Un descarriado en la mira telescópica – lanacion.com  

“Gente con la que tantas veces estuve de acuerdo ahora me odia; cuando quiere ser amable, me trata sólo de traidor -confiesa Martín Caparrós-. Gente que respeto ve en este gobierno cualidades que no consigo percibir ni un poquito? Me siento colgado del pincel. Estoy perplejo, molesto, inquieto, irritado: me persigue la sensación de que algo está muy mal en la Argentina y de que mucha gente muy respetable se resiste a verlo.”

Estas frases surgen del prólogo de un libro ( Argentinismos ), donde el narrador cuenta la verdad: durante una placentera cena de junio de 2008, Caparrós quiso discutir de política con un viejísimo amigo y muy pronto la conversación se desbarrancó. “Nos dijimos cosas feas; no volvimos a vernos.” Le sucedió otra cosa más, que el autor no cuenta: cuando osó deslizar críticas al sacrosanto proyecto kirchnerista, la televisión oficialista, que se caracteriza por cierta “imbecilidad estructural”, como calificó el propio Ricardo Forster, convirtió a Caparrós en un enemigo del Estado: lo persiguió con montajes taimados y mentirosos; lo humilló a través de panelistas aviesos; lo acusó de ceguera y de egolatría, y le recriminó una y otra vez que no accediera a la evidencia de un fenómeno revolucionario que otro escritor en las antípodas (Jorge Asís) calificó sardónicamente de “revolución oral”. El comisariato político del progresismo evitista lo había puesto a Martín Caparrós, el descarriado, en la mira telescópica. No podía soportar que un referente de la izquierda intelectual, uno de los mejores cronistas narrativos de América latina, egresado de la Sorbona, maestro de la Fundación Nuevo Periodismo de García Márquez y estudioso del setentismo, fuera reacio al nuevo pensamiento único.

Acaso al calor de esos escarnios y miserias, y de la perplejidad frente a un gobierno que en el discurso decía una cosa y en la realidad hacía otra, se cocinó este ensayo inesperado e incómodo, que indignará en el Jockey Club y también en la Biblioteca Nacional. Es que no se trata de un texto convencional; está lleno discusiones de fondo verdaderamente inquietantes. Mientras lo leía y me revolvía en mi asiento, recordaba aquella máxima de Ionesco: “Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura”.

Para empezar, el autor ataca el culto mismo a la democracia. No cree naturalmente en dictaduras de ninguna especie, pero le achaca al sistema democrático la desigualdad, el fracaso y el hambre; también, la falsa idea implícita de que “no hay otra opción que el capitalismo con delegación política”, algo que pinta como una “resignación triste y ahistórica”.

No puedo estar menos de acuerdo. Admito que con la democracia no se come ni se educa ni se cura, y que las mayorías pueden equivocarse mucho (Alemania e Italia, y también la Argentina pueden dar cuenta de ello), pero pretender que el sistema de votación y representación se haga cargo de cambiar el mundo es tan injusto como pedírselo a los diarios, a los obreros, a las empresas o al Estado. La democracia es un medio y no un fin; un mecanismo que ha demostrado funcionar en muchos lugares del planeta y que, en manos de inútiles, autócratas y corruptos, ha permitido también aberraciones y dolorosas derrotas sociales.

A continuación, Caparrós también se permite ser políticamente incorrecto: sospecha que el kirchnerismo reconstruyó el Estado sólo para acumular poder. “Yo creo que el Estado es uno de los inventos más nefastos del hombre: máquinas potentes para hacer las peores porquerías. Y sería feliz si no hubiera Estado.” Luego aclara irónicamente, y no tanto, que el Estado es necesario en estas circunstancias “para regular aunque sea un poquito el enfrentamiento tan desigual entre las clases, para conseguir que los que pierden tengan algún premio consuelo, un médico tras cuatro horas de cola, una escuela con mate cocido, un bolsón de comida, una frazada… Que la recreación del Estado pueda ser una tarea progresista sólo da cuenta de lo mal que estamos”.

