Tiempo de soldados – Perfil.com

Las últimas semanas mostraron, otra vez, un incremento en la polarización de los comportamientos políticos. La polarización, de distintos modos, está inscripta en los cacerolazos, en las cartas de renuncia de Reposo, en las situaciones de violencia de las que fueron víctimas periodistas y políticos oficialistas y opositores. Este modo de componer la escena política se volvió normal, parte de nuestro paisaje. La polarización como modo predominante de la escena pública empobrece el debate, reduce la rendición de cuentas y favorece a los poderosos.

El modo en que se desarrolla la polarización es muy autóctono: no es un antagonismo ideológico entre izquierda y derecha, entre posiciones pro-asalariados versus pro-negocios (como las oposiciones ideológicas europeas típicas del siglo XX), o entre posiciones conservadoras en lo cultural y social versus posiciones liberales o de avanzada. Se trata de un antagonismo alrededor de la adhesión o el rechazo al Gobierno nacional.

Para quienes adhieren, posiblemente eso involucre una serie de valores relacionados con derechos humanos, redistribución de la riqueza, desconcentración de los medios de comunicación. Lo curioso es que, estrictamente en relación con esos valores, posiblemente encuentren entre quienes rechazan frontalmente al Gobierno, incluso, muchos de los que golpean la cacerola, mucho más consenso del que supondrían. Por supuesto, también encontrarán a Cecilia Pando, sintiéndose mucho más cómodos los oficialistas –al confirmar sus ideas– que la mayor parte de los impugnadores del Gobierno al constatar su presencia.

Con frecuencia, cuando el Gobierno nacional muestra no ser consistente con los valores proclamados, especialmente cuando se trata de casos de corrupción o en los que se favorece a grupos de poder económico o mediático, los adherentes más radicalizados siempre encuentran justificaciones, evidenciando así que la adhesión al Gobierno es más importante que la adhesión a valores.

Simultáneamente, quienes se identifican con el rechazo en bloque al Gobierno suelen complicarse al analizar políticas públicas y decisiones puntualmente, despojados del reflejo de rechazar por el mero hecho de que su autor es el Gobierno nacional.

Son los tiempos de soldados que vivimos, al menos, desde 2008. Fue entonces cuando la Presidenta decidió que quienes se oponían a un impuesto, en realidad, eran enemigos de una política de derechos humanos. Fue entonces que desde el Gobierno se creyó imprescindible constituir campos antagónicos. Y fue entonces cuando políticos opositores y medios creyeron que era conveniente aceptar esa lógica y ser los enemigos a los que se interpelaba. Mucho de esto venía de antes, por ejemplo, en el modo en que se justificó la manipulación del Indec. Pero fue entonces esta modalidad que pasó a dominar la escena.

Así, se espera de cada actor lo que ya se sabe que va a hacer. La expectativa de propios y ajenos es una contraseña de combate, una descalificación del enemigo, no una pregunta, un matiz, una duda. Sin embargo, la duda, la pregunta, el matiz ante lo dado, es lo que más nos conviene a los ciudadanos comunes. Un sano y consistente escepticismo, una desconfianza activa es la única protección contra la manipulación que podemos levantar los que, dentro del 54% o del 46%, en el cacerolazo o en contra de él, somos tentados por medios y políticos a tomar partido en términos del antagonismo.

Los sectores de poder más involucrados en la polarización son los que más se benefician con la credulidad que ésta supone. El antagonismo nos pide creer y bloquea la rendición de cuentas. Corrupción, manipulación de la información pública, publicidad oficial, concentración de medios, dejan de ser objeto de preguntas legítimas para inscribirse en el juego de “si levantás el tema X, le hacés el juego a Y”. En este contexto, los que toman partido suelen creer que es el momento de decidir “de qué lado estás”, y que las futuras generaciones nos preguntarán “qué hiciste en la guerra”.

Para un ciudadano escéptico y activo, sólo excepcionalmente hay que elegir bandos, y sólo con relación a valores fundamentales. A la hora de evaluar cuestiones públicas, buscará más datos, y menos relatos, más preguntas, y menos banderas. Si el de hoy es tiempo de soldados, por el bien de la democracia, seamos desertores.

* Profesor de la Universidad de Palermo, ex director ejecutivo de Poder Ciudadano.

Atravesados por el odio – Perfil.com

El encumbramiento y el posterior derrumbe de Moyano como esperanza articuladora de una nueva oposición, profesada por personas que dado el lugar que ocupan en la sociedad deberían sentir rechazo insalvable por Moyano, fueron una manifestación más de cuánto el odio puede nublar la razón. Otro ejemplo comparable se dio en las últimas elecciones cuando sectores de alto nivel de ingresos y educación, que en un pasado cercano no hubieran dudado de calificarse a sí mismos como progresistas, votaron por Duhalde, y algunos hasta creyeron que tenía alguna posibilidad. Se podría justificar diciendo que no se trata de un fenómeno tan novedoso porque ya en los 90 muchos vieron a Menem rubio, pero la diferencia es que en aquellos años no era el odio el motor de esas preferencias.

¿Qué les hace a algunos creer recurrentemente que ya se acaba el kirchnerismo o que ya comenzó su fin en forma inminente? ¿Por qué les resulta especialmente verosímil la mayoría de los pronósticos negativos sobre el kirchnerismo? Ya sea que un juez avanzó con la investigación sobre Ciccone y entonces pronto el vicepresidente iría preso. Que por YPF España y Europa nos dejarían fuera del comercio mundial. Y que Estados Unidos nos echaría del G20. Que por las trabas de Moreno, Brasil daría por concluido el Mercosur. Que por lo mismo China no nos compraría más soja o sus derivados. O que el enfrentamiento de Moyano sería peor para el Gobierno que la crisis con el campo por la 125. Y la lista podría seguir.

