Malvinas, Famatina y otras yerbas nacionales – Pamplinas

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Las declaraciones son confusas, como si cada cual quisiera poder decir alguna vez que no dijo esto sino aquello, no perro sino porro, no marrón sino motocicleta, pero, por ahora, parece que los que resistieron la instalación de la mina a cielo abierto en Famatina consiguieron pararla. Y es una sorpresa: hacía tiempo que en la Argentina no pasaba nada en contra de la voluntad del gobierno. Quizá –con el peligro que tienen las comparaciones– desde que la torpeza kirchnerista creó una alianza inverosímil entre pequeños chacareros y grandes latifundistas para oponerse a las retenciones agrarias. (Aunque las diferencias son notorias: para empezar, en Famatina no había grandes intereses del lado de los que se oponían: solo personas que querían seguir adelante con sus vidas. Y, por lo tanto, su tinte político fue radicalmente distinto.)

En cualquier caso, el discurso nacionalista del gobierno quedó maltrecho tras su apoyo a las mineras canadienses y por eso –pero no sólo por eso– nos tocan unos días malvinistas. Es cierto que los ingleses relanzaron el tema, y es cierto que en dos meses se cumplen 30 años –30 años– de aquella guerra idiota. Pero también es cierto que el tema aparece puntual cada vez que los gobernantes argentinos –de todo pelaje y color, militares, peronistas, peronistas, militares, radicales breves– necesitan distraer la atención con un rebrote de fervor patriotero.

Los argumentos, que en estos días han vuelto a la carga, para sostener la argentinidad de las Malvinas suelen ser curiosos. El más serio es geográfico: las islas están sentadas sobre la plataforma continental argentina –aunque, si se fijan, es probable que Inglaterra esté, del mismo modo, en la plataforma continental francesa. El histórico es más complicado: fueron españolas –porque el papa Alejandro Borgia se las dio a los Reyes Católicos en una bula de 1494, junto con medio mundo más– pero ningún gobierno argentino las controló nunca, ni pobladores argentinos las habitaron casi. Lo más parecido fue una patente comercial que el general Lavalle, gobernador de la provincia de Buenos Aires, le dio en 1829 a un ciudadano alemán, Luis María Vernet, para que se llegara hasta ese páramo y explotara sus vacas y sus focas; después Vernet fue nombrado gobernador, se mudó con su esposa uruguaya, ejerció un año y medio y en 1831 se fue tras un incidente con unos pesqueros norteamericanos. En 1833 la ocuparon marinos ingleses, y desde entonces se quedaron.

Hay, ahora, allí, pobladores cuyos mayores llegaron mucho antes que la gran mayoría de los ancestros de nosotros argentinos desembarcara en estas costas. Pero los malvinistas dicen que esos señores y señoras no tienen derecho a decidir sus vidas porque no son “pueblos originarios”. No parece importarles el detalle de que nosotros tampoco, que nosotros también llegamos y ocupamos, y que esa plataforma continental que integra las islas a la Argentina es parte de un territorio cuyos “pueblos originarios” –de algún sitio– fueron diezmados y desposeídos por los ejércitos de ocupación argentinos mucho después de que los ingleses poblaran las islas.

La debilidad de los derechos argentinos no da, por supuesto, ningún derecho a los ingleses: ocuparon esas islas por la fuerza como ocuparon tanto mundo en esa época, como los españoles y paraguayos de Garay ocuparon el río de la Plata, como los argentinos de Roca ocuparon las pampas y la Patagonia, como los mapuches las habían ocupado antes que ellos. Es difícil enarbolar legitimidades históricas cuando cada historia empieza con una ocupación: ¿por qué una sería más legítima que otra? Habría que ver, si acaso, en el estado actual de cada proceso, cuál es la solución más justa no para las patrias, esos inventos siniestros, sino para las personas.

Pero, más allá de legitimidades debiluchas y otras chicanas leguleyas, lo que hace que el reclamo argentino sobre las Malvinas me parezca insostenible es que lo repite un país que tiene, al mismo tiempo, tanto territorio nacional abandonado: a grupos económicos tan extranjeros como los que ocupan las Malvinas o a la miseria de sus ¿ciudadanos? El conurbano bonaerense es argentino –y mientras siga habiendo desnutrición en sus familias cualquier dinero gastado en “recuperar” las islas es grosero, cualquier discurso patriótico es obsceno. Y toda la cordillera explotada por mineras multinacionales que dejan chirolas a cambio de los metales que se llevan son la prueba de que el nacionalismo de los gobiernos argentinos –y de este gobierno argentino– es otro homenaje al carnaval.

