficialismo el archivo demoledor que utilizan contra la oposición. Es evidente que muy pocos líderes del equipo gobernante podrían soportar una revisión de su pasado. Esta unilateralidad es tan solo un ejemplo del carácter forzado de la construcción mediática oficialista.
El programa adopta una postura totalmente acrítica y transmite justificaciones de la política oficial mediante polarizaciones simplificadas. Supone que sólo existen dos campos en disputa y que se apoya a Cristina o se apuntala a la derecha. Para sostener este artificio sobrecargan la pantalla con mensajes de buena onda.

 

Esta actitud conduce a justificar también la alianza con la burocracia sindical y a apañar su vandalismo. Tiene muy poca credibilidad, por ejemplo, la presentación del asesinato de Mariano Ferreira como un vestigio del menemismo, ajeno a la estructura gremial vigente (Galasso).
Al repetir una y otra vez que la “izquierda es funcional a la derecha” se termina igualando a las víctimas con los victimarios. Un caso extremo de esa caracterización ha sido el cuestionamiento de la izquierda por miopía, ante los matices que separan al gobierno del duhaldismo (Feinman). Pero la ceguera se ubica en el campo opuesto, al omitir las complicidades y analizar la tragedia como un simple eslabón de disputas inter-justicialistas.

 

Posturas de la centroizquierda
Un espacio de centroizquierda crítico hacia el oficialismo ha logrado cierto desarrollo en torno al Proyecto Sur. Convoca intelectuales, canaliza militantes y resulta atractivo para muchos jóvenes. Cuenta, además, con una figura presidencial de peso político y cultural (Solanas).

 

La acción parlamentaria de esta vertiente obtuvo visibilidad con varias iniciativas. Convergieron con el gobierno en algunos casos (nacionalización de las AFJP) y radicalizaron otros proyectos del Ejecutivo (ley de medios, Papel Prensa). A diferencia de sus pares pro-gubernamentales han confrontado con las posturas regresivas que adoptó el kirchnerismo (deuda externa, INDEC, 82% de los jubilados, presupuesto 2011). Cómo no están sometidos a la neutralización oficial, denunciaron sin vacilaciones a los responsables del asesinato de Mariano Ferreira.
Proyecto Sur proviene del nacionalismo antiimperialista y sintoniza con el espíritu del Bicentenario. El énfasis en la nacionalización del petróleo y la minería, la denuncia de la deuda externa y los proyectos de reconstrucción naval o ferroviaria lo ubican en un campo compatible con el chavismo.

 

Proponen gestar una tercera fuerza frente al bipartidismo que asfixia la vida política. En un año dominado por la disputa electoral este planteo puede resultar muy atractivo. Pero conviene recordar que ese objetivo nunca pudo plasmarse en el pasado. El Partido Intransigente fue absorbido por el peronismo en los años 80 y el FREPASO terminó como furgón de cola del radicalismo.
Proyecto Sur debe lidiar con otro peligro de evolución conservadora, si en la batalla contra el kirchnerismo afianza sus puentes con la derecha. Estos lazos se gestaron durante el conflicto con los sojeros y reaparecieron en el último año con guiños hacia Carrió. Presentan a ese personaje como una figura republicana, cuando actúa en la práctica como vocera de la Sociedad Rural y la embajada norteamericana. La integración a la coalición de centroizquierda de exponentes de la Mesa de Enlace acentuaría este perfil regresivo.

 

La estrategia de forjar alianzas con distintos integrantes del arco opositor diluye el perfil de Proyecto Sur como opción de izquierda al kirchnerismo. Lo mismo ocurre cuando se converge en iniciativas parlamentarias con el resto de la oposición. Estos acuerdos son válidos si hay que rechazar una ley de proscripción o favorecer la democracia sindical, pero resultan inadmisibles como línea de acción corriente.
La confluencia con la derecha es directamente suicida. No solo impide difundir la singularidad de una tercera fuerza, sino que aporta al gobierno todos los argumentos para desacreditar un proyecto alternativo. Una foto con Carrió o Guidice destruye en un instante, todas las intenciones progresistas o las leyes renovadoras que se presentan en el Congreso.