Pensamiento ilusorio.
Para el director de la carrera de Ciencias Políticas de la UBA, Luis Tonelli, parte de la sobrevaloración de Moyano en la que algunos cayeron obedeció a la “inducción retrospectiva”, que en una columna de la revista Debate describió así: “Los actores se imaginan cómo será el último movimiento del juego político que tiene lugar y, deducido su resultado, se lo traslada del futuro al presente, haciéndolo valer hoy. O sea, adelantar todos los tiempos y comenzar a plantear, a operar y a rosquear la cuestión de la sucesión a sólo ocho meses de transcurrida la segunda presidencia de Cristina Fernández y cuando falta tanto, tanto, tiempo”. La inducción retrospectiva en ajedrez se llama análisis retrógrado, y en macroeconomía se la utiliza para anticipar cuál sería un precio de equilibrio en una eventual lucha de precios.

Pero cuando quienes hacen los cálculos están atravesados por el odio, todo es diferente por el efecto emocional que a la hora de hacer proyecciones tienen los deseos. Es lo que se conoce como wishful thinking o pensamiento ilusorio, en el que el procedimiento de deducción está inconscientemente afectado por los sentimientos, lo que termina orientando la conclusión hacia lo que sería más placentero en lugar de lo que sería más probable.

Los deseos de que al kirchnerismo le vaya mal guían esos pensamientos, además del mal uso que puedan realizar de la inducción retrospectiva. La paradoja es que esos deseos más tarde o más temprano serán satisfechos porque –desgraciadamente para todos– el modelo económico tiene problemas estructurales y, aunque no esté al borde del colapso, tampoco se podría negar que ya comenzó un proceso de contracción del consumo. Pero tanto advertir sobre tormentas perfectas que luego son superadas con alguna facilidad hará que cuando verdaderamente el aviso sea correcto, como en la fábula del pastor y el lobo, pocos lo crean.

El jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, en su informe de gestión de gobierno de esta semana ante la Cámara de Diputados se quejó sobre cómo la oposición y los medios que no simpatizan con el kirchnerismo pintan la situación económica de la Argentina exhibiéndola como si fuera peor que la de España u otros países europeos en crisis.

Tiene razón el jefe de Gabinete sobre que la economía argentina no está peor que la de los países europeos en crisis, pero la evaluación que los habitantes de nuestro país harán cuando les toque votar el año próximo no será comparándose con la situación de los españoles o los griegos, sino con la de los propios argentinos cuando votaron la vez anterior. Y no hace falta más que mirar el último índice de variación del producto bruto del Indec –con un crecimiento de sólo el 0,6% contra el de los mismos meses del año anterior, que rondaba el 9%– para ver que enfrentamos una brusca desaceleración de la economía que traerá consecuencias negativas en el empleo, el consumo y la recaudación del Estado en los próximos meses, además de las que ya está trayendo.

Dios es kirchnerista.
En compensación, el aumento de casi el 50% del precio de la soja desde diciembre, llegando a alrededor de los 600 dólares, un precio similar al de cuando se desató la polémica por la 125, es una gran noticia para el país, tanto por el beneficio para la economía de este año como por los incentivos que genera sobre la cosecha siguiente. Desde el 10 de diciembre, cuando asumió Cristina Kirchner y la soja costaba casi 400 dólares, hasta los casi 600 dólares actuales, se agregaron directa o indirectamente siete mil millones de dólares a las exportaciones de 2012 (y de ese total, cinco mil millones representó el aumento que se produjo sólo en el último mes).

Como la última cosecha fue casi el 20% menor en toneladas, si la próxima volviera a los casi 50 millones de toneladas los beneficios para las exportaciones podrían alcanzar 14 mil millones de dólares. Por mayor oferta, el precio tendría que ser menor, pero también se prevé una mayor demanda de soja en China.

En este contexto, el kirchnerismo corre el mismo riesgo de hacer un uso inadecuado de la inducción retrospectiva (mirar hacia adelante razonando hacia atrás), y caer en el wishful thinking de la oposición, si creyera que porque siempre le vaticinaron catástrofes que nunca llegaron no le llegarán algún día; o que por haber salido airoso de las batallas de los últimos tres años, siempre será invencible. Lo habita el mismo odio que nubla la razón de sus opositores, y el día que cambien los equilibrios de poder cometerá tantos errores como quienes hoy lo enfrentan.

"El kirchnerismo alberga tensiones políticas y comunicacionales" – lanacion.com  

Las tensiones en el mundo de los medios, siempre al borde del ataque de nervios en los últimos años, han dividido las aguas entre los que apoyan las políticas del Gobierno y los que están en contra. Muchos dejaron de saludarse y los que no, rápidamente levantan la voz si se llegan a trenzar en alguna discusión política.

Martín Becerra es una de las pocas personas especializadas en estos temas (si no la única) que no ha perdido la calma cuando se refiere a ellos. Aunque es evidente que lo entusiasma todo el complejo y apasionante ámbito de las comunicaciones actuales, no ha perdido la amabilidad para exponer con lucidez, y siempre haciendo el infrecuente ejercicio de tratar de ubicarse en un lugar de deseada objetividad.

Becerra, que también ha incursionado en el periodismo, es doctor en ciencias de la información por la Universidad Autónoma de Barcelona, investigador independiente en el Conicet y profesor titular por concurso en la Universidad Nacional de Quilmes y en la UBA. La ley de medios, la guerra a muerte entre el Gobierno y el Grupo Clarín, los cruces fuertes entre periodistas militantes y profesionales son algunos de los asuntos que elevamos a un verdadero experto en esta materia, hoy tan explosiva tanto para unos como para otros.

-¿Cómo se ve desde el mundo académico la guerra declarada entre periodistas militantes y periodistas profesionales?

