La Cámpora y la cultura menemista – plazademayo.com

Por Gabriel levinas

Un grupo de hijos de, con amigos de, han logrado en poco tiempo conmocionar el mundo de la política ocupando espacios de poder y presupuestos públicos para consolidarse como el recambio del kirchnerismo.

Militancia, trabajo, dos palabras con mucho en común. Aprendí que en ambos casos se comienza desde abajo, desde lo más simple, y casi siempre lo menos divertido.

A los 15 años, tenía las tardes libres y decidí trabajar en la empresa de mi padre. Mi esperanza era poder rápidamente dar órdenes, llevar a la práctica mis ideas modernas y beneficiosas. La vieja manera de dirigir el negocio que tenían mi padre y sus hermanos había dado frutos, aunque yo consideraba que no lo suficiente. El mundo estaba cambiando y los viejos no lo entendían.

Cuando me presenté con todo mi entusiasmo un lunes a las dos de la tarde, papá me acompañó al sótano, me llevó con el jefe de expedición y éste me puso a hacer paquetes sin ver la luz del día durante todo el resto de la tarde. Así pasé los primeros cuatro meses, trayendo las prendas y envolviéndolas. Yendo y viniendo durante horas por los pasillos abarrotados de mercaderías.

Cuando Pedro, mi jefe, un buen tipo, severo, le avisó al viejo que yo estaba trabajando bien, se me permitió ver la luz nuevamente y acompañar al chofer de una de las camionetas a repartir esos paquetes a los clientes de la capital y el Gran Buenos Aires. Bajaba y subía del vehículo con los remitos firmados.

Para hacerla corta, fui conociendo lentamente durante esos años todas y cada una de las secciones de la empresa, desde la moldería hasta las ventas. Jamás llegué al escritorio con secretaria que tanto deseaba.

Antes de que eso fuera posible me fui a trabajar por mi cuenta.

Paralelamente comencé a militar en un partido de izquierda. El arranque fue parecido. Yo, joven y arrogante, creía saber exactamente lo que le convenía al país, pero no podía llevarlo a cabo, tenía que buscar la manera, dificultosa por cierto, de convencer a mis compañeros de célula para que las ideas suban un escalón más arriba y fueran consideradas. No era fácil.

En nuestro grupo discutíamos cultura, éramos pintores, gente del arte y de la música. La plataforma del partido se nutría de las ideas de cada una de esas células, y todos discutíamos todo.

Algunos, muy pocos, trabajaban tanto dentro del partido que no tenían tiempo para ganarse la vida. Los demás aportábamos de nuestros sueldos para su manutención.

Aunque los mirábamos con cierto recelo, debían justificar tal honor.

Conocíamos casos de los partidos hermanos donde alguno llegaba a concejal, incluso a diputado y donaba la mitad de su salario a su partido.

También circulaban sospechas de algún viejo militante que al final de la ruta, al acercarse a una pequeña cuota de poder, metía la mano en la lata. Raro, pero pasaba.

Hoy La Cámpora se propone como el semillero de donde surgirá el recambio en el liderazgo del proyecto nacional y popular que encarna el kirchnerismo.

Y el semillero, como tal, es por demás extraño. Al pibe en lugar de mandarlo al sótano lo mandan de movida a ocupar un cargo en el directorio. En lugar de enseñarle a producir, le pagan un sueldo que obtiene del Estado para militar en un proyecto político partidista.

Cobran sueldos de organismos estatales para realizar actos políticos tendientes exclusivamente a la consolidación del poder.

No hay plataforma, los militantes hablan permanentemente de proyectomodelo. No hay dónde leer más de una carilla que explique el significado de tales palabras.

El propio Jaime, símbolo de la corrupción del kirchnerismo, es tesorero de la sección cordobesa, parte de un grupo que pretende diseñar el futuro de nuestro país. Desde el inicio nomás se emparienta con lo peor de la política.

El número uno de La Cámpora, Larroque, es subsecretario de Reforma Institucional para el Fortalecimiento de la Democracia. Reemplazó a Marta Oyhanarte, quien cumplía una excelente labor al frente del organismo que es, casualmente, el que debe aplicar el libre acceso a la información pública.