 

Las alianzas elegidas (Juez, Binner, Stolbizer) anticipan, además, un tipo de gobierno socialdemócrata, que sería menos contestatario que el kirchnerismo. No hay que olvidar que Lula en Brasil y Mújica en Uruguay han adoptado posturas más conservadoras que el gobierno argentino en todos los terrenos.
Los desaciertos centroizquierdistas provienen de identificar al kirchnerismo con la derecha (o la “recontra-derecha”) o suponer que es el enemigo principal. Esta caracterización ha sido desmentida por la experiencia de los últimos años. La derecha no se ubica ahí, ni tampoco en “ambas partes”. Se sitúa claramente en el PRO, la Coalición Cívica y el Peronismo Federal.

 

Estos tres sectores postulan el alineamiento con Estados Unidos contra Cuba y Venezuela, promueven cerrar los juicios a los genocidas, rechazan la ley de medios y exigen reducir los impuestos a la agro-exportación. Solo despliegan demagogia en temas puntuales (aumentos a los jubilados sin ningún financiamiento), para preparar una futura administración conservadora.
No existe ningún analista internacional que asocie al kirchnerismo con la derecha. Solo discute el alcance progresista de sus iniciativas, buscando dirimir si se parece más a Lula que a Chávez. Nadie traza semejanzas con Uribe o Calderón.

 

Otros integrantes de Proyecto Sur consideran que Cristina consumó un giro regresivo en comparación a Néstor. Estiman que el despegue progresista inicial se frustró y dio lugar a una involución.
Esa contraposición es insostenible. Las políticas del gobierno no han variado significativamente en ambos períodos y en todo caso hubo más conquistas luego del choque con los agro-sojeros. Es importante reconocer las luces y sombras de un gobierno que nunca incluyó los rasgos antiimperialistas de Chávez o Evo, pero siempre se ubicó en las antípodas de Piñera o Alan García.

 

Planteos de la izquierda
La izquierda incluye estructuras partidarias (MST, PCR, PO, PTS, IS, MAS, etc) y agrupaciones con formas de movimiento (Mella, Frente Santillán, MTR, MIR, A y L, etc). Ambos alineamientos participan del mismo conglomerado. No tienen gravitación electoral, pero exhiben presencia social, influencia en las calles e incidencia en las propuestas políticas.

 

El papel de la izquierda salió a la superficie durante la reciente tragedia de Mariano Ferreira. El compañero fue asesinado mientras desarrollaba una acción de solidaridad, demostrando quién pone el cuerpo en la batalla cotidiana contra las patotas.
La multitudinaria marcha que sucedió al crimen fue una reacción democrática que expresó reconocimiento a esa militancia. La pertenencia a las organizaciones de la izquierda es sinónimo de compromiso con los oprimidos. Estas agrupaciones actúan en forma aguerrida, recrean el espíritu del 2001y se ubican en la primera fila de las movilizaciones populares.

 

Existe una nueva generación que observa con simpatía ese papel, en contraposición a la mirada diabólica que difunde el oficialismo o los medios de comunicación. Para los defensores del capitalismo cualquier acto de resistencia es sinónimo de alboroto. Denigran la postura combativa suponiendo que expresa algún inconformismo marginal, sin notar que canaliza un deseo generalizado de igualdad social.
La izquierda mantiene su carácter minoritario en un país con hegemonía del peronismo. Pero ha logrado mayor penetración en sectores de la clase obrera y en segmentos empobrecidos que eran tradicionalmente ajenos a su influencia. También ha liderado experiencias de cooperativas y empresas recuperadas. En estas actividades recoge una herencia del clasismo, que la burocracia sindical intenta expurgar por cualquier medio.

 

La izquierda ha conseguido penetrar en el estudiantado y ha obtenido reiterados éxitos en las elecciones universitarias. Logró instalar su cultura en la universidad pública, que ya no aglutina a las franjas privilegiadas del pasado. Este ámbito se ha transformado en un bastión del reclutamiento y del debate teórico marxista.
Pero la izquierda no ha podido conformar una fuerza política capaz de disputar espacios a los partidos tradicionales. Es un visible actor, pero no un protagonista de la realidad política. Esta limitación no proviene de viejos desencuentros con el proletariado peronista. Han transcurrido muchas década desde esa ruptura y lo que pesa en la actualidad son frustraciones más recientes. El desplome de la Izquierda Unida en los 80 y la escasa cristalización política de las conquistas del 2001-03 ejemplifican estos fallidos.