-En la mayoría de los profesores de las universidades públicas hay una posición de respaldo en general a lo que se llama periodismo militante porque la idea de la no objetividad históricamente ya estaba presente en ellos muchos años antes de que apareciera el conflicto con Clarín. Desde mi punto de vista no es una posición muy consistente en términos conceptuales. Rodolfo Walsh era una figura militante, desde luego, pero contra el Estado, no desde el Estado. Ahí hay una confusión incómoda para los que defienden el periodismo militante, que no es menor. En un marco de censura sostener una actitud militante es una cosa, pero ser militante desde el Estado, es otra.

-¿Por qué la obsesión tan marcada en poner como enemigo público N° 1 a la prensa y a los periodistas? ¿O es sólo parte de la vocación histriónica del peronismo que utiliza ese recurso pero no se lo cree del todo?

-El Gobierno, en sintonía con otros de América latina, aprovecha cierta debilidad histórica del sistema de medios, que se acentúa ahora ante la aparición de nuevas tecnologías. La coincidencia de la recuperación argentina post 2003, más un gobierno que asume de manera mucho más explícita la idea de superar la intermediación de los medios tradicionales se conjugan para que aparezca este conflicto con ellos a partir de 2003.

-Pero que se profundiza desde el conflicto con el campo en 2008. ¿Qué es lo que cambia a partir de ese momento?

-Se establece una nueva política de comunicación. A los periodistas les molesta que no haya una buena comunicación política, pero a las empresas periodísticas lo que les fastidia es esa nueva política de comunicación. No es lo mismo una cosa que otra.

-¿No deberían el Gobierno y Clarín explicar mejor qué es lo que ocurrió para que pasaran de una muy estrecha cordialidad a romper lanzas tan abruptamente?

-Coincido. Evidentemente hay algo del orden de los negocios que trataban en sus reuniones Néstor Kirchner y Héctor Magnetto que provocó la ruptura. Y tanto la investigación de Graciela Mochkofsky como el testimonio de Kirchner, entrevistado por Horacio Verbitsky, coinciden en que el tema fue Telecom. A mí me pareció una explicación insatisfactoria. ¿Por qué sí a la fusión de Multicanal y Cablevisión y no al ingreso a Telecom? Cuál era la prenda de intercambio y cuál el conflicto es algo que aún no fue suficientemente aclarado por ninguna de las dos partes.

-¿Pudo Cristina Kirchner tener una postura más intransigente que la de su marido?

-La propia Presidenta ha dicho que no veía con buenos ojos la presencia de Magnetto en la residencia de Olivos. Evidentemente esa negociación a ella no le habrá gustado mucho, pero esa alianza existió y no fue una fantasía de nadie. Néstor Kirchner también contó que Magnetto habría objetado la candidatura presidencial de Cristina Fernández.

-¿No hay una suerte de parodia o caracterización ligera, tipo comic, para explicarles la política a los más jóvenes, por ejemplo, Néstor Kirchner convertido en Nestornauta y hablar del “lado Magnetto de la vida”?

-Coincido en que hay una lectura completamente binaria. Pero es binaria de ambos lados. No sólo el relato del Gobierno, sino también el relato similar que construye Clarín y la oposición política, donde todo lo que viene del Gobierno es desde el vamos execrable. Para comprender la realidad esa reducción es empobrecedora ni sirve para explicar por qué si uno era tan bueno y el otro, tan malo, y me da igual quién era el bueno y quién, el malo, ¿cómo puede ser que estuvieran juntos durante cinco años sin darse cuenta? ¿Cómo puede ser que el Congreso el mismo mes en que votó la ley de servicios de comunicación audiovisual aprobó el decreto 527 por el cual Kirchner les dio diez años más de explotación a los mismos que supuestamente la ley de medios les está diciendo que tiene demasiadas licencias?

-¿Cuánto de lograda y de desilusión tiene la ley de medios hasta el momento?

-De lograda, muy poco. Si tomo el período octubre de 2009 a junio de 2012, diría que la propiedad está incluso más concentrada que entonces. La falta de funcionamiento de la Comisión Bicameral, la no designación del defensor del Público, la ausencia de la oposición que debería controlar al oficialismo en el Directorio de Afsca y de Radio y Televisión Argentina Sociedad del Estado merecen destacarse como déficits. La ausencia de transparencia en el accionariado de las empresas de medios; la operación en redes privadas que la ley prohíbe; el funcionamiento de los medios de gestión estatal, que tiende a ser gubernamental; la no aplicación del artículo que exige que los licenciatarios que reciben publicidad oficial informen sus montos y las campañas en que fueron empleados. Todos éstos son artículos que no se cumplen. Tampoco la cláusula que obliga a los operadores de TV por cable a ofrecer un servicio con “tarifa social” para la población de menores recursos. Los medios sin fines de lucro a los que la ley reserva nada menos que el 33% de las licencias, hasta ahora siguen siendo los convidados de piedra en el sistema de comunicación masiva de este país.

-¿Cómo evaluar lo que el Gobierno viene realizando en materia de televisión digital?

-Creo que el Gobierno avanzó en un plan ambicioso para desarrollar la televisión digital terrestre y gratuita. Y comenzó por distribuir decodificadores en los sectores de menores recursos, lo cual es loable. Pero lo hizo al margen de una exigencia elemental de la ley, que es que las nuevas señales se sometan a un concurso público. Hasta ahora nadie conoce otra obligación planteada en la ley: disponer de un plan técnico que brinde certidumbre acerca de cuántas licencias hay operativas y cuántas habrá con la digitalización de la televisión, y cuáles serán los topes para operadores no lucrativos en función de esa totalidad hoy desconocida por la sociedad. Ya hay cerca de veinte señales emitiendo en TDT.

-¿Y qué se puede decir de la TV abierta?