Marta fue brutalmente desplazada junto con otros funcionarios y empleados, algunos de ellos fueron literalmente patoteados y ahora la Secretaría funciona como un tapón a la transparencia que debe cuidar.

Los datos que dan cuenta del número de militantes que fueron incluidos en alguna nómina estatal es difícil de corroborar, justamente por la imposibilidad que desde la misma Cámpora se alienta para los organismos estatales: impedir el acceso a la información.

Trecientos muchachos pusieron en Aerolíneas, donde el hijo de Recalde es el presidente; como buen hijo de rico gasta más dinero del que tiene NUESTRA línea de bandera. Nadie ve trabajar a los 300, aunque hay quienes dicen haberlos visto votar en alguna asamblea. Otros fueron a parar a la Anses, a la legislatura o a la Corporación Puerto Madero.

Recientemente, tras la muerte del coordinador de Deportes en la Ciudad Universitaria, lo reemplazaron, y él nuevo, de una, metió 15 profesores más de la organización.

Cientos de jóvenes que básicamente cobran por militar. Otros, más grandecitos, han conseguido puestos que difícilmente hubiesen conseguido si no fuesen “hijos de” o “enviados por”.

Los líderes inauguran filiales de La Cámpora en la Ciudad de Buenos Aires y en todo el país más rápido de lo que consiguen adeptos; son lo mismos que alientan en grotescas fiestas —choripán de por medio — teatralizaciones de mal gusto, subestimando al público presente con luchas simbólicas entre pingüinos y gorilas, con guiones y finales absolutamente previsibles. Como son militantes, ellos lo llaman chicanear. Para el vecino común, es simplemente una agresión.

Ésta es la manera que tiene el casi siempre presente subsecretario Larroque, de fortalecer la democracia.

Por momentos parecen más barrabravas que políticos. No es así, claro, cuando se los ve sentados en los restaurantes de Puerto Madero: ahí hacen recordar al grupo “sushi” de la época de De la Rúa.

Éste es el proyecto, el semillero que intenta formar a los futuros dirigentes del modelo nacional y popular, quienes también manejan la Secretaria de Justicia de la Nación. Tal vez son una metáfora que sirve para explicar muchas de las cosas que la maniatada justicia no puede. Este proyecto juvenil está reproduciendo lo que la justicia oculta. La naturalización de una nueva moral. Esa verdad de Perogrullo que dice que corruptos son todos, que esto es Latinoamérica, pero por lo menos hicieron esto y aquello. Enfrentaron al monopolio.

Este tipo de argumento —cada vez más esgrimido— no hace más que estamparnos en la cara una terrible realidad: La Cámpora es simplemente una evidencia más de la consolidación de la cultura menemista. Cultura que nos legó la idea de diluir los actos de corrupción en el mar de una sociedad corrupta, en el “todos lo hacen”, en el “siempre fue así”.

Y a estos jóvenes dirigentes, futuros ministros y hasta presidentes, se los entrena en la más perversa forma de acumulación de poder.

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El Correo Kirchnerista y Beatriz Sarlo – La lectora provisoria

por Quintin

Hoy fui al Correo Argentino y me quedé con la boca abierta frente a un enorme cartel que pedía materiales fílmicos para el documental sobre Néstor Kirchner que dirigirá —para vergüenza propia y ajena— Adrián Caetano. Además de un empalagoso elogio a NK, el cartel anunciaba que el envío de esos materiales es gratuito y será devuelto al remitente en treinta días. Además de anunciar el transporte de material proselitista con dinero público, la oficina de correos perdía su simbólica neutralidad y su benévola universalidad para transformarse en otro nodo de la propaganda oficial. El tamaño del póster con la foto de Néstor me hizo pensar que había entrado en una Unidad Básica y había algo intimidatorio en una escenografía agresiva con los usuarios y tal vez más con los empleados, asociados a ese cartel impúdico ubicado exactamente debajo de sus ventanillas.

