La ideología, presente en el código genético – 27.05.2012 – lanacion.com  

Expertos y politólogos consideran que hasta el 50% de los factores que inciden en nuestras ideas políticas se vinculan con el ADN

Por Hernán Iglesias Illa  | Para LA NACION

 

 ¿ El peronismo en la sangre? Para los psicólogos, la genética predispone a adoptar determinadas ideas. Foto: Archivo 

NUEVA YORK.- Todos estamos convencidos de que nuestras ideas políticas son correctas y que nuestra opinión sobre el Gobierno es la más acertada. Si nos preguntan, tenemos razones para fundamentarlas. Decimos, por ejemplo, que los recientes límites a las importaciones son inmorales -porque provocan escasez de productos de primera necesidad- y torpes, porque no sirven para arreglar ningún problema macroeconómico. Pero también decimos, si nuestra opinión del Gobierno es favorable, que las restricciones son necesarias para cuidar el empleo de los argentinos y que su impacto ha sido exagerado por los medios opositores.

¿De dónde vienen estas certezas? ¿Por qué una persona puede opinar una cosa, y otra, con la misma información, lo opuesto? A todos nos gusta creer que nuestra ideología es una decisión racional, una conclusión a la que llegamos cuidadosamente después de haber observado los datos de la realidad: pensamos así porque “tenemos razón”. Los politólogos, en cambio, siempre han sabido que nuestras convicciones políticas estaban influidas por nuestro entorno: la familia y la clase social a las que pertenecemos, las experiencias que acumulamos y los estímulos que recibimos.

Más recientemente, sin embargo, una nueva generación de psicólogos y politólogos, especialmente en Estados Unidos, han empezado a preguntarse si no hay algo más profundo en nuestras opiniones políticas. Y la controvertida respuesta que han obtenido en sus estudios es que sí: que una parte importante de nuestras opiniones políticas -el consenso oscila entre el 33 y el 50%- está influida por intuiciones muy arraigadas en nuestra psicología. No sólo eso: una parte de estas intuiciones, según decenas de estudios, provienen no de nuestro entorno, sino que lo traemos de fábrica, en nuestro código genético.

Esto no quiere decir que la simpatía por el peronismo o la pasión por el antiperonismo están escritas en el ADN, pero sí que tenemos actitudes que, combinadas con el entorno, pueden expresarse de una manera u otra. “La expresión genética no causa comportamientos, sino que predispone. Contiene información sobre potencialidades -dice el psicólogo argentino Ezequiel Galarce, investigador del Instituto de Salud Pública de la Universidad de Harvard-. El desarrollo de estas potencialidades depende de otros factores, como el contexto, la cultura, el lenguaje y las conductas aprendidas.”

John Jost es un psicólogo de la Universidad de Nueva York que se ha convertido en una especie de símbolo de los estudios sobre las diferencias psicológicas entre las personas de espíritu conservador y las de espíritu liberal o progresista. En sus estudios, en lugar de preguntarles a los participantes si están a favor del aborto o en contra de la pena de muerte, les pregunta por sus hobbies o sus hábitos culturales y sexuales. “Como regla general -escribió Jost en uno de sus artículos científicos- los progresistas son más abiertos a la experimentación y a la diversidad, mientras que los conservadores buscan vidas más convencionales o mejor organizadas.”

Un piyama a la derecha

En los años 70, los socialistas italianos decían en broma que dormir desnudo era de izquierda y dormir en piyama era de derecha. Ahora quizá puedan decirlo más en serio: los nuevos estudios muestran que nuestras ideas políticas emergen de un pantano de actitudes y predisposiciones mucho más amplio y profundo y difícil de definir. En las sociedades bipartidistas, dice Jost, los grupos de votantes no sólo están divididos por la clase social o el nivel educativo, sino también por temperamento.

En la Universidad de Cornell, un psicólogo llamado David Pizarro lleva varios años mostrando fotos desagradables y anotando la respuesta de sus voluntarios. Su hipótesis, corroborada recientemente por un estudio de miles de casos en 121 países, era que las personas más asqueadas por estas imágenes tendían a ser conservadoras. Las que reportaban niveles de asco más bajos tendían a ser liberales o progresistas. Esta señal de disgusto, ha escrito Pizarro, es especialmente ajustada para detectar opiniones morales sobre cuestiones sociales (como el aborto o el matrimonio homosexual), pero no tan buena para predecir opiniones sobre política económica o política exterior.