-Hoy tenemos 44 canales de TV analógicos, y sólo dos se sostienen con la torta publicitaria. ¿Quién paga la cuenta? El sistema de medios en la Argentina es muy precario económicamente.

-El 7 de diciembre cae la medida cautelar que trabó la desinversión en el Grupo Clarín, pero no es el único que debe hacerlo.

-El Gobierno interpretó que mientras esté vigente la cautelar de Clarín sería asimétrico pedirles a otros grupos más chicos, aunque concentrados y que incumplen la ley, que desinviertan. La Corte dice que esa cautelar cae el 7 de diciembre. Lo más probable es que haya nuevas demoras judiciales y administrativas. No solamente la ley no pone en juego la libertad de expresión sino que pretender la desconcentración la favorece.

-Siempre y cuando no se pruebe que esa ley fue hecha para jorobar al Grupo Clarín?

-Eso es difícil de probar judicialmente. Ahora también es verdad que todo sistema de medios tiende a la concentración. Pensar un sistema de medios completamente atomizado en cuanto a la propiedad es una utopía y muy probablemente es uno de los argumentos que tiene el Grupo Clarín, pero que no desarrolló bien, desde mi punto de vista. Un sistema atomizado sería funcional al gobierno de turno, pero eso es pensar en un extremo que avala su propio extremo: como un sistema atomizado sería funcional al gobierno debe prevalecer un sistema hiperconcentrado. Entre 2003 y 2007 Clarín fue funcional al Gobierno y era concentrado.

-¿Qué pasa con la venta de Daniel Hadad a Cristóbal López? ¿No era que la ley impide la venta directa?

-El Grupo Hadad ya superaba la cantidad de medios permitida por la ley. A veces me sorprende el nivel de precariedad legal y conceptual en la que actúan nuestras elites, en este caso de empresarios.

-Es bastante habitual la entrada y salida por la ventana de distintos grupos a los medios audiovisuales. Probablemente haya alguna luz verde que les permite seguir adelante.

-Debe haber existido ese visto bueno, lo cual me escandaliza más.

-Si el comprador del Grupo Hadad hubiese sido Clarín, seguramente la operación no habría caminado.

-Pienso lo mismo.

-¿Por qué empiezan a producirse cortocircuitos dentro de algunos medios pro Gobierno? ¿Empiezan a no ser suficientemente oficialistas porque la situación económica ya no es tan buena?

-Hay una lectura equivocada desde los medios críticos de la supuesta uniformidad que tiene el oficialismo tanto en los medios que le son proclives como en sus cuadros políticos. El peronismo es un ámbito en el que siempre existieron diferencias grandes y el kirchnerismo, en particular, alberga tensiones políticas y comunicacionales. El programa 6,7,8  , que es reluctante a la diferencia y al matiz de opiniones, representa un modelo muy distinto al de Visión 7 Internacional o a Con sentido público , siendo todos programas emitidos por Canal 7. Lo mismo puedo decir sobre Página 12, que cultiva una lógica poco afín a Tiempo Argentino. Tampoco CN23 es lo mismo que 360. Radio del Plata, Radio Nacional y Radio 10 son oficialistas, pero muy distintas entre sí. Creo que sucede lo mismo en el campo periodístico adverso al Gobierno.

-¿Ejemplos?

-Clarín y La Nacion no son tan parecidos y hay grandes diferencias entre los ciclos políticos de TN Desde el llano y Palabras +, Palabras – . Muchos análisis simplificadores nos invitan a renunciar al esfuerzo de detección y comprensión de esas diferencias. Y veo colegas que, cansados porque han sido injustamente maltratados por uno u otro lado, se rinden, abandonan ese esfuerzo para comprender lo que sucede y recolectan de la realidad sólo aquellas evidencias parciales que confirman sus prejuicios y descartan todo elemento que pueda relativizar su postura. Considero que lo más valioso que hoy podemos aportar es el ejercicio cotidiano de no reducir una realidad multicolor a un enfoque en blanco y negro. Los periodistas son en buena medida alimentadores de las visiones conspirativas al decir que el adversario está comprado, que es un vendido. Es evidente que Lanata y Víctor Hugo cobrarán muchísimo dinero, estén donde estén. La explicación, entonces, de que Víctor Hugo está con el Gobierno y Lanata, en contra, sólo por una cuestión económica me parece hiperpobre.

-La herencia para 2015 de Cristina Kirchner, ¿también se juega en los medios cercanos al Gobierno?

-Siempre ha sido así en el peronismo, incluso con Perón vivo. En la medida en que el líder tiene legitimidad presente y futura, todos son solidarios con quien conduce. Un 54 % de los votos cohesiona. Ahora, en la medida en que esa líder ya no va a poder ser reelegida, más allá de todas las especulaciones, las aguas se empiezan a mover.

-El kirchnerismo, ¿es causante o emergente del cuestionamiento a los medios? ¿No influye el cambio de paradigma tecnológico?

-Mi lectura es que el kirchnerismo ha administrado con bastante talento las coyunturas, aunque carece de estrategia a mediano y largo plazo. Sin ser especialmente diestro en el manejo de estos nuevos medios, el kirchnerismo interpreta que los medios tradicionales están siendo bypasseados en algunos circuitos de la circulación masiva de la comunicación que antes solamente controlaban ellos, y ahora ya no.