Supongo que Beatriz Sarlo tendrá poco que decir al respecto después de la declaración de ayer que reproduce Clarín. Según transcribe Susana Viau “Sarlo señaló que lo suyo es una simple percepción, aunque esté convencida de que ‘ese aire de fiesta existe’ y se prevenga con una ironía: ‘quizás soy una kirchnerista “malgré moi’”. Creo que el malgré moi está empezando a sobrar desde que Sarlo le dedicara a Kirchner un encendido obituario que, proviniendo de una intelectual tan prestigiosa, ayudó al proyecto de canonización cívica de NK del que el documental es uno de sus aspectos más grotescos.

Kirchner gobernó Santa Cruz con autoritarismo feudal (sin justicia, sin prensa independiente, sin oposición parlamentaria, con reelección indefinida) y allí comenzó a enriquecerse de modo obsceno. Como presidente efectivo o consorte fue ingenioso para acumular poder, hábil para inventar adversarios imaginarios, demoledor para destruir opositores reales y artífice de este agonismo extremo que Sarlo llama fiesta, con su economía a medida de los amigos y un sistema de propaganda que nada debería envidiarle a los sistemas totalitarios del siglo XX, articulado en nauseabundos bochornos como 678 y la publicidad del fútbol.

En todo caso, aunque el Correo y Sarlo opinen lo contrario, esta fiesta tampoco es la de todos. Por lo pronto no lo es de los que no compartimos la hagiografía oficialista ni participamos de la religión secular que tiene a Néstor Kirchner como profeta y se baña en el agua bendita de una militancia tan eufórica como negadora de la realidad. Pero algunos siguen creyendo que las multitudes orientadas desde el Estado construyen el sentido de la historia y no hay nada malo en que así sea. Por eso les parece normal que el correo también sea kirchnerista.

Algunas ideas sueltas para entender qué pasa con el canal infantil Paka Paka – Latin American Media & Entertainment Observatory

Cablevisión debería realizar todas las gestiones técnicas y contractuales para sumar a su grilla a Paka Paka e Incaa TV, es cierto. Pero eso es tan cierto como que el Gobierno esconde detrás del pedido por el canal infantil del ministerio de Educación otro interés: instalar CN23 la señal de (buenas) noticias del tándem Szpolski-Garfunkel, totalmente controlada por la usina informativa paraestatal (Dato: al menos el 80% de la facturación de ese grupo mediático proviene de la pauta oficial). Si no, no se comprende mucho la embestida (una más) contra Clarín.

En los últimos días asistimos en Argentina a otra discusión incomprensible: el Gobierno Kirchner acompañó un recurso de amparo en la Justicia para pedir la incorporación en la grilla de Cablevisión de Paka Paka y organizó un festival frente al Ministerio de Educación, al que asistieron numerosos funcionarios. En tanto, Cablevisión salió a explicar por qué la señal infantil no está en su programación.

Cablevisión (grupo Clarín) no es el único sistema de medios que no incluyó esos canales en su grilla. El segundo operador de TV paga de Argentina es DirecTV, con 1,3 millones de hogares conectados y tampoco incluyó Paka Paka en su grilla ni lo hará. ¿Por qué el Gobierno no arremetió ahora contra DirecTV por “censurar” a Paka Paka? Facilísimo, porque ese conglomerado global (que factura el triple que el Grupo Clarín) ya incluyó en su programación a CN23. Los argumentos de DirecTV para descartar la incorporación de Paka Paka e Incaa TV a su grilla son parecidos a los de Cablevisión y están relacionados con la capacidad de transporte de señales de sus respectivos sistemas (para incorporar nuevas hay que dar de baja algunas de las existentes, 1 x 1) y con la existencia de lazos contractuales vigentes. De hecho, para poner CN23 en su grilla, DirecTV dio de baja un cultural cultural argentino histórico Canal (a).