Jonathan Haidt es un psicólogo muy conocido en Estados Unidos que este año publicó un libro llamado The Righteous Mind (La mente virtuosa), que levantó polémica por su tesis principal. Según Haidt, nuestras intuiciones morales están asociadas con seis “receptores” fundamentales -lealtad, justicia, autoridad, santidad, cuidado y libertad-, y el Partido Republicano ha hecho en estos años un trabajo mucho mejor que el Partido Demócrata a la hora de activar estos receptores. Los demócratas son buenos apelando a la justicia, la libertad y el cuidado, dice Haidt, pero se olvidan de los otros tres. En cambio, los republicanos -quizá como los peronistas, que logran hacer convivir la justicia social con la autoridad, la lealtad y lo sagrado- tienen un menú más amplio de mensajes intuitivos.

En cualquier caso, ¿de dónde vienen estas intuiciones? Un psicoanalista tradicional diría que los primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo de nuestras preferencias posteriores. Pero Haidt y los otros “psicólogos evolutivos” creen que algunas de estas actitudes están con nosotros desde hace cientos de miles de años, adaptándose con cada generación. Los nuevos investigadores del lazo entre política, psicología y genética quieren agregarle a este cóctel un nuevo ingrediente: el ADN. En 2009, un politólogo de la Universidad de California llamado James Fowler analizó la participación política de 1082 parejas de gemelos y mellizos, y comprobó que la intensidad y la dirección política de los hermanos gemelos (que comparten el 100% de su ADN) era mucho más parecida entre sí que la de los hermanos mellizos, que sólo comparten la mitad de su ADN. “Muchas de las actividades relacionadas con la política son heredadas -dijo Fowler-. El entorno sigue teniendo una influencia importantísima, pero sin los genes, te estás perdiendo la mitad de la historia.”

La moral y el relato

Cuando dice “la mitad”, Fowler quiere decir exactamente eso: que hasta el 50% de la sopa de factores de donde bebemos nuestras ideas sobre moral y política tienen un origen genético. A pesar de lo controvertido de estas ideas, algunos de sus corolarios parecen, aplicados a la vida cotidiana, casi de sentido común. En los últimos años, muchas mesas familiares argentinas se vieron arruinadas por ardientes discusiones políticas: ¿por qué discuten tanto -por ejemplo- estos dos cuñados, uno kirchnerista rabioso y el otro antikirchnerista cabezadura, si son tan parecidos en todo lo demás y fueron educados en establecimientos equivalentes? Ambos presumen de tener la lógica y la racionalidad de su lado. Y, sin embargo, no logran ponerse de acuerdo en nada. ¿Por qué? Haidt dice que mientras aparentamos discutir de política, estamos sacando a pasear nuestras intuiciones y nuestros rasgos de personalidad más básicos. “En política, una vez que alguien se une a un equipo, empieza a ver todo desde esa matriz moral -escribe Haidt-. Empieza a ver en todos lados confirmaciones de su relato.”

El problema con este enfoque es la tentación del relativismo: si nadie convence a nadie, y nadie puede cambiar de opinión (porque la traemos desde la cuna), entonces, ¿para qué debatir? ¿Cómo elegir un proyecto de ley sobre otro? La respuesta de los científicos es que todavía sabemos muy poco de cómo funcionan estas influencias. “Hasta hace no mucho, el foco de la investigación estaba puesto en qué genes tenían correspondencias con determinados resultados”, dice Galarce, que estudió psicología en la Universidad de Belgrano y tiene un doctorado en Neurociencias de la Universidad Johns Hopkins. “Ahora estamos tratando de ver en qué condiciones tienden a aparecer con más o menos fuerza”, dice. Un ejemplo de esto es que la altura de una persona está heredada en un 80% de la altura de sus padres. Aun así, los surcoreanos son casi 15 centímetros más altos que los norcoreanos, con quienes comparten genes pero no las condiciones socioeconómicas. El entorno, entonces, puede hacer cualquier cosa (o casi cualquier cosa) con nuestros genes. Mientras tanto, seguiremos peleándonos con nuestros cuñados, creyendo que hablamos de política cuando en realidad estamos hablando de otra cosa. Probablemente de nosotros mismos.