Desde esa posición, arremete contra la ley del matrimonio igualitario: “Yo me sentía cercano a la pelea de gays y lesbianas porque estaban fuera del sistema Estado-Iglesia? Tenían dos opciones: romper con ese sistema e inventar formas nuevas, o pedirle al sistema que los aceptara”. Le apena que hayan elegido esa última senda conservadora.

Es extremadamente gracioso cuando habla de peronismo. “Si yo creyera que un dios es responsable de este mundo de mierda, lo negaría por todos los medios: trataría de evitar que lo hicieran responsable a dios de este desastre. Por eso, si yo fuera fiel ferviente peronista, me dedicaría más que nada a negar su existencia, disimularla, minimizarla todo lo posible. El peronismo ha gobernado treinta de los últimos cuarenta años? Si el peronismo existiera, sería como dios: el responsable de este país-desastre.”

Para Caparrós, el peronismo no existe por la cantidad increíble de ropajes ideológicos que fue adoptando. Le parece insólito que saquen pecho los peronistas como si fueran inocentes de esas patéticas volteretas y de la catástrofe nacional.

Se queja, a su vez, de que el revival setentista de los Kirchner malversó los verdaderos sueños de aquella generación diezmada. Caparrós formó parte de los jóvenes que querían instalar el socialismo extremo en la Argentina, y se queja de que el setentismo haya quedado vinculado únicamente al uso de la violencia. Mi discrepancia con los setentistas va más allá del uso del asesinato político como praxis y se instala en la torpe, delirante y peligrosa manera de hacer política que esa generación presuntamente brillante demostró a la hora de la verdad. La apropiación de la “heroicidad” setentista por parte del Gobierno creó, según Caparrós, “una confusión fundamental: que ahora los montoneros mandan, que este gobierno es la concreción de las voluntades de aquellos hombres y mujeres. Es sorprendente -agrega-: cualquier comparación veloz de las ideas políticas de unos y otros muestra la diferencia abismal entre esos militantes que querían un mundo sin ricos y estos ricos empresarios que no paran de hacer plata”.

Por las dudas, por los tiempos que corren, el narrador de Argentinismos se define: “Fui de esos que tuvimos que dejar la Argentina mientras el matrimonio Kirchner hacía buenos negocios; de esos que criticábamos al peronismo de Menem mientras el matrimonio Kirchner y su gobierno peronista hacían buenos negocios; de esos que trabajábamos para recuperar la historia reciente mientras el matrimonio Kirchner prohibía en su capital marchas de las Madres”.

Desde la izquierda, critica la ley de medios, el desendeudamiento y otras martingalas kirchneristas. Y también, a La Cámpora, que “no organiza barrios ni dirige centrales estudiantiles ni arma corrientes sindicales ni consigue puestos electivos en consejo y diputaciones? Que el retorno de la militancia -reflexiona- esté fogoneado desde el poder, y que se instale tan fuertemente en él es un signo de estos tiempos”. Y recuerda que estos militantes neosetentistas no se mueven en la austeridad, sino en el lujo.

Pero sería injusto aseverar que Caparrós hace girar su lúcido ensayo únicamente en torno del fenómeno coyuntural del kirchnerismo. Parte de esta mecánica de división y de dogmas inconmovibles que están de moda para navegar otras aguas y para poner todo en duda. Se jacta incluso de dudar. Contrapone al riesgoso verbo “creer” el luminoso verbo “dudar”, y hunde su cuchillo en todos los territorios, da vuelta todas nuestras creencias, y nos hiere con su filo, puesto que nos pone a pensar el futuro. Es inusualmente arriesgado lo que hace y propone. El filósofo Francis Bacon decía: “Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde”. Podemos elegir en qué casillero vamos a refugiarnos.

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