Atravesados por el odio – Perfil.com

El encumbramiento y el posterior derrumbe de Moyano como esperanza articuladora de una nueva oposición, profesada por personas que dado el lugar que ocupan en la sociedad deberían sentir rechazo insalvable por Moyano, fueron una manifestación más de cuánto el odio puede nublar la razón. Otro ejemplo comparable se dio en las últimas elecciones cuando sectores de alto nivel de ingresos y educación, que en un pasado cercano no hubieran dudado de calificarse a sí mismos como progresistas, votaron por Duhalde, y algunos hasta creyeron que tenía alguna posibilidad. Se podría justificar diciendo que no se trata de un fenómeno tan novedoso porque ya en los 90 muchos vieron a Menem rubio, pero la diferencia es que en aquellos años no era el odio el motor de esas preferencias.

¿Qué les hace a algunos creer recurrentemente que ya se acaba el kirchnerismo o que ya comenzó su fin en forma inminente? ¿Por qué les resulta especialmente verosímil la mayoría de los pronósticos negativos sobre el kirchnerismo? Ya sea que un juez avanzó con la investigación sobre Ciccone y entonces pronto el vicepresidente iría preso. Que por YPF España y Europa nos dejarían fuera del comercio mundial. Y que Estados Unidos nos echaría del G20. Que por las trabas de Moreno, Brasil daría por concluido el Mercosur. Que por lo mismo China no nos compraría más soja o sus derivados. O que el enfrentamiento de Moyano sería peor para el Gobierno que la crisis con el campo por la 125. Y la lista podría seguir.

Pensamiento ilusorio.
Para el director de la carrera de Ciencias Políticas de la UBA, Luis Tonelli, parte de la sobrevaloración de Moyano en la que algunos cayeron obedeció a la “inducción retrospectiva”, que en una columna de la revista Debate describió así: “Los actores se imaginan cómo será el último movimiento del juego político que tiene lugar y, deducido su resultado, se lo traslada del futuro al presente, haciéndolo valer hoy. O sea, adelantar todos los tiempos y comenzar a plantear, a operar y a rosquear la cuestión de la sucesión a sólo ocho meses de transcurrida la segunda presidencia de Cristina Fernández y cuando falta tanto, tanto, tiempo”. La inducción retrospectiva en ajedrez se llama análisis retrógrado, y en macroeconomía se la utiliza para anticipar cuál sería un precio de equilibrio en una eventual lucha de precios.

Pero cuando quienes hacen los cálculos están atravesados por el odio, todo es diferente por el efecto emocional que a la hora de hacer proyecciones tienen los deseos. Es lo que se conoce como wishful thinking o pensamiento ilusorio, en el que el procedimiento de deducción está inconscientemente afectado por los sentimientos, lo que termina orientando la conclusión hacia lo que sería más placentero en lugar de lo que sería más probable.

Los deseos de que al kirchnerismo le vaya mal guían esos pensamientos, además del mal uso que puedan realizar de la inducción retrospectiva. La paradoja es que esos deseos más tarde o más temprano serán satisfechos porque –desgraciadamente para todos– el modelo económico tiene problemas estructurales y, aunque no esté al borde del colapso, tampoco se podría negar que ya comenzó un proceso de contracción del consumo. Pero tanto advertir sobre tormentas perfectas que luego son superadas con alguna facilidad hará que cuando verdaderamente el aviso sea correcto, como en la fábula del pastor y el lobo, pocos lo crean.

El jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, en su informe de gestión de gobierno de esta semana ante la Cámara de Diputados se quejó sobre cómo la oposición y los medios que no simpatizan con el kirchnerismo pintan la situación económica de la Argentina exhibiéndola como si fuera peor que la de España u otros países europeos en crisis.

Tiene razón el jefe de Gabinete sobre que la economía argentina no está peor que la de los países europeos en crisis, pero la evaluación que los habitantes de nuestro país harán cuando les toque votar el año próximo no será comparándose con la situación de los españoles o los griegos, sino con la de los propios argentinos cuando votaron la vez anterior. Y no hace falta más que mirar el último índice de variación del producto bruto del Indec –con un crecimiento de sólo el 0,6% contra el de los mismos meses del año anterior, que rondaba el 9%– para ver que enfrentamos una brusca desaceleración de la economía que traerá consecuencias negativas en el empleo, el consumo y la recaudación del Estado en los próximos meses, además de las que ya está trayendo.

Dios es kirchnerista.
En compensación, el aumento de casi el 50% del precio de la soja desde diciembre, llegando a alrededor de los 600 dólares, un precio similar al de cuando se desató la polémica por la 125, es una gran noticia para el país, tanto por el beneficio para la economía de este año como por los incentivos que genera sobre la cosecha siguiente. Desde el 10 de diciembre, cuando asumió Cristina Kirchner y la soja costaba casi 400 dólares, hasta los casi 600 dólares actuales, se agregaron directa o indirectamente siete mil millones de dólares a las exportaciones de 2012 (y de ese total, cinco mil millones representó el aumento que se produjo sólo en el último mes).

Como la última cosecha fue casi el 20% menor en toneladas, si la próxima volviera a los casi 50 millones de toneladas los beneficios para las exportaciones podrían alcanzar 14 mil millones de dólares. Por mayor oferta, el precio tendría que ser menor, pero también se prevé una mayor demanda de soja en China.

En este contexto, el kirchnerismo corre el mismo riesgo de hacer un uso inadecuado de la inducción retrospectiva (mirar hacia adelante razonando hacia atrás), y caer en el wishful thinking de la oposición, si creyera que porque siempre le vaticinaron catástrofes que nunca llegaron no le llegarán algún día; o que por haber salido airoso de las batallas de los últimos tres años, siempre será invencible. Lo habita el mismo odio que nubla la razón de sus opositores, y el día que cambien los equilibrios de poder cometerá tantos errores como quienes hoy lo enfrentan.

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