MANO A MANO

Para Becerra, la concentración de medios en el país no podría haber ocurrido “sin la participación de gobiernos de distintos signos políticos, civiles y militares, incluyendo el de Néstor Kirchner” y tiene que ver “con las relaciones anudadas nunca de manera cristalina y de mutua conveniencia entre el sistema político y el mediático durante décadas de negociar por debajo de la mesa”. Por fuera de estos temas, Becerra es padre de dos chicos de 9 y 11 años, hace natación y juega al fútbol. Lee ficción, sobre todo novelas. Hace poco terminó Yo confieso, de Jaume Cabré, y Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra. No se esfuerza en disimular que lo entusiasman algunas acciones del gobierno de Cristina Kirchner, pero eso no le nubla el espíritu crítico para analizar sus falencias. Por eso recibe reproches de sus amigos o colegas más decididamente oficialistas, tanto como de referentes de algunos de los llamados medios hegemónicos. No se hace demasiada mala sangre ni pierde la calma, se sonríe levemente y sigue adelante. Participa en la red social Twitter como @aracalacana y acaba de publicar, junto con Sebastián Lacunza, Wiki Media Leaks (Ediciones B).

Testamento: 1.1 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (primera parte)

El problema ha sido siempre el mismo: los que fueron a la escuela de la revolución aprendieron y supieron de antemano que curso una revolución debe tomar. Fue el curso de los acontecimientos. (…) Ellos habían adquirido la capacidad de representar cualquier papel que el gran drama de la historia les asignara y, si no hubiera otro papel a su disposición que no fuera el de villano, estaban más que dispuestos a aceptarlo, en lugar de quedarse afuera. (…) Hay cierta grandiosidad absurda en el espectáculo de estos hombres – que se atrevieron a desafiar a todos los poderes y las autoridades del mundo, y cuyo coraje no tenía ninguna duda – sometiéndose, a menudo, de la noche a la mañana, con humildad y sin siquiera un grito, a la llamada de la necesidad histórica, por más loco e incongruente que les debe haber parecido el aspecto exterior de esta necesidad. Ellos fueron engañados, no por las palabras de Danton, Robespierre y Saint-Just y todos las otras que les sonaban en los oídos, fueron engañados por la historia y se convirtieron en los locos de la historia.

Hannah Arendt (1906-1975)

La mayor diferencia entre los modelos de acción de las guerrillas urbana y rural está en la cuestión del terrorismo. Varios países de América Latina pasaron de un tipo de guerrilla a otro sin darse cuenta del cambio de valores que sigue a este cambio. La idealización romántica de la revolución cubana se extendió a ambos modelos, cuando en realidad la urbana es mucho más terrorismo que guerrilla. Sus miembros pagarían caro ese error.

Los guerrilleros urbanos sólo pensaban en el enemigo, ignoraban el poder deletéreo del terrorismo para la calidad de la guerra. El terror es la mejor palanca para una escalada a los extremos de violencia en los conflictos armados. Carl von Clausewitz, en su conocido libro De la Guerra, comprueba que, en general, las guerras no llegan a los extremos de violencia, aunque conceptualmente las mismas implican dinámicas en las que, para ganar, los dos lados son llevados hacia los extremos. Según él, las razones moderadoras del uso de la violencia son muchas, incluyendo la presencia de factores morales, y sobre todo que la guerra siempre se subordina a objetivos políticos. En particular, este último aspecto supone que los agentes conservan a lo largo del proceso un grado relativamente alto de racionalidad. Clausewitz no hace referencia a la cuestión del terror; él estudiaba la guerra convencional de su tiempo. Pero aun así es fácil ver que cuando el terror se introduce en el medio de la guerra, la racionalidad de los actores tiende a eclipsarse y la importancia de los factores morales y políticos a disminuir, ya que aumenta el deseo inmediato de venganza. La cual, paradójicamente, se hace más insaciable cuanto más avanza por el camino del terror. El terror genera sentimientos profundamente negativos como el miedo y el resentimiento, que alimentan el círculo vicioso de la venganza de las fuerzas combatientes afectadas. Así, el terrorismo lleva la guerra a los extremos del exterminio cruel del enemigo, dejando cada vez más lejos a los factores políticos y morales iniciales. Sólo la rendición incondicional de uno de los lados —y no siempre— puede evitar este exterminio. En algunos casos, como en los estados totalitarios, incluso después de la eliminación del supuesto enemigo, el terror sigue retroalimentándose a lo largo de los años.

En su conocido manual, La Guerra de Guerrillas, publicado en el calor de los combates en Cuba, Che Guevara receta la guerrilla rural para toda América Latina, rechazando explícitamente el terrorismo por considerarlo una acción que dificulta el trabajo político con las masas. Su opinión reflejaba el consenso del viejo marxismo, que identificaba al terrorismo tradicionalmente con la derecha y repudiaba la atracción que ejercía sobre los anarquistas. Tras el fracaso de los intentos de guerrilla rural en los años 60, en América Latina se cambia el curso de la dinámica revolucionaria del campo a las ciudades. En este nuevo contexto Carlos Marighella publica, en 1969, el Manual del Guerrillero Urbano, un libro de referencia para los distintos grupos del continente, incluso los argentinos. El líder brasileño caracteriza las ejecuciones, los secuestros y el terrorismo en general como modelos de acción legítimos de la guerrilla urbana, concluyendo con énfasis que “el terrorismo es un arma que el revolucionario no puede abandonar”. Mientras el terror en las zonas rurales era visto como contraproducente, en las ciudades era elogiado. El terrorismo dejó de ser patrimonio de la derecha al final de los 60. Che Guevara murió en 1967, una lástima. Aunque estimuló de manera insensata a la guerrilla en América Latina y en el mundo, quizás hubiera sido capaz de impedir el giro terrorista en nuestro continente. Era el único que tenía la autoridad moral para hacerlo.