Tampoco es verdad que todos los sistemas de cable del país ya transmitan el canal infantil y el de cine argentino y latinoamericano (Incaa TV, que a mi también me gustaría tener en el televisor) y el único que se resista sea el grupo Clarín. En el interior argentino profundo, una indeterminada cantidad de cableoperadores pymes tampoco baja la señal y por lo tanto no la distribuye entre sus abonados. ¿Qué responden al grupo Clarín? ¿Le tienen miedo? No, ahora que el fútbol es “gratis”, nada que ver. Por una parte, se trata de empresas que tienen varios miles de clientes y están algo atrasadas tecnológicamente. Podrían emitir gustosamente Paka Paka pero para eso tal vez deberían estar completamente en regla para pedir el decodificador oficial, o poder transmitir 40 canales que se vean bien. Personalmente, se de varios casos concretos para protegerlas prefiero no mencionarlas. Por otra parte, hay decenas de cableoperadores (algunos cooperativos) que ya pidieron los decodificadores y aún no los recibieron. ¿Por qué tanto apuro en Buenos Aires y tanta demora en el interior? ¿Dónde es que vota la gente? Ah, eso no tiene nada que ver, claro. Además, ¡los chicos no votan!

Tampoco emite Paka Paka un sistema de TV paga inalámbrico que se expande rápidamente en Capital y Gran Buenos Aires: Antina. Este proveedor, el primero en ofrecer televisión digital, tiene cerca de 70.000 abonados y muchas limitaciones para ampliar la capacidad de transporte (cuya expansión depende de la disponibilidad de espectro radioeléctrico, algo que nunca abunda y que siempre depende de la buena voluntad del gobierno de turno).

Entonces, vamos a los números: en Argentina hay un total de 10,5 millones de hogares; 7,5 millones de los cuales, están conectados a algún sistema de TV paga. De estos últimos, la amplia mayoría no accede a Paka Paka (3,5 millones, de Cablevisión + 1,3, de DirecTV + no menos de 500 mil, del resto). Los que sí incluyeron en su grilla el canal reclamado por los grandes para los chicos, son Telecentro (el único que cumple a rajatabla con la grilla oficial) y Supercanal (aunque no estoy seguro de que esté en todas las -variadísimas- plazas donde opera). Entre ambos suman 1,5 millones de hogares abonados. Unos 600.000 abonados están conectados a otros proveedores de TV: las cooperativas agrupadas en Colsecor, empresas medianas como Gigared (opera en el litoral, quiere hacerlo en Capital pero Macri no la deja) y alguna otra satelital, como INTV (vinculada a la Red Intercable).

¿Todo es culpa de Clarín? Parece que hay más de un culpable, empezando por el propio Estado. Sí, sí, porque si hay tanta resistencia para sumar una señal oficial a la grilla por qué no la hubo con otra señal oficial, que además sigue en la grilla (por suerte): Encuentro. Cuando se incorporó el otro canal educativo del Ministerio de Educación se programó con mucho tiempo de anticipación, se trabajó con todos los proveedores simultáneamente, se fijó un cronograma y finalmente se concretó.

Por otro lado, en la era de Internet tampoco es cierto que Paka Paka esté censurada: con casi 5 millones de hogares conectados a la Web (la amplia mayoría de ellos a la banda ancha), y la señal del ministerio de Educación convenientemente emebida en el su sitio web, cualquiera puede stremearla (como dice un alumno mío). Es decir, cualquiera puede ver Paka Paka por Internet. ¿Qué no es lo mismo? Bueno, el estatal Canal 9 (¿qué no es estatal? Vean aquí) emite tres o cuatro horas de Paka Paka cada mañana y el otro estatal, el Canal 7, lo hace por la tarde. En cambio, no pasa lo mismo con Incaa TV, a quienes pregunté por qué no tienen la señal en la web para stremearla (o incluso para ver contenidos a demanda, si total tienen todos los derechos). Lástima, el Gobierno no responde a periodistas que no pueda controlar. Paka Paka también puede verse generosamente en varios segmentos que transmite su canal hermano, Encuentro.