 

Gran parte de la izquierda comparte los mismos errores de caracterización del kirchnerismo que afectan al grueso de la centroizquierda. Si se supone que el gobierno perpetúa el neoliberalismo, preserva el menemismo, mantiene la impunidad o criminaliza la protesta social, no hay forma de lograr credibilidad entre la población. Con razonamientos forzados no se refuta lo que intuitivamente percibe cualquier mortal. Un discurso inmune a las conquistas sociales y democráticas que se han obtenido carece de consistencia.
Algunas planteos de la izquierda no logran distinguir las disputas que involucran conflictos entre capitalistas (por ejemplo pagar deuda con ajuste o con reservas) de los choques que ponen en juego algún interés popular (AFJP, ley de medios, juicios a los genocidas).

 

A veces se cuestiona la apropiación gubernamental de las banderas sociales, sin notar que la asunción oficial implica un triunfo popular. En todo caso correspondería señalar las limitaciones de esa asimilación, evitando despechadas actitudes de impotencia.
Es importante integrarse también al clima popular, cuando se conmemora un acontecimiento histórico tan progresivo como fue la Revolución de Mayo. Ese festejo induce a levantar banderas antiimperialistas para completar una transformación inconclusa. No tiene sentido situarse en la vereda opuesta vislumbrando nacionalismo retrógrado, donde impera un espíritu latinoamericanista afín al ALBA.

 

Especialmente la ley de Medios dividió aguas dentro de la izquierda. Algunos reconocieron acertadamente los elementos democratizadores de esa norma y exigieron su aplicación contra las trabas que impone la justicia. Otros optaron por el neutralismo o por críticas al control oficialista de la prensa, olvidando la gravitación más significativa de la propiedad capitalista.
Los medios conforman un área estratégica para la dominación burguesa. Operan como aparatos ideológicos que definen la forma en que se percibe la realidad. Por eso constituyen también un área de batalla entre discursos legitimadores e impugnadores. Con cierta democratización de ese espacio, el mensaje conformista puede ser desafiado. Tal como ocurre en la universidad, la marginalidad del discurso cuestionador en los establecimientos privados puede revertirse en las instituciones públicas

 

Si no se reconoce la importancia de conquistar posiciones en la trinchera mediática, la derecha seguirá monopolizando el mensaje. Continuará seleccionado temas o magnificando y silenciando los distintos acontecimientos, para reforzar un miedo conservador (a la inseguridad o al terrorismo).
Confrontar contra ese discurso debería ser una prioridad de la izquierda. La información es un derecho (como el agua, la educación o la salud), en conflicto con los criterios de rentabilidad. Por esta razón hay que apuntalar los avances hacia una TV pública (no manipulada por el oficialismo) y todo aumento del número de medios en manos de organización sociales.

 

La incorporación de esta acción contribuiría a superar otros problemas de vieja data, relacionados con la obsesión por la auto-construcción sectaria. Este propósito retroalimenta disputas por ocupar cargos menores y recrea rivalidades por exhibir consecuencia en interminables discusiones. Hay cierto mesianismo en suponer que el pueblo premiará a quién sostenga con mayor estoicismo esas reyertas.
La acción común en experiencias políticas conjuntas es el camino para dejar atrás esos obstáculos. Pero también resulta necesario intervenir de otra forma en las elecciones. Es evidente que la actitud abstencionista conduce a la marginalidad, puesto que la etapa del 1997-2003 ha sido superada. No solo aumenta la participación en los comicios, sino que existe una valoración popular creciente de la intervención legislativa.

 

Pero actuar en los comicios no implica auto-condenarse a la recepción del 1- 2%. Esta resignación solo preserva un rito de participación testimonial cada dos años. Se ha olvidado que en las elecciones se disputan cargos, cuya obtención amplificaría el desarrollo ulterior.
Estas distorsiones se superan abandonando la veneración constitucionalista de los comicios como un ámbito de intervención principista. Allí no se juegan los fundamentos de un proyecto político. Al igual que cualquier votación sindical o estudiantil conviene concertar amplios compromisos, para consumar avances significativos.