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‘La lechuza y el caracol’: un contrarrelato político – Perfil.com

El filósofo Tomás Abraham acaba de presentar en la Feria del Libro su último trabajo, “La lechuza y el caracol”, una serie de reflexiones lúcidas y valientes que buscan “desrelatar” o “contraopinar” para iluminar un presente en el que se cree mucho pero se piensa poco. Aquí, el texto que este intelectual rigurosamente independiente leyó en la presentación.

Por Tomás Abraham

'La lechuza y el caracol': un contrarrelato político

Sólo. Lejos de las multitudes en el golpe del ‘66, en el inicio del Proceso, en los festejos por el Mundial en 1978 o por la recuperación de las Malvinas: haber sido minoría en la historia argentina no deja de ser un certificado de buena conducta intelectual.

Añoro a los amigos escépticos, a los desencantados del mundo, a los que no creen en nada y piensan en todo, a quienes soportan el peso de la decepción sin dejar de ser entusiastas y hacedores, a los hiperactivos pesimistas que no necesitan un credo para un buen despertar, a los que no acomodan sus palabras, a los más creativos y poco funcionales, los que no renunciaron al humor y ríen de sí mismos para pensar mejor. Para esos sobrevivientes no hay “causa” ni “modelo”, ni chicana, ni zonceras, ni cargada, ni piolada, ni pogo.

Exaltados y aburridos.
Vivimos tiempos de exaltación continua que me produce aburrimiento a pesar de la agitación que no deja de destilar un vapor monótono e inerte. Es bueno cambiar de tema una vez que el contenido está saturado. Este libro es un deseo de cambiar de tema. Un estudioso vocacional necesita sorpresas. Si no se cambia de tema por temor a perder audiencia por una supuesta adicción colectiva a un  mismo entretenimiento –mal consejo el que tiene por meta el deseo de perdurar–, al menos cambiar de ritmo y de distancia. Un poco más lejos y con menos frecuencia. 

Estos también son tiempos en los que ya se sabe lo que se va a decir. Hay una distribución fija de los discursos, y los esgrimistas verbales repiten sus posiciones en busca de su touché para luego retirarse satisfechos.

Los columnistas de los medios están encadenados a una sola línea editorial. Hay emisoras y diarios que se especializan en dar buenas noticias, frente a otros que sólo las dan malas. Unos publican estadísticas favorables al Gobierno; otros, perjudiciales. El convidado de piedra llamado ciudadano debe trabajar para cotejar informaciones, siempre tuvo que hacerlo. Antes tenía la comodidad de poder apreciar en un solo medio varias posiciones, ahora debe comparar varios. Es un poco más caro. De todos modos, poner en tensión argumentos para un mejor análisis de la realidad es la labor de una minoría, la mayoría busca certificar lo que cree y quiere. 

Hemos perdido lamentablemente dos figuras retóricas enriquecedoras de la producción discursiva: el dilema y el matiz. Los asuntos humanos referidos a la política, a la ética e incluso a la existencia son dilemáticos. No se resuelven, se deciden. Se degrada la dilemática, por ser la disciplina de la arbitrariedad, en nombre de la necesidad. Pero su paradigma epistemológico no se rige por el de las ciencias, los dilemas no se verifican ni se demuestran, tienen que ver con el riesgo y con la responsabilidad.

Una vez  planteado un dilema, no se busca la solución sino la salida. Pero ésta requiere un profundo trabajo intelectual para que la salida sea algo más que una fuga.

Es muy importante el matiz, como lo es también el alto contraste, la fotografía es buena compañera de la filosofía. El pensamiento contrastado es un arma contra la cobardía, contra la ambigüedad y el siempre quedar bien, que es propio del progresismo en todas sus vertientes: republicanas y populistas. El matiz es un buen remedio contra la estupidez, un antídoto contra el fanatismo que imponen las castas sacerdotales y los comisarios culturales.

Minorías y disidencias. No hay que asustarse por ser minoría o practicar la disidencia. La palabra “compromiso” o la palabra “resistencia” no son un salvoconducto moral para seguidores de mayorías electorales o vanguardias iluminadoras.
Haber sido minoría en la historia argentina no deja de ser un certificado de buena conducta intelectual, en el sentido parresiástico del término, el de la franqueza en el decir ante un poder hegemónico.