En conclusión, lo que el Gobierno quiere -a mi criterio- es empujar detrás de Paka Paka a CN23, una de las primeras señales en subirse a la plataforma estatal de la TV digital terrestre, cuya audiencia actual es un misterio aún irresuelto, pero de cuyo futuro nadie (ni los más escépticos, dudan). CN23 es una de las seis cadenas de televisión especializadas en noticias (se sumó a TN, Crónica, C5N, Canal 26 y A24, eso sin contar Telesur). Claro, de fondo está la pelea “más grande” por imponer el relato “propio” -que hay que reconocer que el Gobierno Kirchner viene ganando-.

Y finalmente, es un dato clave que sean los grandes los que piden la señal para los chicos (digo, chicos como Alejandro Dolina). En el horario de Encuentro, yo hice la prueba con mi hijo, y no duró mucho la cosa. El chico pidió rápidamente el cambio por alguna de las otras señales infantiles que no andan con tanta vuelta y dedican el 90% de sus programas a la animación. Más vale que anoten este tipo de comentarios maliciosos en el Ministerio de Educación porque si no, cuando Cablevisión, DirecTV y los demás operadores finalmente incluyan ese canal en la grilla y tengamos Paka Paka para todos, puede ocurrir que no la vea nadie. O ¿A alguien le interesa que los chicos vean contenidos en su idioma y con su impronta cultural? A mi, sí. ¿Al gobierno? ¿A las empresas?

Por un periodismo no fascista – Perfil.com

Por Tomas Abraham 

No es cuestión de hacerse los finos y disfrazarnos de epistemólogos. Dos mil quinientos años de filosofía no han podido lograr un consenso sobre qué es la objetividad. Lo que sucede con el periodismo en nuestro país no es parte de esta eterna discusión sobre neutralidad, subjetividad o imparcialidad. Se trata de fascismo. No hay que olvidarse de esta palabra. Hay un capitalismo fascista.

Cuando se elabora el relato fascista del poder, se junta dinero para hacer propaganda mediante un pelotón de mercenarios al servicio de los jerarcas. Frente a ellos no se persignan pegados a un paredón un coro de vírgenes desnudas. Los medios masivos de comunicación no son angelicales: tienen sexo. Constituyen un fenómeno político. Se lo llamaba cuarto o quinto poder. Pero, hace mucho tiempo, una casta de ciudadanos entre el Pireo y Atenas inventó la democracia. Reforzaron la idea en 1668, 1776, 1789 y la extremaron con pobres resultados en 1917.

La idea del inicio no ha variado. Las democracias existen para proteger a la ciudadanía de la arbitrariedad de los poderosos. Los que mandan son los que tienen armas y dinero. Con estos recursos pretenden hacerse dueños de las palabras. Si el mecanismo de defensa de las libertades depende de una burocracia política que distribuye armas y dinero para un bando que la favorece, se desencadena la guerra civil.

La erosión suicida no siempre es un fuego fatuo. Puede ser larvada, constituir un murmullo que se agita o se calma de acuerdo con cada ocasión, una provocación para beneficiarse con la furia descontrolada de un adversario enloquecido, una estrategia a mediano plazo para monopolizar la información.
Por eso es beneficioso que, frente al poder instalado en los gobiernos que manejan sin controles la hacienda pública, como sucede en nuestro país, existan polos empresariales poderosos propietarios de los medios. Es un equilibrio necesario ante los ilegalismos impunes que custodian la manipulación informativa desde el Estado. Mejor varios Leviatanes que uno solo. Mientras los gigantes se miran y miden, los pequeños se infiltran y logran hacer lo suyo.

Un Estado democrático es aquel que, frente a una realidad en la que el dinero manda, pone en funcionamiento la ley que hace porosa la estructura de poder de la sociedad. Fomenta la dispersión de las fuerzas de opinión y posibilita la multiplicación de las fuentes emisoras que dan cuenta de la realidad.

Hasta el momento, la Web es un medio extraestatal democratizador que ahorra trabajo político vertical, diagramación piramidal y gestión ecualizadora. El fascismo se define por la superposición entre información y propaganda. Se basa en el sofisma de que sólo hay propaganda. Que todo es poder. Que nada hay que no sea poder. De este modo el espacio de la información está marcado por una serie de bunkers ocupados por trincheristas que disparan sus avisos y consignas al éter publicitario. Se hacen llamar militantes u operadores. Son soldados de una causa. Frutos natos de la obediencia debida.