(Yo no creo en ningún nacionalismo –pero nunca dije que creyera. No creo que una gran minera argentina sea mejor para la mayoría de los argentinos que una gran minera extranjera; no creo, en general, que un explotador argentino sea mejor que un explotador extranjero, pero ésa es la utilidad de los nacionalismos: diluir las diferencias que realmente importan en las puramente simbólicas, discursivas).

Malvineamos, estos últimos días, y eso hizo que se hablara menos de Famatina, de la entrega de recursos naturales por monedas, y de cómo sus promotores oficiales tuvieron que morder el freno. Decíamos: hacía mucho que en la Argentina no pasaba nada en contra de la voluntad del gobierno peronista. Las –muy menguadas– oposiciones juegan, en general, un papel defensivo: intentan responder a los temas que la presidenta pone en las primeras planas. Este gobierno peronista es, sobre todo, el dueño de las palabras: el que decide de qué se habla en la Argentina. Y no porque sea una dictadura, como gritan algunas vírgenes cansadas; lo consigue porque es la base de su política, porque inventa todo el tiempo cosas que contar, porque no tiene pudor en gastar millones del dinero público para difundirlas.

Voy a decir una obviedad: si algo sabe este gobierno peronista es definir la agenda, o sea: son capaces de imponer los temas de los que los demás vamos a hablar. Voy a decir otra: si algo no saben o no hacen sus diversos opositores es definir la agenda, o sea: no son capaces de imponer los temas de los que los demás vamos a hablar. Y voy a decir una tercera: el que define la agenda tiene una ventaja decisiva en la pelea política.

El tema Famatina llegó a la atención pública sin que los gobiernos provincial o nacional quisieran: habrían preferido, al respecto, la salud de los silencios. Eso lo hace particularmente interesante: porque muestra otra vez la fuerza que adquieren ciertos movimientos cuando pueden imponer un tema propio. Este era, todavía, defensivo: la reacción contra una medida del gobierno que muchos percibieron como dañina. Si esos movimientos –y los grupos de intelectuales que ahora se reúnen para discutir lo que hace el gobierno– pudieran elaborar sus propios temas y lanzarlos, mucho cambiaría en el panorama político argentino.

Se acabaría, para empezar, la ficción de que puede haber una oposición, la Oposición. Si su función deja de ser defensiva –ay no hagan esto, ay cómo hacen lo otro–, si empiezan a proponer temas, sus diferencias se harán más y más claras. Pero, sobre todo: el gobierno, en lugar de decir de qué se habla, tendría que empezar a contestar.

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El estilo “resultadista” de la Presidenta – Clarín

La semana pasada, luego de anunciar el aumento del 17,6% a los jubilados, la Presidenta trazó las líneas maestras de su ideario, el catecismo que inspira su accionar político y su concepción del poder. “Y si a alguno no le alcanza con la razón de la realidad, que es la de los resultados –dijo–, están también las razones de la legalidad y la legitimidad. Y esta Presidenta ha sido elegida por más del 54% de los argentinos (…). Los que piensen diferente, que tienen todo el derecho a hacerlo, los que creen que se deben hacer cosas diferentes desde la Presidencia, lo que tienen que hacer es participar en un partido político y si te votan hacés lo que a vos te parece …”.

Pocas veces Cristina Fernández había expuesto con tanta crudeza el costroso pragmatismo que envolvió la vida pública de su marido y su propia vida. La glorificación del resultado como razón primera y última de la realidad, el fin como justificación de los medios poco y nada tienen que ver con los principios que Néstor Kirchner prometió no dejar abandonados en los umbrales de la Casa Rosada. Los cronistas deportivos, habituados a mencionar a las cosas por su nombre, hubieran hablado de “resultadismo” , un neologismo singular, directo, cargado de desprecio. El otro argumento invocado en ese imperdible tramo del discurso, es el del 54% de los votos como fuente de toda legalidad y legitimidad “para hacer lo que te parece” durante los cuatro años de mandato. Y si a alguien no le gusta lo que ve o lo que escucha, que vaya a la fila y pida turno porque el pueblo se ha pronunciado ya mediante el sufragio y, por lo tanto, la opinión ciudadana permanecerá embargada hasta nuevo aviso. Pieza tocada, pieza movida.