Minoría en el ’66 cuando el consenso a favor del golpe de la autodenominada Revolución Argentina era mayoritario. Minoritario en los setenta por descreer que el montonerismo y el camporismo lejos estaban de la dulce melodía de una Sierra Maestra poblada por los nuevos Robin Hood del Caribe. Minoritario en el ’76 ante el clamor masivo que apoyaba  el orden militar y la pacificación de una sociedad en la que se secuestraba y mataba diariamente. Minoritario en el ’78, en el que el hecho de ser apasionado futbolero no invitaba a festejar nada. Minoritario en el ’82 frente a una sociedad entusiasta por la recuperación soberana organizada por un jerarca militar. Minoritario en la inauguración de la democracia ante la multitud de democaretas embozados y dulcificados de  repente junto a académicos  que poblaban instituciones en nombre de una racionalidad de claustro y una modernidad ilustrada. Minoritario en los noventa ante un progresismo que no atinaba a pensar las causas de la derrota política apenas recuperada la democracia. Minoritario ante la fiesta consumista y su relato basado en el triunfalismo empresarial y el pragmatismo beato. Minoritario en 2001 ante el golpe popular que mostraba que la democracia del ’84 era poco merecida. Minoritario en 2004, cuando la política de los derechos humanos se sostenía en el relato autocelebratorio y la manipulación de la memoria.

Minoritario hoy. ¿Cuáles son las consecuencias del espíritu de disidencia y del devenir minoritario de la tarea intelectual? 

No vivimos tiempos de polémica, vivimos tiempos de intimidación. Nada se debate. Se difama. Este tipo de buchonería nada tiene que ver con las famosas polémicas del pasado. Cuando Sarmiento y Alberdi discutían a los gritos e insultos, cuando lo hicieron hábiles polemistas en el fragor de batallas culturales, tenían la humildad de llevar a cabo un trabajo intelectual. No debate cualquiera. Se necesitan argumentos, fina observación, buena escritura, un manejo del arte panfletario, ir más allá del narcisismo herido, del resentimiento y de la envidia. Se necesita trabajar. Hoy la difamación es gratis a la vez que bien paga, basta mostrar trapos sucios de quien no nos conviene, esconder las manchas de quien nos sirve y a quien servimos, escupir afiches y denigrar a Strassera.

Tampoco sirven el maniqueísmo o la extorsión sobre temas puntuales. Estar o no de acuerdo con medidas del Gobierno sólo sirve para la mezquindad de una ideología de trincheras. La Asignación Universal por Hijo puede ser una medida necesaria por una situación social de gran pobreza, pero no hace a quien así lo estima adepto de la Coalición Cívica cuando pedía su implementación durante años ante la indiferencia del Gobierno ni nos obliga a adherir a Proyecto Sur cuando luchaba por su legislación, ni ahora a ser miembro del kirchnerismo, que se apodera de la medida como si fuera cautiva de su corralito político.

Crítica y poder. Creo que criticar al poder de turno es fácil. Más difícil es hacer un análisis crítico de la sociedad. El poder es una secreción de la sociedad que lo destila por sus poros. Por el contrario, es más interesante la acción de los gobiernos que las críticas de las oposiciones porque el poder político debe decidir y pagar costos por sus decisiones mientras, por lo general, las ofertas de las oposiciones son prometedoras por ser ideales.

Por eso no me interesa la vocación antikirchnerista de quienes llevan a cabo una misión redentora en nombre de valores cuya solvencia parecen fijados en una subasta y de medidas económicas que se sabe que expulsan nuevamente familias completas a la calle.

Las  garantías que protegen a los ciudadanos críticos del poder y el hecho de que no haya delitos de opinión o presos políticos no hay que agradecérselo a nadie, no hay dueños de casa en materia de democracia.  Estas garantías existen porque estos veintiocho años no han sido totalmente en vano y no por gracia ni por las virtudes de los tiempos presentes. Ya los clásicos advertían que quien ejerce el poder debe practicar la humanitas, la pietas, la humilitas, para no ser esclavo de la propia soberbia, que no sólo lleva al desastre al Uno o a la Una que impera.

No tememos los golpes militares pero si ya no vivimos esa amenaza no es gracias a los juicios a criminales de Estado hace tiempo retirados de la acción ni por haber descolgado un cuadro, sino por la derrota del poder de fuego activo en diciembre de 1990 por el que un último militar tenebroso en nombre del antiimperialismo y jurando por la bandera nacional y popular levantó a su tropa en momentos de la llegada de George Bush. Lo derrotó un innombrable convertido por necesidades del relato oficial en un enemigo a  conveniencia.

