Testamento: 1.1 Terrorismo, Guerrilla y Revolución (primera parte)

El problema ha sido siempre el mismo: los que fueron a la escuela de la revolución aprendieron y supieron de antemano que curso una revolución debe tomar. Fue el curso de los acontecimientos. (…) Ellos habían adquirido la capacidad de representar cualquier papel que el gran drama de la historia les asignara y, si no hubiera otro papel a su disposición que no fuera el de villano, estaban más que dispuestos a aceptarlo, en lugar de quedarse afuera. (…) Hay cierta grandiosidad absurda en el espectáculo de estos hombres – que se atrevieron a desafiar a todos los poderes y las autoridades del mundo, y cuyo coraje no tenía ninguna duda – sometiéndose, a menudo, de la noche a la mañana, con humildad y sin siquiera un grito, a la llamada de la necesidad histórica, por más loco e incongruente que les debe haber parecido el aspecto exterior de esta necesidad. Ellos fueron engañados, no por las palabras de Danton, Robespierre y Saint-Just y todos las otras que les sonaban en los oídos, fueron engañados por la historia y se convirtieron en los locos de la historia.

Hannah Arendt (1906-1975)

La mayor diferencia entre los modelos de acción de las guerrillas urbana y rural está en la cuestión del terrorismo. Varios países de América Latina pasaron de un tipo de guerrilla a otro sin darse cuenta del cambio de valores que sigue a este cambio. La idealización romántica de la revolución cubana se extendió a ambos modelos, cuando en realidad la urbana es mucho más terrorismo que guerrilla. Sus miembros pagarían caro ese error.

Los guerrilleros urbanos sólo pensaban en el enemigo, ignoraban el poder deletéreo del terrorismo para la calidad de la guerra. El terror es la mejor palanca para una escalada a los extremos de violencia en los conflictos armados. Carl von Clausewitz, en su conocido libro De la Guerra, comprueba que, en general, las guerras no llegan a los extremos de violencia, aunque conceptualmente las mismas implican dinámicas en las que, para ganar, los dos lados son llevados hacia los extremos. Según él, las razones moderadoras del uso de la violencia son muchas, incluyendo la presencia de factores morales, y sobre todo que la guerra siempre se subordina a objetivos políticos. En particular, este último aspecto supone que los agentes conservan a lo largo del proceso un grado relativamente alto de racionalidad. Clausewitz no hace referencia a la cuestión del terror; él estudiaba la guerra convencional de su tiempo. Pero aun así es fácil ver que cuando el terror se introduce en el medio de la guerra, la racionalidad de los actores tiende a eclipsarse y la importancia de los factores morales y políticos a disminuir, ya que aumenta el deseo inmediato de venganza. La cual, paradójicamente, se hace más insaciable cuanto más avanza por el camino del terror. El terror genera sentimientos profundamente negativos como el miedo y el resentimiento, que alimentan el círculo vicioso de la venganza de las fuerzas combatientes afectadas. Así, el terrorismo lleva la guerra a los extremos del exterminio cruel del enemigo, dejando cada vez más lejos a los factores políticos y morales iniciales. Sólo la rendición incondicional de uno de los lados —y no siempre— puede evitar este exterminio. En algunos casos, como en los estados totalitarios, incluso después de la eliminación del supuesto enemigo, el terror sigue retroalimentándose a lo largo de los años.

En su conocido manual, La Guerra de Guerrillas, publicado en el calor de los combates en Cuba, Che Guevara receta la guerrilla rural para toda América Latina, rechazando explícitamente el terrorismo por considerarlo una acción que dificulta el trabajo político con las masas. Su opinión reflejaba el consenso del viejo marxismo, que identificaba al terrorismo tradicionalmente con la derecha y repudiaba la atracción que ejercía sobre los anarquistas. Tras el fracaso de los intentos de guerrilla rural en los años 60, en América Latina se cambia el curso de la dinámica revolucionaria del campo a las ciudades. En este nuevo contexto Carlos Marighella publica, en 1969, el Manual del Guerrillero Urbano, un libro de referencia para los distintos grupos del continente, incluso los argentinos. El líder brasileño caracteriza las ejecuciones, los secuestros y el terrorismo en general como modelos de acción legítimos de la guerrilla urbana, concluyendo con énfasis que “el terrorismo es un arma que el revolucionario no puede abandonar”. Mientras el terror en las zonas rurales era visto como contraproducente, en las ciudades era elogiado. El terrorismo dejó de ser patrimonio de la derecha al final de los 60. Che Guevara murió en 1967, una lástima. Aunque estimuló de manera insensata a la guerrilla en América Latina y en el mundo, quizás hubiera sido capaz de impedir el giro terrorista en nuestro continente. Era el único que tenía la autoridad moral para hacerlo.

La historia del terrorismo demuestra que él no está sujeto a una ideología. La acción violenta destinada a matar y a producir terror con fines políticos es una práctica que abarca todo el espectro de izquierda y de derecha por igual, a pesar de que su nombre no siempre sea reclamado de forma explícita, tal como lo hizo el líder brasileño. Durante el siglo 19 y las primeras décadas del 20 el terrorismo estuvo ligado principalmente a la izquierda anarquista y al nacionalismo separatista. Sin embargo, entre las dos guerras mundiales, los principales responsables por actos terroristas fueron de la extrema derecha fascista. En el contexto de la Guerra Fría el terrorismo surgió asociado a movimientos de extrema izquierda revolucionaria o de tipo nacionalista y/o separatista, abarcando tanto a países desarrollados de Europa como a subdesarrollados de América Latina, África y Asia. Por último, en el final del siglo 20 y principio del 21, surgió con más fuerza el terrorismo basado en la religión, como el de la organización islámica Al-Qaeda, que atacó las torres del World Trade Center. Este último fue acompañado por la Guerra contra el Terror del gobierno Bush, que utilizó el concepto como una etiqueta para identificar a la mayoría de los enemigos de los Estados Unidos, complicando aún más la comprensión del fenómeno.

