Miedo – Infonews

La nueva palabra maldita en el diccionario kirchnerista es esta: miedo. Cada vez que alguien sostiene que el Gobierno genera miedo, un número indeterminado de indignados reacciona de manera inmediata. Algo así ocurrió esta semana en twitter con Juan José Campanella. El prestigioso director de cine difundió por esa vía una carta abierta que le había enviado a la Presidenta el papá de una bebita muerta en Tucumán, indignado porque el gobierno de su provincia no le había facilitado a tiempo el avión sanitario. Campanella escribió: “No puedo creer que tenga miedo de difundir esto…”. Inmediatamente, los indignados fueron a la carga.

–¿Miedo a qué tenés, che?, era lo más suave.

–Me preguntan a qué tengo miedo en un tono que, realmente, me da miedo –insistió Campanella.
Imagínense lo que siguió.

El miedo es una sensación completamente subjetiva. Hay personas acostumbradas a la oscuridad, a los perros grandotes, a las armas largas, a las drogas pesadas, los precipicios o a las extracciones de sangre. Otras tiemblan ante una hoja filosa, una ruta abandonada, el ruido de una canilla abierta en el silencio de la noche, o la sirena de un patrullero.

Todo depende.

Un recurso clásico del kirchnerismo es comparar todo con la dictadura militar. Nadie tiene derecho a sentir miedo porque no va a ser secuestrado, ni torturado, ni desaparecido. Por lo tanto, el que siente miedo en estos tiempos es un cagón, o un tilingo, o un debilucho, o su mente ha sido colonizada por los medios de comunicación.

Los sentimientos son sentimientos de cada uno. También Cristina Fernández de Kirchner se presenta como “la presidenta más agredida de todos los tiempos”. Y debe decirlo con sinceridad. Serán sus sensaciones. Habría que ver, ¿no? Pero sensaciones son sensaciones, y no sé si se pueden discutir.

En cualquier caso, lo que sigue es un espejo.

Si uno mira la revista que rodea esta nota, puede llegar a la conclusión de que el lector, como mínimo, tiene simpatía con el Gobierno, y es de los que se pregunta: “¿Miedo a que?”. O está familiarizado con expresiones pavas como “la construcción mediática del miedo”, y esas cosas tan de moda en ciertos círculos.

Por eso, el espejo.

En los próximos párrafos usted verá un método, usado una y mil veces, contra aquellos que opinan distinto, o se animan a presentarse en una lista que compite con el Gobierno, o simplemente cuentan algo inconveniente, o están en lugares que el Gobierno no quiere que estén, o –simplemente– tienen la mala suerte de ser elegidos como chivos expiatorios cuando el Gobierno quiere salir de un mal trago.

Hay dos ejemplos en esta semana. El primero involucra a Eliseo Subiela, otro director de cine: la justicia en lo penal económico lo sobreseyó en la causa por evasión de impuestos que le había iniciado, con bombos y platillos, el Estado nacional. Usted recordará el episodio. Subiela había comentado en Facebook que no le dejaban comprar dólares. Ese solo señalamiento generó una conferencia de prensa inmediata del jefe de la AFIP, Ricardo Echegaray, quien le recriminó, ante el país todo, que fuera un evasor. Al día siguiente, un batallón de la AFIP le cayó a Subiela en su escuela de cine. El personal de recepción aceptó recibir la cédula de notificación, pero los muchachos le dijeron que no era ese el método: que debían enchastrar la puerta del local con el papelucho. Finalmente, no era evasor. Pero eso no importa. Quién te quita el mal momento.

El segundo está protagonizado por el camarista en lo civil y comercial Francisco de las Carreras, quien es uno de los que debe resolver en la increíble causa por la ley de medios. Se ve que al Gobierno ese juez no le da garantías. Entonces, lo investigan de cabo a rabo y le encuentran un viaje a Miami. Sin demasiadas pruebas, difunden en todos los medios que el viaje fue pagado por Clarín y piden que se aparte de la causa. El método es clásico. El ministro Julio Alak, máximo operador en el proceso de copamiento del Poder Judicial que se está llevando a cabo desde la causa Boudou hasta aquí, emite un documento donde siembra la sospecha, y luego concluye que el magistrado debe apartarse mientras se investiga si el rumor es cierto o no. Pero toda la prensa K titula que el viaje se lo pagó Clarín. El juez aclara que eso es falso, que no fue Clarín, pero ya está en medio de un episodio muy desagradable, donde la mitad le cree y la mitad no, y todos los demás jueces ven el método y razonan antes de actuar.

Todo es subjetivo, pero a algunas personas esto les puede causar miedo.

Así es la gente.

Y aunque no fuera así, es una porquería.

Pero observe usted esta seguidilla de mentiras, como la de Subiela y el juez De las Carreras.