La historia del terrorismo demuestra que él no está sujeto a una ideología. La acción violenta destinada a matar y a producir terror con fines políticos es una práctica que abarca todo el espectro de izquierda y de derecha por igual, a pesar de que su nombre no siempre sea reclamado de forma explícita, tal como lo hizo el líder brasileño. Durante el siglo 19 y las primeras décadas del 20 el terrorismo estuvo ligado principalmente a la izquierda anarquista y al nacionalismo separatista. Sin embargo, entre las dos guerras mundiales, los principales responsables por actos terroristas fueron de la extrema derecha fascista. En el contexto de la Guerra Fría el terrorismo surgió asociado a movimientos de extrema izquierda revolucionaria o de tipo nacionalista y/o separatista, abarcando tanto a países desarrollados de Europa como a subdesarrollados de América Latina, África y Asia. Por último, en el final del siglo 20 y principio del 21, surgió con más fuerza el terrorismo basado en la religión, como el de la organización islámica Al-Qaeda, que atacó las torres del World Trade Center. Este último fue acompañado por la Guerra contra el Terror del gobierno Bush, que utilizó el concepto como una etiqueta para identificar a la mayoría de los enemigos de los Estados Unidos, complicando aún más la comprensión del fenómeno.

Con el terrorismo de Estado pasa lo mismo: cualquier ideología o mentalidad, ya sea de izquierda, de derecha, nacionalista o religiosa, puede acompañarlo. A pesar de sus diferencias, la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, la China de Mao, la Argentina de Videla, la Serbia de Milosevic, la Camboya de Pol Pot, y el Irán de Ahmadinejad, entre otros, son Estados igualmente responsables por actos de terrorismo. Los comentarios anteriores permiten concluir que el fenómeno del terrorismo no debería ser caracterizado por sus objetivos, extremamente variados, sino por su capacidad para “envenenar” los conflictos llevando la violencia (y la confusión conceptual) hasta los extremos.

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En América Latina, no todas las guerrillas urbanas fueron igualmente terroristas. Los Montoneros de Argentina fueron probablemente el grupo que más adoptó este modelo de acción en los años 70, y los Tupamaros de Uruguay, los que menos. Por lo tanto, también será distinta la responsabilidad histórica de cada grupo por la instalación de la dialéctica de violencia de cada país.

En esa época nadie pensaba que una organización revolucionaria, aun cuando pusiera bombas y matara personas inocentes, pudiera ser terrorista. Igual que mis compañeros, yo era un terrorista de alma bella. La verdad es difícil de aceptar no sólo para aquellos que fueron guerrilleros, sino para la mayoría de los argentinos. Algunos autores sostienen que durante la dictadura militar, desde Onganía hasta Lanusse, el actor principal de la lucha revolucionaria fue la guerrilla y no el terrorismo, el cual aparecería progresivamente a partir de 1974, con el gobierno constitucional de Isabel Perón. Esta interpretación intenta dividir la lucha armada en dos fases, pero ocurre que en el caso de Montoneros la lógica e intencionalidades del terrorismo estuvieron presentes desde su primera acción pública: el secuestro y ejecución del general Aramburu, en 1970. Este debate es fundamental para la comprensión de las responsabilidades en el proceso de violencia que causó diez mil muertes trágicas – cuya autoría, en una cuenta aproximada, fue de mil (1000) por la Triple A, mil (1000) por las organizaciones revolucionarias y ocho mil (8000) por las fuerzas militares de la dictadura de Videla. Esta es una cuenta que, en la defensa de la dignidad de la historia argentina, se tendría que haber hecho con precisión y consenso público hace mucho tiempo. Mostrando falta de coherencia y bias ideológico, esta cuenta no está en la lista de las reivindicaciones de los movimientos o de los organismos estatales que se ocupan de los derechos humanos en la Argentina.

En la Argentina hubo guerrilla y terrorismo superpuestos casi desde el comienzo de la violencia revolucionaria. El terrorismo se presentó con un rostro bien definido en la ejecución del sindicalista peronista Vandor en 1969 (figura principal de la Confederación General del Trabajo— CGT, colaboracionista con la dictadura de Onganía y adversario de Perón), del general Aramburu en 1970 (arquitecto de la Revolución Libertadora que derrocó a Perón y presidente del gobierno de facto de 1955 a 1958), del sindicalista peronista Rucci en 1973 (secretario general de la CGT y aliado muy próximo de Perón), y del ex-ministro Mor Roig en 1974 (político ajeno al peronismo que como ministro del gobierno del general Lanusse articuló el pacto que permitió el retorno de la democracia en 1973). Todas estas operaciones fueron realizadas por comandos Montoneros (o que se integrarían después en la organización, como en el caso de Vandor). Los dos últimos asesinatos fueron perpetrados a pesar de que el país estaba bajo un régimen democrático, varios años antes de la llegada de la dictadura militar.

Entre otras cosas, el uso del terrorismo fue facilitado entre los Montoneros por la amalgama de componentes ideológicos contradictorios que impedían pensar en estrategias políticas realistas y coherentes. Al mismo tiempo, estos grandes gestos terroristas eran funcionales para el crecimiento de la organización, permitiendo sumar militantes de diversas corrientes ideológicas. Ellos podían venir tanto del catolicismo nacionalista de derecha, como de la teología de la liberación marxista, del peronismo revolucionario de derecha, del comunismo, y de otras variantes de la izquierda. Los Montoneros surgieron y consolidaron su organización en el culto a la violencia. Ellos fueron capaces de matar a todos los que se cruzaron por delante de su voluntad política, sin importarles su condición, ya fueran peronistas o antiperonistas, militares, políticos o sindicalistas.

Sin embargo, soy testigo de que nuestra motivación era noble. Conservo todavía un recuerdo feliz de mi vida en aquellos años. Fueron sombríos pero también llenos de desprendimiento, alegría y amor. Sé que nuestra intención no era hacer el mal por el mal en sí mismo, pero la astucia de la razón, irónica y perversa, pudo convertir hombres buenos en malos, sin darnos tiempo para tomar conciencia. El retorno de este camino sería extremamente difícil para la mayoría, casi imposible.

