El 24 de marzo más pequeño

Los organismos de derechos humanos que convocaron a recordar los 35 años del golpe militar, dirigentes gremiales, nietos recuperados y medios oficialistas quisieron hacer explícito lo que resultaba de por sí evidente: éste era un 24 de marzo singular, dijeron, “el primero sin Néstor Kirchner”. Madres y Abuelas saben más que nadie que la frase entraña, en el mejor de los casos, un error. No era la primera vez que Kirchner estaba ausente: hubo muchas, veinte, tantas como los 24 de marzo transcurridos desde el retorno de la democracia hasta su llegada al poder. Recién entonces, en 2003, el santacruceño sacó a la luz los ideales y las solidaridades generacionales que decía traer desde la juventud, pero había guardado bajo siete llaves mientras crecía en patrimonio y triunfaba en la política provincial. De todos modos, que había sido un 24 distinto era una verdad dolorosa y grande como una catedral. En la plaza ondearon pancartas con la inscripción “Cristina 2011” y una enorme cabeza que intentaba asemejarse a la del ex presidente se balanceó sobre la muchedumbre. El Día de la Memoria, ese feriado tan discutible en su concepción y en sus efectos, era para muchos argentinos el primero de un largo fin de semana; para quienes fueron a la plaza y para quienes no fueron pero no eran indiferentes a lo que allí ocurría, el acto en el que año tras año habían expresado su repudio a la dictadura , a los campos de exterminio, la tortura y la muerte había adquirido el sabor inconfundible de un mitin de campaña . Las cosas como son.

Hebe de Bonafini hizo rancho aparte y no ocultó cuál era el sentido de su presencia en el Mercado Central. Transgresora siempre, sostuvo, con razón, que es más importante un crío sin hambre que la prisión de un asesino viejo y enfermo. Sólo que lo dijo en el lugar inadecuado, mientras compartía la tribuna con el empresario de la carne Ricardo Abruzzesi, un protegido del ministro de Planificación Julio De Vido, aspirante a intendente de La Matanza y con Amado Boudou, el candidato favorito de Cristina Fernández en la Capital, un cuarentón formado en los preceptos económicos de la derecha ultraliberal y más aficionado a las motos de alta cilindrada que a los pañuelos blancos y los complejos caminos del cambio social. Pero Hebe de Bonafini estaba allí, sobre todo, para que los empleados y los feriantes tuvieran claro que el “2011 es Cristina y sin ella no es posible la patria”. “Patria” es una palabra nueva en el lenguaje de Bonafini, una formidable oradora , una agitadora que hacía vibrar las piedras en las épocas en que su mensaje tenía una pura, inconfundible dimensión moral. A sus más de ochenta años, la presidenta de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo sigue siendo desafiante y frontal, pero le han enseñado a callar . Tal vez por eso aceptó en silencio que Guillermo Moreno incursionara en el grotesco y llamara a Kirchner el desaparecido “30.001”.

Lo cierto es que ninguno de los dos escenarios, ni el de la plaza “K”, ni el del mercado, pidió explicaciones por el laberinto político que ha llevado al gobierno campeón de los derechos humanos a suscribir una alianza pampa con Carlos Menem, el símbolo de los denostados ’90, el hombre que indultó . Nadie preguntó tampoco si un puñado de votos justificaba la compañía electoral de Ramón Saadi y la descalificación de quienes se encolumnaron tras Marta Pelloni y Aída Morales en las procesiones silenciosas con las que Catamarca procuró sacudirse el feudalismo y la corrupción. Ninguna voz se alzó para inquirir por qué, en ese mosaico de intereses individuales donde se fragua el kirchnerismo, brotan con tanta facilidad las cuentas millonarias, las propiedades suntuosas y los troqueles truchos de los dirigentes obreros; a qué se debe que representantes de comunidades olvidadas se vean en apuros para justificar injustificables veraneos en lugares donde el derroche ofende; qué es lo que hace a esta materia con la que se amasa el poder tan diferente de aquella otra por la que, el jueves, miles de hombres y mujeres salieron a la calle. Los militantes del PO, del PTS y el Proyecto Sur no lo pasaron por alto y pusieron el dedo en la llaga cuando se retiraban de la plaza, al cierre de su propio acto. Los jóvenes K apagaron los ecos de las consignas que no querían oír cantando “Soy argentino/ soy soldado del pingüino”. La memoria y la verdad resultan, en ciertas circunstancias, más incómodas que la justicia.

Algún medio oficialista, además de ignorar las marchas de la izquierda, los radicales o la enorme demostración de la CTA en Mar del Plata, agregó otra particularidad al 24 de marzo de los organismos y lo describió como “el más masivo de la historia, hasta ahora”. Los cronistas suelen sentir la tentación de bañarse en las aguas de la historia para dar majestuosidad y grandeza a los acontecimientos que narran. Un gran periodista francés, educado en las sutilezas de la Compañía de Jesús y en los fragores de la Segunda Guerra Mundial junto al general Philippe Leclerc ponía paños fríos a esa tendencia a la desmesura y la justificaba con sorna y benevolencia. Total, decía, “el papel aguanta todo y se puede escribir cualquier cosa en una democracia, incluso desdeñando la democracia, el pudor y la veracidad”. En realidad, poco importa dilucidar si el cronista sacó bien sus cuentas y, efectivamente, el jueves tuvo lugar el 24 de marzo “más masivo de la historia”. Lo fundamental es que este aniversario había sido también el más pequeño . En algún punto de esa marcha se había perdido su condición de espejo en el que se miraba y se reconciliaba una ciudadanía plural , consciente de las luchas que no libró o satisfecha de las que había acompañado, incluso en tiempos de derrota; orgullosa, en fin, de una sociedad que se rescataba a sí misma de la barbarie. Lo que llegó casi a las puertas de la Casa Rosada fue en cambio otro acto kirchnerista . Un cartel hacía flamear una inscripción, impensable hasta no hace mucho: “Gracias Cristina”. Las Madres y las Abuelas deberían reemprender la evangelización, enseñar, de nuevo, que la libertad no es un regalo ni se agradece. Si se olvidara, algo del patrimonio colectivo volvería a estar en riesgo.