Mediante un pase mágico, haciendo abuso del formalismo, la Presidenta se parapeta y justifica sus órdenes en la “legalidad y legitimidad” de origen, la que goza por ser una jefa de Estado surgida de elecciones libres. Sin embargo, los constitucionalistas sostienen –y ella, abogada, tendría que saberlo–, que, además de la legalidad y legitimidad emanadas del origen existen una legalidad y una legitimidad derivadas del ejercicio, una barrera institucional y moral establecida, precisamente, para que ni en sueños se le ocurra a un aventurero hacer “lo que le parezca” con la nación y con su gente. Ningún gobierno está facultado para hacer lo que le venga en gana. Le pese a quien le pese, el mandatario debe ajustarse a lo que la ley le indica y someterse al control de los otros poderes: rendir cuentas es una obligación republicana, aunque se convierta en pesadilla para los talantes autoritarios.

Las dos cuestiones, el pragmatismo y la canilla libre para disponer de la decisión durante cuatro años, sobrepasan con largueza lo que Guillermo O’Donnell llamó las “democracias delegativas”. O’Donnell, decía, casi anticipándose, que la idea misma de la “delegación” supone el derecho a “administrar las medicinas que restaurarán la salud de la nación” en períodos convulsos. La discrecionalidad, en ese esquema delegativo, se explica. El que está al frente cree ser el único que sabe cómo hacer las cosas: “el presidente y sus asesores son el alfa y el omega de la política”. En etapas de crisis, afirmaba el politólogo, las democracias delegativas son propicias para el desarrollo del combo omnipotencia-impotencia. Omnipotencia para promulgar paquetes de políticas impopulares e impotencia frente a sus efectos adversos, que a su vez desatan una catarata de medidas paliativas. Es frecuente, señalaba O’Donnell, que el desenvolvimiento de la crisis lleve a una profundización de las tendencias antiinstitucionales, características de las democracias delegativas.

La Presidenta sufre una peligrosa inclinación a internarse en ese laberinto donde la vanidad y la arrogancia juegan un rol superlativo. Sus hombres de confianza, lejos de ayudarla, la hunden en el embrollo, acentúan con su obsecuencia los rasgos monárquicos de un estilo de conducción. Cuenta el columnista Carlos Pagni que Carlos Zannini acostumbra advertir a sus interlocutores que “a la Presidenta no se le habla, se la escucha”. Gabriel Mariotto tampoco tiene escrúpulos a la hora de reconocer que “nosotros (los peronistas) no somos librepensadores”. Los funcionarios, en su imaginario, “ reciben instrucciones y se esmeran en cumplirlas . La verticalidad es parte de nuestro movimiento (…) Yo recibo instrucciones, no las doy”.

De esa materia, hija de la sumisión, está hecho el universo presidencial, un mundo en el que la opinión de los demás no cuenta porque no se han ganado con mayorías electorales el derecho a tenerla. Se trata de una visión degradada del otro , que arranca en lo político y con facilidad se traslada a lo simplemente humano. Una enfermedad contagiosa que ha prendido fuerte en las filas gubernamentales y ataca por igual a ministros, escribidores y publicistas. Se manifiesta en las alusiones de Aníbal Fernández al peso de Elisa Carrió, o al desorden de “los patitos”; en las despiadadas descripciones que un veterano periodista hace sobre los estragos que la vejez y el dolor han causado en una Madre de Plaza de Mayo que no cuenta con sus simpatías; en la grotesca representación de la enfermedad que mostró “El Pacto”, un fracaso serial de la cultura “militante”; en el desdichado comentario que la panelista de un programa del oficialismo hizo acerca de los efectos que tienen sobre el pensamiento de un prestigioso analista político los productos “con que oscurece su estética”. Si en lo político la descalificación irrita, llevada a lo personal, da náuseas. Por fortuna, “me ne frego” –la frase desafiante que los “arditi” estampaban en sus banderas– no es una respuesta que uno esté condenado a recibir de aquí a la eternidad.