Los Montoneros ocultaron su ambición de poder por detrás del liderazgo de Perón, pero cuando se dio su retorno, y él no les entregó la dirección del movimiento peronista como esperaban, no dudaron en matar a Rucci para llamar la atención del líder sobre sus demandas, pero sin reconocer públicamente su autoría. Creían que la condición de revolucionarios les otorgaba el patrimonio de la historia, por ser dueños de la verdad se permitieron mentirles a sus contemporáneos (en el otro extremo del espectro político argentino la situación seria semejante, la historia mundial está llena de ejemplos de este tipo). Del mismo modo, años antes habían matado al general Aramburu para ser reconocidos como peronistas por Perón y por las masas. Así como intentaron ocultar la verdad de la muerte de Rucci, en el caso de Aramburu intentaron hacer desaparecer su cuerpo, con la supuesta intención de cambiarlo en el futuro por el de Eva Perón, secuestrado durante el gobierno de Aramburu.

Como Eva Perón murió de muerte natural, la saga de las desapariciones de personas asesinadas con intencionalidad política en la Argentina del siglo 20 no la incluye. Según mi conocimiento, esta triste saga comenzó en 1930 con el anarquista Penina, durante el gobierno del general Uriburu; siguió en 1955, con el comunista Ingalinella, en el gobierno del General Perón; continuó en 1962 con el peronista Vallese durante el gobierno provisional de Guido (que asumió tras el derrocamiento de Frondizi por los militares); hasta llegar al cuarto de la lista, el general Aramburu, cuyo cadáver permanecería desaparecido un mes y medio. El imaginario de los autores de la larga lista desaparecidos que vendría después se construyó con base en estos antecedentes.

Debido a que el asesinato de Rucci provocó una acelerada ascensión a los extremos de violencia, “envenenando” el gobierno de Perón en plena democracia, este atentado debería considerarse como el mayor acto terrorista de la guerrilla argentina en los años 70. Sin embargo, por ser un magnicidio, otro que convocó igualmente a los demonios fue el de Aramburu. Su cuerpo tardó en descansar en paz. Además del desaparecimiento sufrido después de su muerte, cuatro años después de enterrado en el Cementerio de la Recoleta volvería a pasar por lo mismo. Los Montoneros repitieron la hazaña para continuar insistiendo en la devolución del cadáver de Eva Perón. La trágica ironía de este último hecho es que el cuerpo de Evita había sido entregado a Perón en España tres años antes, en 1971: ¡era el general vivo que no lo querría traer de vuelta al país, no el general muerto! Si la primera desaparición del cadáver de Aramburu podía reivindicar alguna legitimidad, la segunda no tenía ninguna razón más que insultar la memoria de los militares argentinos. En favor de los Montoneros se podría decir que la falta de respeto a los muertos tiene una larga historia en la Argentina; el cadáver de Perón tampoco se salvó y tuvo sus manos mutiladas en 1987.

El escenario terrorista argentino de los años 70 tuvo todas las combinaciones posibles de terrorismo, uno más vinculado a los movimientos de la sociedad civil, otro más a los organismos estatales, y también casos intermedios, como la Triple A. Todos se retroalimentaron entre sí. Obviamente, no todos los miembros del estado o de la sociedad civil fueron terroristas de la misma forma a lo largo de la historia. Sin embargo, hubo complicidad en diversos niveles del Estado y la sociedad civil con el terrorismo producido por los gobiernos de Lanusse, Perón, Isabel Perón, Videla, Viola y Galtieri. Así como hubo complicidad con el terrorismo de las organizaciones guerrilleras en distintos niveles de la sociedad civil y del Estado (especialmente en el gobierno de Cámpora y de algunos gobernadores provinciales en 1973).

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Soy testigo de las complicidades ocurridas en 1973.

El 9 de junio se hizo un acto en José León Suárez conmemorando los fusilamientos de diversos militantes peronistas ocurridos en un basural de esa localidad en 1955, por la dictadura militar que había derrocado a Perón. Durante la ceremonia hubo un fuerte enfrentamiento a tiros entre grupos peronistas antagónicos. Por un lado, los sectores revolucionarios nucleados alrededor de los Montoneros, y por otro diversos grupos de derecha y agrupaciones sindicales. El enfrentamiento dejó un muerto y algunos heridos, todos de la derecha peronista. El tiroteo fue provocado por una razón trivial no premeditada. Lo sé porque yo fui quién lo detonó.

Como es habitual, después el evento adquirió aires de conspiración, pero mi intención fue simplemente rescatar a una compañera que me recordaba a Mónica Vitti —de quién me apasioné en los años 60, cuando miré las películas de Antonioni— que pasando por donde no debía fue rodeada por cuatro o cinco militantes de la derecha.

Ellos la estaban molestando. Pienso ahora que no debía ser nada que no pudiera resolverse de otra manera, pero en aquel momento no dudé, me les fui encima y los amedrenté mostrándoles el revolver 38 que llevaba en la cintura. El recuerdo de mi vieja pasión se salvó, pero yo había pisado el hormiguero. De repente la calle se llenó de militantes armados de ambos grupos. No fui yo quien inició el tiroteo, pero respondí inmediatamente a la primera bala y en pocos segundos se generalizó. Lo demás es historia.

A pesar de las pocas bajas, en comparación con lo que estaba por venir, el evento ganó importancia por ser el acto inaugural de la violencia política en el período democrático iniciado el 25 de mayo de 1973. Demostró que las armas seguían engatilladas, que era fácil llevar al nivel militar la confrontación política que existía en el gobierno peronista, en donde los Montoneros dividían puestos e influencias con los sindicatos y la derecha. Esta confrontación parecía enseñar que la violencia era una forma de romper el impase en la ausencia de Perón, que aún no había regresado al país de forma permanente. A los Montoneros les gustó el resultado de la confrontación, pero no imaginaron que habría una reacción tán rápida.