 

En Argentina se vive un momento propicio para renovar la construcción de la izquierda. Pero hay que abrir los ojos y remontar los problemas del pasado. Un nuevo curso permitirá gestar el proyecto anticapitalista que el país necesita, para forjar una sociedad de igualdad y justicia.
Resumen: Bajo el impacto de la rebelión del 2001 Kirchner reconstruyó el poder de las clases dominantes, otorgando concesiones sociales y democráticas. Introdujo un modelo neo-desarrollista, recompuso la autoridad del estado y tendió a recrear el bipartidismo. Las mejoras del salario y de los ingresos populares representan conquistas que frenan tres décadas de agresiones neoliberales. También se impuso una secuencia de logros democráticos, muy alejados de la represión predominante en otros países.

 

Estos avances obedecen a la vitalidad de la movilización popular. En estas acciones se demanda una democratización de los sindicatos que el gobierno obstruye, para estabilizar la acumulación capitalista. Este sostén oficial conduce a tolerar la acción de las patotas que asesinaron a un militante de izquierda. Ha salido a flote cómo opera la red de complicidades entre policías, punteros y mafias sindicales.
Estos atropellos contrastan con el clima progresista que se observó en el Bicentenario. Predominó la reivindicación de un ideal latinoamericano, que el gobierno pretende compatibilizar con la estructura del Justicialismo. Intenta encuadrar a una nueva generación que demanda trabajo digno y educación pública.

 

Con la disipación del descontento agrario la derecha retrocedió y se quedó sin liderazgos. Fracasa en la gestión municipal, no logra acompañamiento y ha sido afectada por el fallecimiento de Kirchner. La subordinación a los medios de comunicación le quitó autonomía política y su discurso liberal-elitista perdió auditorio.
El gobierno recuperó fuerza, pero su reafirmación justicialista choca con la agenda progresista. Es una incógnita cuál será el legado de Kirchner en el imaginario popular. No arrastra las frustraciones de Alfonsín, pero se encuentra muy lejos de la gravitación que tuvieron Perón o Evita.

 

Una nueva intelectualidad oficialista elogia la reconstitución de la economía, soslayando el mantenimiento de la desigualdad. Olvidan el abandono del proyecto transversal, se resignan al mal menor y simplifican la realidad suponiendo que solo existen dos campos en disputa. Esta actitud imposibilita promover proyectos autónomos del Ejecutivo e impone obediencia en los momentos críticos.
La centroizquierda crítica se ha expandido con iniciativas parlamentarias y acciones que sintonizan con el actual espíritu antiimperialista. Busca construir una tercera fuerza, que históricamente fue absorbida por el bipartidismo. Existe un peligro de evolución conservadora si continúan los coqueteos con la derecha, que se apoyan en caracterizaciones erróneas del gobierno. El kirchnerismo no mutado y se ubica en las antípodas de los regímenes reaccionarios.

 

La izquierda ha logrado presencia social con acciones muy aguerridas. Su compromiso con la lucha recibe reconocimiento y despierta simpatías juveniles. Es un actor pero no un protagonista de la realidad política por frustraciones recientes y visiones desacertadas de la etapa. Tiene amplias posibilidades de desarrollo si empalma con el estado de ánimo popular y reconoce las conquistas alcanzadas. Pero se requiere abandonar construcciones sectarias y actuar con inteligencia en la arena electoral.
Claudio Katz es economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

 

Prensa argentina para todo el mundo: Los izquierdistas “no kirchneristas” que “se nublaron” ante la muerte de Néstor Carlos – Argenpress

Fernando Armas

Al difundir masivamente el excelente texto de Gustavo Robles, recibimos elogios y apoyo al mismo. Pero también, casi en partes iguales, nuestro buzón de entrada fue objeto de diatribas e insultos (mínimo, “gorilas rojos”).

Como un aporte más elevado al debate político, recibimos también otros textos de personalidades que no forman parte de la militancia orgánica del Frente para la Victoria (Fontova, Mempo Giardinelli), pero sí del espectro de la “izquierda progresista no gorila”. También hemos leído algunas novedades en el pensamiento de la llamada izquierda revolucionaria.