La sociedad se convierte en un auditorio ampliado que se divide en sectas a las órdenes de un gran hermano adorado y protector. Los periodistas adulan a su clientela, a sus ramones y rosas, y éstos los obsequian con sus ofrendas de amor.
Esto no es un invento del kirchnerismo y viene de lejos. Lo que hace este gobierno es participar de la fiesta mercenaria y ser uno de sus principales protagonistas. La concentración es un fenómeno mundial como lo es la fusión financiera de medios con otras ramas del mercado de bienes y servicios.

No es en este aspecto que reside la diferencia con otros países. Lo que marca el rasgo distintivo que caracteriza el comportamiento de una colectividad es el promedio educativo de una población y los valores que comparte. El periodismo es una de las ramas de los aparatos educacionales de una sociedad. Es un órgano de producción cultural.

Si la sociedad posee instituciones sólidas y variadas de producción de conocimientos y difusión de obras de valor del pasado y del presente, si la investigación de nuevos problemas y el impulso al desarrollo de fuerzas productivas que necesitan de la ciencia y de la tecnología promueven la diseminación de los espacios de creación, discusión y fundamentación de cada uno de los aportes cognitivos, entonces no hay gigante que se coma toda la realidad y la devuelva maquillada. La sociedad se vuelve exigente y no acepta cosas truchas. Es una cuestión de nivel educativo.
Al periodismo no fascista se lo descalifica como liberal. En nuestro país un liberal es un gorila o un oligarca. En otros lugares y otros tiempos, los liberales eran los disidentes que se jugaron la vida para que no hubiera más inquisidores. Así que no tenemos palabras afirmativas para el periodismo no fascista, aquel que aún considera que el análisis de la actualidad sigue siendo una tarea intelectual.
Toda tarea intelectual requiere como condición sine qua non multiplicar las fuentes de información. Es polifónica. Compara, puede tomar posición respecto de cada tema, pero lo hace al tiempo que ofrece un abanico explícito de alternativas que dispone en estado polémico. Si su ambición es mucha, hasta puede crear un espacio de pensamiento.

En un reciente documental, Public Speaking, de Martin Scorsese, sobre la escritora norteamericana Fran Leibovitz, ella decía que el mundo de la información estaba apagado. Sostiene que a nadie le interesan las noticias. Todos quieren opiniones. No hay más noticias, hechos, acontecimientos. La opinología que tantos desprecian se ha convertido en la máxima aspiración comunicacional. Se ha perdido el arte de la construcción de la noticia. La demagogia, la moralina y el culebrón no han dejado restos.

Al parecer, a nadie se le ocurre que el periodismo es una de las ramas de la historia y que el periodista contribuye a pensar la historia del presente.
Cuando una sociedad se constituye en un foro de propagandistas se embrutece. Se vuelve imbécil. Escupe afiches. No piensa más. Elige muñecos y los quema. Se regodea en su fanatismo. Acusa a quien sea de acuerdo a la receta que le entregan los mayordomos del Jefe o Jefa del Castillo. No tiene otro ideal que la servidumbre voluntaria.

Banquito – Newsweek

Por Martín Caparrós
Quién pudiera tener esas certezas. Quién pudiera estar en alguno de esos bandos, subido a algún banquito.

Desde banquitos te dicen que es un atentado intolerable contra la libertad de prensa en la Argentina, y no paran de hablar de algo que llaman democracia. Desde banquitos te explican que es un conflicto sindical, nada muy grave, y empiezan a hablar de cualquier otra cosa: la sangre de los chicos Noble, por ejemplo.

Quién pudiera. Quién pudiera decir, por ejemplo, en La Nación, que “lo que sucedió anteanoche fue la más grave agresión contra el periodismo libre desde 1983, dispuesta por la cima de un poder político sin medidas ni límites”. Quién pudiera contestar, por ejemplo, en Tiempo Argentino que el hecho de que esos “voceros levanten ahora la ‘libertad de expresión’ para aplastar el derecho sindical al reclamo es un gesto de barbarie intelectual, rayano en el clasismo salvaje del siglo XIX”.