Días más tarde, el 20 de junio, Perón regresaba al país y se esperaba que hablara en un enorme palco erigido en Ezeiza, cerca del aeropuerto. Los Montoneros comparecieron con una gran cantidad de militantes de todas partes del país, pero al llegar con sus carteles cerca del palco fueron recibidos a tiros. Todavía no hay una lista de bajas de este enfrentamiento, los cálculos estimados son de ochenta muertos y cuatrocientos heridos, la mayoría del lado de los Montoneros.

A nivel personal, José León Suárez me dejó un legado difícil de evaluar. Por el lado de las ganancias, ascendí dos grados en la jerarquía de los Montoneros, de aspirante fui directamente a oficial primero. Por el lado de las pérdidas, el día siguiente al tiroteo mi foto ilustraba una nota en un diario de gran circulación. Yo aparecía con la pistola en la mano, el subtítulo me acusaba de ser el asesino. El diario pasó la foto a la policía de la Provincia de Buenos Aires y a varios grupos de derecha y del sindicalismo peronista que juraron vengarse. Eso no me preocupó tanto como la posibilidad de que mi foto fuera identificada por terceros y los diarios publicasen mi nombre; con el tiempo descubrí que no habían sido pocos los amigos que me identificaron. Estaba afligido por mis padres, recién había salido de la cárcel y pensarían que ya estaba complicado nuevamente.

Pero el subjefe de la policía, por casualidad uno de los pocos sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez, también era Montonero. Nos encontramos y me dijo para no preocuparme: él se había encargado de hacer desaparecer a toda la investigación policial, incluyendo las fotos. No volví a verlo; la Triple A lo mató un año más tarde.

Nadie fue procesado por los acontecimientos del 9 de junio de 1973, prueba pequeña pero convincente de la complicidad que existía en la época entre algunos sectores del Estado y las guerrillas peronistas, especialmente con los Montoneros.

Esta nota es parte del Testamento de los 70, de Héctor Leis

Las palabras y las cosas – Exabruptos

Un artículo reciente nos advierte acerca de “la banalización del adjetivo nazi” como respuesta a algunos periodistas que acusaron a 678 de nazi, fascista o goebbeliano. Goebbels nunca dijo “miente, miente que algo quedará” y, por lo tanto, los acusadores son víctimas paradojales en la repetición de una mentira. Claro, no a conciencia así que la crítica se vuelve un artículo de atribución.

En realidad, las hipérboles de los periodistas son más bien instancias de una variación de la ley de Godwin que podría enunciarse como: a medida que una discusión sobre el kirchnerismo se prolongue en el tiempo, la probabilidad de que surja una comparación con los nazis o con Hitler tiende a 1. Y un corolario: si la discusión es en la web, se llega más rápido.

Lo que está claro es que la propaganda (esa y, y no otra, debería ser la caracterización) se basa en la repetición. Y Goebbels lo sabía (una buena fuente es The Third Reich: Politics and Propaganda de David Welch). Por ejemplo, esta cita de sus diarios del 29 de enero de 1942:

“Again I learned a lot; especially that the rank and file are usually much more primitive than we imagine. Propaganda must therefore always be essentially simple and repetitive. In the long run basic results in influencing public opinion will be achieved only by the man who is able to reduce problems to the simplest terms and who has the courage to keep forever repeating them in this simplified form, despite the objections of the intellectuals.”

El artículo de P12 amplía, y sólo puedo acordar, que la propaganda no es siempre nazi. Al revés, el nazismo se sirvió de la propaganda o, en palabras de la tribu, la maximizó. Vale aquí un repaso rápido usando a Welch como fuente.

Durante el nazismo, se creó un Ministerio de Ilustración y Propaganda por decreto presidencial. Se creó una cámara de cultura bajo las cuales se organizó el teatro, la música, la radio, el cine, las bellas artes y la prensa. La membresía era obligatoria para obtener permisos de trabajo; la alternativa era la “ruina profesional”. Se prohibió la crítica artística por sí misma ya que tenía que estar al servicio de los ideales del Reich. Era imperativo – escribe Welch – que los artistas mismos estuvieran alineados con los objetivos y los ideales del nuevo régimen. La radio – la TV de la época – fue una herramienta clave y Goebbels convenció a Hitler de emitir un decreto para centralizar la “responsabilidad por todas las influencias en la vida intelectual de la nación” y así romper con la estructura federal de la radio.

Una herramienta clave fue el “Servicio Inalámbrico Alemán” o DDD (SIC). Goebbels distribuyó aparatos de radio a bajo costo con el objetivo de conseguir uno por hogar. De hecho, “los nazis persuadieron a los productores para que fabricaran uno de los aparatos más baratos de Europa”. Estas “radios de la gente” tenían recepción limitada para que no pudieran repetir transmisiones extranjeras. Además – cuenta Welch – se distribuyeron altoparlantes en plazas, fábricas, oficinas, escuelas y restaurantes. Aparecieron varios problemas. Uno, cuando estaba en un estudio Hitler no se motivaba y no era efectivo. Entonces empezaron a transmitirse sus apariciones públicas. Otro, la gente se aburría, lo que llevó “a Goebbels a decidir que el 70% de las transmisiones se dedicara a música liviana” para promover lo que hoy llamaríamos el encendido.

No termina aquí la revisión (y recomiendo el libro) pero el punto que quiero hacer es simple: propaganda nazi es repetición más opinión única de ideales nacionalsocialistas.

Hay que elegir las palabras con cuidado. Los periodistas tienen una responsabilidad mayor en el buen uso de las palabras, después de todo es su modo de vida. Se los dejo a ellos y aquí sólo planteo mis limitaciones y mi  falta de vocabulario porque si nazi es el que te mata a repetición en una cámara de gas o de inanición, ¿cómo le decimos al qué te deja sin laburo y te persigue?