En todos estos casos asistimos a una absolutización apologética del papel del individuo (en este caso, el muerto Kirchner) en la historia reciente de la Argentina.
El método (empírico e instintivo) que usan estos izquierdistas para sumarse al coro del kirchnerismo auténtico, es bien simple:

1) Enumerar cual listado de logros las “medidas positivas” del ex Presidente y de su compañera sucesora, sin profundizar concretamente acerca de cada medida.
2) No enumerar el listado de las “medidas negativas”, reemplazándolo con el eufemismo de “mis divergencias con el Gobierno” y con la rotunda advertencia. “¡ojo, que yo no soy kirchnerista ni nunca lo voté!

3) No dar contexto a dichas medidas. Se omite decir que, producto de las propias leyes del mercado, toda América Latina (así como otros países llamados emergentes, como China, India o Rusia) tuvieron un desarrollo de las fuerzas productivas excepcional, que se hubiera dado de cualquier manera, con cualquier gobierno burgués, como lo demuestra el carácter antitético al populismo que campea en Chile, Colombia o Perú. Lo que varía (¡y lo que está en disputa!) es qué fracción de la burguesía nacional, con qué relación con el Imperialismo, capitaliza ese crecimiento económico.
4) Se omite decir también que los ajustes de gobierno para superar (en términos capitalistas) la crisis del 2001 (que tuvo en la devaluación del peso su piedra angular), no fueron trabajo de Kirchner, sino de Duhalde y de Lavagna.

5) Estas omisiones son decisivas, ya que se parcela el balance de un gobierno, evitando una mirada holística del mismo. Se evita definir lo que, desde el ángulo del marxismo, es lo esencial (su carácter de clase) para perderse en una serie de supuestos logros. Como bien dice la Liga Comunista de los Trabajadores (ver “La Hoja obrera” Nº 17): “Antes que nada, es necesario aclarar una vez más que el peronismo, en todas sus variantes -como la UCR, el ARI, el PRO, el Proyecto Sur, etc.-, es un partido o movimiento político patronal, que defiende al capitalismo como sistema, por eso mismo gobierna para los intereses de los empresarios. La diferencia con los otros partidos patronales está en qué sector burgués priorice cada uno y en qué sector social se apoyen para tener respaldo político. En este sentido el peronismo, como quiere ser apoyado en las elecciones por las masas populares, generalmente tiene un costado más popular que los otros, pero es sólo a los efectos de ganar su apoyo electoral y gobernar para los intereses de los empresarios, entre los cuales se encuentran la gran mayoría de sus dirigentes: son patrones.”
6) Es que si relacionamos el fenomenal desarrollo de las fuerzas productivas acaecido en la Argentina en los últimos años, con los salarios, la precarización laboral, la desocupación, la educación, la salud, la vivienda, los transportes, etc., tendremos que concluir que estamos ante GOBIERNOS MISERABLES en cuanto a su intervencionismo estatal, para que haya algún “derrame” de la fenomenal riqueza acumulada. Y pluralizamos, porque no nos referimos sólo a los K, sino también a aquellas provincias o municipios gobernados por la oposición burguesa (Macri en Capital, Das Neves en Chubut, Rodríguez Saa en San Luis, Binner en Santa Fe, y los radicales en otras provincias). Por eso es una falacia atacar nuestra postura de independencia política con el argumento de que “le hacemos el juego a la derecha”.

7)Nuestros izquierdistas (y en este ítem tenemos de todo: filo kirchneristas, marxistas, leninistas, guevaristas, y hasta trotskystas), se vieron conmovidos por la gran movilización popular que generaron las exequias, especialmente por parte de la juventud. Siendo completamente cierto que el desfile ante el cajón del ex Presidente (¡transformado en prócer!) fue genuino y masivo, y no producto solamente del aparato, tal hecho no acredita progresividad alguna, sino más bien una adhesión pasiva rayana en la pleitesía, que nos dá una medida de la situación del movimiento de masas en la actual situación política. Haciendo memoria, me viene el recuerdo de la muerte de José Stalin, también de un infarto de miocardio, en la década del 50: sus funerales fueron imponentes EN TODO EL MUNDO (también en la Argentina), porque la burocracia reaccionaria enterradora de la revolución de octubre ya había logrado entronizar “LAS MEDIDAS POSITIVAS” (especialmente la victoria contra el nazismo en la 2ª Guerra mundial), obturando completamente la posibilidad de pensar desde una mirada integral el carácter esencialmente contrarrevolucionario del stalinismo, encarnado en su propio Jefe muerto.