Parece que el llamado relato no ha integrado este capítulo de nuestra historia como tantos otros por temor a que incomode la confección de los nuevos mitos.

No comparo la situación de nuestro país con otros que  nos presentaron como ejemplares. Nuestra sociedad no es la peor de todas. El espíritu disidente es localista. Quien no tiene bronca contra su propio terruño tampoco lo ama. Los profetas internacionales, por el contrario, tienen la tarea fácil. Las agencias de turismo académico les pagan para hablar de biopolítica y llenan una sala.

No sólo el espejismo de países modelo se ha quebrado en lugares como Irlanda, Islandia, la seductora España o la olímpica Grecia. Las crisis se suman como la del tequila, la del arroz, la del vodka, la puntocom, la inmobiliaria, la financiera, etc. No hay sociedad a salvo de la complejidad y la inestabilidad de los sistemas. Por eso tampoco deberíamos comprar nuestros espejitos de colores azules y blancos en un país de deserción escolar endémica, paco, marginalidad estructural, falta de viviendas, miles de cartoneros, festejada corrupción, déficit energético y dependencia de la producción primaria y del interés comercial de unos pocos clientes que si dejaran algún día de pasarnos sus órdenes de compra nos someterían a una grave crisis económica y social.

La intervención de un intelectual en un grupo al que adhiere debe ser tangencial, para usar un término esclarecedor del ensayista e historiador Tony Judt. No tiene sentido que se convierta en un propagandista y oculte sus críticas en el vestuario de una secta para no favorecer a un supuesto enemigo. El debate debe ser a puertas abiertas.

Mi adhesión inorgánica al socialismo fue un ensayo fallido a la vez que fructífero. Confié y confío en la integridad de su conducción, considero necesaria su visión de la política como servicio al bien común, pero creo que el debate en sus filas políticas está limitado por prejuicios de larga data.

Para tener ideas hay que confrontar, y no hay límites temáticos para iniciar la discusión ni para decidir con quién llevarla a cabo. No hay que tener miedo de dividir sino de no pensar. El resultado de mi intervención no fue del todo auspicioso por la resistencia encontrada cuando se tocaban  intereses de aparato, pero tiene un fruto apreciado por la amistad que continúa y la confianza que se otorga al saber que se expresan puntos de vista sin acomodar ni las ideas ni las palabras.
Al no haber un pensamiento arriesgado se conservan los principios pero se carece de ideas, al ocultar y silenciar las falencias se contribuye a la idolatría y se censura la crítica.

Nuestro país ha visto desmoronarse su sistema político. No tenemos sistema alguno, ni republicano ni nada. A la crisis de la representatividad generalizada en el mundo le agregamos que en nuestro caso es crónica y sin mediadores alternativos. Nos gusta la verticalidad y una vez que un cimbronazo descabeza la cúspide se desmorona todo el andamiaje. Es lo que sucede hoy, rogamos por la continuidad de un poder para que la indeseada orfandad no nos obligue a vernos las caras, que no serán sonrientes.

El resultado es que ningún sistema de autoridad ha quedado en pie. En realidad, no es que se fueron  todos, sino que nunca vino nadie. No diferenciamos autoridad de poder. No creemos en ninguna autoridad y veneramos el poder. Lo adoramos. Al no creer en nada ni nadie, estamos dispuestos a venerar cualquier mito. Un mártir, un hereje, y a cobrar. Una autoridad se legitima por el ejercicio de su función, su ocupante es reemplazable porque vale por el lugar que instituye y por el valor que transmite. Un poder domina, se basa en dinero y armas, sin ellos se derrumba.

Recuerdo cuando un jefe de Gabinete decía que los medios eran responsables de crear la sensación de inseguridad al multiplicar miles de veces por las pantallas un mismo crimen puntual. Hoy muchos tratan de crear la sensación de felicidad con la misma operación mediática. El país de fiesta, la fiesta de algunos en la pantalla de todos. De no participar de la misma, habrá que buscar otro tipo de felicidad, después de todo, la única felicidad compartida inventada por el ser humano no sólo ha sido la felicidad mediática.

Propuse en este libro pensar en todos estos temas, sin necesidad de creer, y con el deseo de pensar y escribir. No me hacen falta sueños, los sueños nos tienen y se apoderan de nosotros mientras dormimos, los deseos se tienen, nos hacen despertar con ganas.

Es buena la mañana cuando la lechuza duerme y el caracol descansa.

*Filósofo.