El maquinista Marcos Córdoba, para parte de la prensa K, era el culpable de la tragedia de Once: quisieron meter preso a un laburante de 26 años para salvar a los funcionarios. El delegado sindical Rubén “el Pollo” Sobrero fue detenido –con el respaldo explícito del jefe de Gabinete– acusado sin pruebas de haber incendiado trenes, por un gobierno que nos quería explicar a todos que las explosiones de furia de los pasajeros del Sarmiento eran complots. A Francisco de Narváez lo vincularon falsamente con el tráfico de drogas durante una campaña electoral y a Enrique Olivera le inventaron que tenía cuentas en el exterior. A la inmobiliaria Jorge Toselli la inhabilitaron y la denunciaron por cadena nacional, porque uno de sus empleados dijo una obviedad: que las restricciones para la compra de dólares habían parado la actividad.

Este es el gobierno que acusó de “cuasimafiosa” a una caricatura de Hermenegildo Sábat, frente a una plaza llena de partidarios, y de pirómano a Pino Solanas, y a militantes del Partido Obrero, a los que Aníbal Fernández identificó con nombre y apellido, sin ninguna prueba, de ningún tipo. Es el que intentó amedrentar a periodistas tapizando una y otra vez las paredes de la ciudad con sus caras, y acusándolos de cualquier cosa: corruptos, mafiosos, comprados, cómplices de la apropiación de niños. Y el que, desde la televisión “pública”, instigaba a que les gritaran barbaridades en la calle a periodistas que trabajaban en alguna empresa del Grupo Clarín, así fuera como tiradores de cable.

El miedo es una sensación completamente subjetiva. Pero puede ser que alguna gente no quiera pasar por estas situaciones y entonces dude antes de emitir su opinión o, por ejemplo, como ocurrió en estos días, renuncie a su cargo de juez.

Al ex procurador Esteban Righi, por ejemplo, el vicepresidente Amado Boudou lo acusó de tráfico de influencias. Ya fue sobreseído –como Olivera, el maquinista de Once, Subiela, De Narváez, y tantos otros–. Pero en el medio renunció, así como fueron apartados de la causa el juez y el fiscal que habían resuelto el allanamiento contra una propiedad del vice. El kirchnerismo acusó a Eduardo Duhalde de ser el asesino de Mariano Ferreyra, y al periodista Osvaldo Pepe de “nazi” por haber escrito algo sobre el “gen” montonero. De los laburantes del Indec –los que medían bien– difundieron que estaban pagados por las consultoras, sin poder comprobar, nunca, nada. A algunos de ellos les complicaron mucho la vida. A Pablo Micheli le inventaron que se iba de vacaciones con su familia a Miami.

La lista no es exhaustiva: no incluye ni la denuncia pública contra el famoso abuelito amarrete, ni contra otro cineasta, Enrique Piñeyro. O a Cobos, al que amenazaron con ahorcarlo los muchachos de UPCN, en el Indec. Ni el juicio público contra Magdalena Ruiz Guiñazú, ni las coberturas miserables de la TV “pública” contra tanta gente que no lo merecía.

En todos estos casos, hay un aparato mediático cada vez más poderoso que se pone al servicio de la difamación: todo para que haya más libertad, más voces, y se multipliquen los colores del arco iris, según las palabras del creativo Martín Sabbatella.

Es probable que usted opine como el Gobierno. Y, entonces, que no tenga miedo. Pero póngase en el lugar de los otros, los que tienen otra opinión. No sé si son mayoría. Son muchos, no le quepa duda. Pero, ¿no le parece que es un método pensado, una y otra vez, y ejercitado de manera miserable hasta el cansancio, para que cualquiera piense antes de opinar?

El fanático responde inmediatamente: se victimizan, o mienten, o se lo merecen, o no es para tanto o, si no: en la dictadura estábamos peor. Pero si usted llegó hasta este punto de la nota, será que no es tan fanático y quizá pueda percibir que se trata de un método muy repudiable, lo ejerza quien lo ejerza.

El miedo es una sensación subjetiva.

No tengo idea de qué le habrá pasado a Campanella. Si le pasó algo, seguramente no quiera contarlo. Hay mucha gente, todo el tiempo –como nunca antes en mi carrera– que dice lo mismo: no, dejá, mejor no salgo al aire, es para problemas, tengo miedo, entendeme.

La verdad es que uno preferiría que no fuera así. A la intención de generar miedo, la sociedad debería responder con rebeldía, porque siempre que se pacta con el miedo todo se pone peor, en la vida personal y en la social. Cada vez que alguien se calla por miedo, o renuncia a ser juez, por miedo, el país pierde un poquito más.

Pero no se preocupen: nada de esto existe.

Se trata, apenas, de una “construcción mediática”.

Si mucha gente entendió mal aquella frasecita –“hay que tenerle miedo a Dios y un poquito a mi”–, es porque está envenenada por Clarín.

El Gobierno, por supuesto, no tiene nada que ver.

Nunca hubo tanta libertad como ahora.

Amén.