8) Finalmente, debiera pensarse que la muerte es un recurso a considerar por el viviente, de allí su ambigüedad. Pero ella es concreta y no respeta agenda, ni es hipócrita (también estas son consideraciones subjetivas de la naturaleza viva). La biología de la muerte es tomada por el viviente de manera que nos pinta de cuerpo entero: esto es el duelo, el ceremonial, etc. Ahora bien: ¿qué pasa cuando el muerto se transforma en vía de acceso? Si aguzamos la atención, tenemos que analizar que allí se cambió el foco: el muerto ya no es el muerto sino la escena del viviente. Esto puede traducirse en lo que nos decían nuestras abuelas de niños “tenele miedo a los vivos, no a los muertos”. Kirchner se transformó en vía de acceso para una propaganda política del Gobierno, para ubicar al lider, al prócer, ante la crisis de referente-guía, de dirección, que es la real muerte en vida.

Entre el progresismo y el socialismo – Tiempo Argentino


  Si nos permitimos entonces considerar ‘de izquierda’ al progresismo, aunque lo diferenciemos de la izquierda más radical, como es el trotskismo, nos queda preguntarnos cuál es la diferencia entre el progresismo y el socialismo.

El concepto de progresismo en la República Argentina es tan laxo que permite que bajo su paraguas se agrupen experiencias políticas tanto similares como diferentes, e incluso antagónicas. Por un lado, el gobierno nacional se autodefine como progresista. Por otro, existe un arco opositor conformado por diversas fuerzas políticas críticas del gobierno desde una perspectiva más cercana a la izquierda, y que la opinión pública considera como progresismo o centroizquierda.
Una pregunta lógica para resolver este dilema sería qué es el progresismo. Si podemos arribar a una definición concreta y analizamos si los términos que la componen se adecuan más o menos a una u otra experiencia política, podríamos con alguna certeza señalar qué es y qué no es progresismo. Pero tal vez esa no sea la idea de este artículo. Más bien pretendemos meternos en el propio barro del concepto y revelar contradicciones que él mismo contenga, más allá de los actores políticos que lo toman como propio. En otros términos, cuál es la esencia que permite tantas apariencias.
En este país, la aparición del concepto está vinculada a la experiencia del Frente Grande, una propuesta pluralista por fuera de las estructuras políticas tradicionales, que no incluyó en su seno a la izquierda más radicalizada. Como señala Eduardo Jozami en Final sin gloria, precisamente porque la apelación al progresismo constituía la más amplia de las convocatorias a todos aquellos que quisieran caminar en el sentido de la Historia, es que no podía identificarse con propuestas políticas definidas. Y menos aun con soluciones radicales que hubieran convertido a los progresistas en revolucionarios, dice Jozami. ¿Cuál es entonces el sentido que adquiere el concepto de progresismo en el país? Para este autor, se asocia a la acción de los movimientos sociales y una pluralidad de demandas en defensa de las minorías, del medioambiente, de los derechos civiles y la no discriminación, de la vivienda y la salud. Deberíamos agregar a la educación dentro de este listado, y el rol del Estado como actor fundamental para llevar a cabo estas mejoras.
Ahora bien, para continuar debemos reflexionar por qué la opinión pública asocia el concepto de progresismo a la noción de centroizquierda. Dentro del abanico de concepciones políticas que se ofrece desde la ultraizquierda hasta la ultraderecha, el progresismo tiene como característica distintiva el horizonte de mejoras sociales sin la transformación del sistema. Es decir, su esencia lo aleja de la derecha, pero sus propios límites respecto a un objetivo revolucionario, lo dejan en el zaguán de la divina izquierda.
Sin embargo, el siempre lúcido Norberto Bobbio en su libro Derecha e izquierda: razones y significados de una distinción política, nos decía que en última instancia lo que distingue a la izquierda de la derecha es la preocupación por la igualdad. O sea que una experiencia progresista que avance, por ejemplo, en la redistribución de la riqueza, en la inclusión social, y en otras formas de disminución de la desigualdad social, puede ser considerado de izquierda de acuerdo a esta noción, a nuestro entender sumamente adecuada para una lectura conceptual de la actualidad.