Los leo y me desespero, porque me parece que los que dicen que es un atentado intolerable deben tener razón, pero no dicen que Clarín no permite que sus trabajadores formen comisiones internas –y, cuando las forman, los echan.

Pero también me desespero porque los que defienden heroicos la libertad de agremiación deben tener razón, pero llevan ocho años sin darle la personería a uno de las agremiaciones más numerosas de la Argentina, por ejemplo: la CTA.

Y también porque Clarín, gran defensor de la libertad de expresión, es el mismo que, cada vez que sale un diario nuevo que no es suyo, trata de ahogarlo apretando a los avisadores para que no le pongan publicidad –lo cual es más brutal, bastante más brutal que pararse en la puerta, aunque supongo que legal según las leyes del capitalismo de mercado.

Y también porque los mismos oficialistas y oficiales que ahora están tan preocupados por el conflicto balbucean cuando les preguntan por qué el conflicto lleva casi siete años, porque no pueden contestar que durante cuatro de esos siete el gobierno era tan amigo de Clarín que no solía presionarlo para que aplicara justos derechos sindicales. (Gran momento de televisión, este lunes: el ministro Tomada alabando la lucha sindical de los delegados de Clarín frente al delegado de Clarín Luis Siri, y el delegado contestándole que él y sus compañeros se sintieron abandonados por el ministerio; risas nerviosas, frases de compromiso).

Pero, aún así, los discursos funcionan, me interpelan: estoy de acuerdo en que no se puede parar la salida de un diario, estoy de acuerdo en que no se puede impedir que los trabajadores se defiendan. Escucho los argumentos de uno y podría estar de acuerdo, y escucho los del otro y podría estar de acuerdo. Son gente sólida, preparada, segura de lo que está diciendo. Me gustaría tanto –me aliviaría tanto– poder estar a favor de alguno de ellos, saber dónde está el bien y dónde el mal. La vida es mucho más fácil cuando uno sabe dónde está el bien y dónde el mal. En busca de esa facilidad la gente se hace religiosa, patriota, hincha de fútbol.

Por eso sigo pensando quién pudiera subirse a los banquitos, perorar con verdades, libertades, grandes palabras de alguna moral. Los envidio –de verdad los envidio–: quién pudiera tener esas certezas más o menos férreas, más o menos ciegas. Es tan bueno tener certezas, saber cómo es el mundo, poder catequizar –y ser coherente con lo que uno dice. Y es tan buen negocio tener certezas: podés venderlas bien en el mercado de certezas –los medios, la verdulería, los empleos, las prebendas– y siempre hay gente que te quiere por tus certezas, lo firmes, lo bien expresadas, lo valientes que son.

Yo no lo logro, últimamente, y me desespero más porque no quiero situarme en el medio, no quiero pensarme neutral, templado, calmo; al contrario, me gusta embarrarme, embanderarme. Lejos de mí postular que hay dos demonios y que quiero mantenerme equidistante. No quiero, y además en este caso creo que hay uno solo, el mismo tipo de demonio: unidades de negocios y poder que se pelean por un solo queso a gritos de principios. Unos argumentan con la distribución de la riqueza que nunca se cruza con sus negocios, otros con la libertad que sólo sostienen cuando no se les cruza algún negocio. Unos se cargan el discurso de la libertad de prensa usándolo desde el poder de quienes nunca la respetaron; otros se cargan el discurso de la libertad sindical usándolo desde el poder de quienes nunca la promovieron: dos patotas que se pelean por pedazos del pastel y lo cuentan como si estuvieran a punto de salvar al mundo de la invasión de los marcianos.

Y encima los dos te miran con odio o con pena si no apoyás sus argumentos, si no te alineás del lado donde, sin duda, anida la verdad justo antes de lanzarse en proceloso vuelo. No es mentira, no es ironía barata: de verdad me gustaría ser uno de ellos. Mi vida, palabra, sería mucho más fácil.