Si nos permitimos entonces considerar “de izquierda” al progresismo, aunque lo diferenciemos claramente de la izquierda más radical, como es el trotskismo, nos queda preguntarnos cuál es la diferencia entre el progresismo y el socialismo. Conceptualmente la diferencia es evidente. En el Diccionario de Ciencia Política de Bobbio, Matteucci y Pasquino, la primera acepción refiere que en líneas generales el socialismo se ha definido históricamente como el programa político de las clases trabajadoras que se ha formado en el transcurso de la Revolución Industrial. Por supuesto que a través del tiempo, el concepto se ha vuelto mucho más amplio, pero en principio, la base social que le da vida al socialismo es sustancialmente diferente a la del progresismo.
Sin embargo, hoy en día, con las transformaciones que ha sufrido (o más bien se ha dado) el capitalismo y las miles de variables que atraviesan la política y que mutan constantemente, el resultado es bastante confuso. En la Argentina actual, los partidos socialistas suelen definirse como progresistas. Nos preguntamos si esto quiere decir que ya no representan a las clases trabajadoras, que han desistido de sus pretensiones revolucionarias o que simplemente se han aggiornado a los tiempos que corren.
Hay una explicación histórica a este cambio del sujeto social que encarna el socialismo y en nuestra región tiene que ver con el surgimiento del populismo. Según el mencionado diccionario, al populismo no le corresponde una elaboración teórica orgánica y sistemática. Ordinariamente, el populismo está más latente que explícito en el plano teórico.
El propio nombre de populismo evoca al pueblo como sujeto colectivo, pero es impensable sin un fuerte liderazgo político. Por mencionar algunos, Cárdenas en México o Vargas en Brasil han sido claros exponentes. Pero en la Argentina fue Juan Domingo Perón el que dio vida a una experiencia de estas características. El sujeto pueblo, conformado por una gran mayoría trabajadora, protagonizó una gran transformación social bajo el ala de Perón, y el socialismo quedó relegado a la representación de clases medias ilustradas e intelectuales, pero ya no de los trabajadores como clase. De esta manera, ilustres socialistas como Alfredo Palacios o Alicia Moreau de Justo pasaron a ser considerados “gorilas” por los sectores peronistas.
Luego de la caída del Muro de Berlín, el socialismo quedó estigmatizado como una idea irrealizable, o inapropiado como realización de una sociedad justa.
Por el contrario, muy bien visto por muchos sectores sociales, el progresismo goza de respeto público e incluso numerosos burgueses lavan sus culpas en las aguas cálidas del ser “progre”. Es comprensible entonces que el socialismo, para deshacerse del estigma, pero también para diferenciarse del peronismo, se vistiera de progresista.
Por otro lado, sin miedo a pecar de baladí, pareciera que el socialismo ha pasado de moda. Socialismo es Cuba y, tristemente, nadie quiere ser Cuba.
Por eso, el gobierno se autoproclama progresista, los socialistas se dicen progresistas y la centroizquierda se llama progresista. Pero en definitiva, será progresista sólo aquel que tenga la capacidad de avanzar sobre la desigualdad social. Decimos adrede “avanzar”, y no “acabar con la desigualdad”, porque qué otra cosa puede ser una sociedad sin desigualdad, sino socialista. Quedará observar en el caso argentino, si algunas medidas de carácter progresista, si la sanción de algunas leyes de misma índole, son suficientes para considerar al gobierno progresista, o si pesan más aun las desigualdades vigentes.
Por ahora, podemos mirar hacia afuera con expectativa, a otras experiencias latinoamericanas, como la de Chávez, la de Correa, la de Evo, paradójicamente, las experiencias de aquellos que, aun con cautela, (excepto Chávez que lo hace deliberadamente) llevan como bandera el socialismo.