Con el terrorismo de Estado pasa lo mismo: cualquier ideología o mentalidad, ya sea de izquierda, de derecha, nacionalista o religiosa, puede acompañarlo. A pesar de sus diferencias, la Alemania de Hitler, la Rusia de Stalin, la China de Mao, la Argentina de Videla, la Serbia de Milosevic, la Camboya de Pol Pot, y el Irán de Ahmadinejad, entre otros, son Estados igualmente responsables por actos de terrorismo. Los comentarios anteriores permiten concluir que el fenómeno del terrorismo no debería ser caracterizado por sus objetivos, extremamente variados, sino por su capacidad para “envenenar” los conflictos llevando la violencia (y la confusión conceptual) hasta los extremos.

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En América Latina, no todas las guerrillas urbanas fueron igualmente terroristas. Los Montoneros de Argentina fueron probablemente el grupo que más adoptó este modelo de acción en los años 70, y los Tupamaros de Uruguay, los que menos. Por lo tanto, también será distinta la responsabilidad histórica de cada grupo por la instalación de la dialéctica de violencia de cada país.

En esa época nadie pensaba que una organización revolucionaria, aun cuando pusiera bombas y matara personas inocentes, pudiera ser terrorista. Igual que mis compañeros, yo era un terrorista de alma bella. La verdad es difícil de aceptar no sólo para aquellos que fueron guerrilleros, sino para la mayoría de los argentinos. Algunos autores sostienen que durante la dictadura militar, desde Onganía hasta Lanusse, el actor principal de la lucha revolucionaria fue la guerrilla y no el terrorismo, el cual aparecería progresivamente a partir de 1974, con el gobierno constitucional de Isabel Perón. Esta interpretación intenta dividir la lucha armada en dos fases, pero ocurre que en el caso de Montoneros la lógica e intencionalidades del terrorismo estuvieron presentes desde su primera acción pública: el secuestro y ejecución del general Aramburu, en 1970. Este debate es fundamental para la comprensión de las responsabilidades en el proceso de violencia que causó diez mil muertes trágicas – cuya autoría, en una cuenta aproximada, fue de mil (1000) por la Triple A, mil (1000) por las organizaciones revolucionarias y ocho mil (8000) por las fuerzas militares de la dictadura de Videla. Esta es una cuenta que, en la defensa de la dignidad de la historia argentina, se tendría que haber hecho con precisión y consenso público hace mucho tiempo. Mostrando falta de coherencia y bias ideológico, esta cuenta no está en la lista de las reivindicaciones de los movimientos o de los organismos estatales que se ocupan de los derechos humanos en la Argentina.

En la Argentina hubo guerrilla y terrorismo superpuestos casi desde el comienzo de la violencia revolucionaria. El terrorismo se presentó con un rostro bien definido en la ejecución del sindicalista peronista Vandor en 1969 (figura principal de la Confederación General del Trabajo— CGT, colaboracionista con la dictadura de Onganía y adversario de Perón), del general Aramburu en 1970 (arquitecto de la Revolución Libertadora que derrocó a Perón y presidente del gobierno de facto de 1955 a 1958), del sindicalista peronista Rucci en 1973 (secretario general de la CGT y aliado muy próximo de Perón), y del ex-ministro Mor Roig en 1974 (político ajeno al peronismo que como ministro del gobierno del general Lanusse articuló el pacto que permitió el retorno de la democracia en 1973). Todas estas operaciones fueron realizadas por comandos Montoneros (o que se integrarían después en la organización, como en el caso de Vandor). Los dos últimos asesinatos fueron perpetrados a pesar de que el país estaba bajo un régimen democrático, varios años antes de la llegada de la dictadura militar.

Entre otras cosas, el uso del terrorismo fue facilitado entre los Montoneros por la amalgama de componentes ideológicos contradictorios que impedían pensar en estrategias políticas realistas y coherentes. Al mismo tiempo, estos grandes gestos terroristas eran funcionales para el crecimiento de la organización, permitiendo sumar militantes de diversas corrientes ideológicas. Ellos podían venir tanto del catolicismo nacionalista de derecha, como de la teología de la liberación marxista, del peronismo revolucionario de derecha, del comunismo, y de otras variantes de la izquierda. Los Montoneros surgieron y consolidaron su organización en el culto a la violencia. Ellos fueron capaces de matar a todos los que se cruzaron por delante de su voluntad política, sin importarles su condición, ya fueran peronistas o antiperonistas, militares, políticos o sindicalistas.

Sin embargo, soy testigo de que nuestra motivación era noble. Conservo todavía un recuerdo feliz de mi vida en aquellos años. Fueron sombríos pero también llenos de desprendimiento, alegría y amor. Sé que nuestra intención no era hacer el mal por el mal en sí mismo, pero la astucia de la razón, irónica y perversa, pudo convertir hombres buenos en malos, sin darnos tiempo para tomar conciencia. El retorno de este camino sería extremamente difícil para la mayoría, casi imposible.

Los Montoneros ocultaron su ambición de poder por detrás del liderazgo de Perón, pero cuando se dio su retorno, y él no les entregó la dirección del movimiento peronista como esperaban, no dudaron en matar a Rucci para llamar la atención del líder sobre sus demandas, pero sin reconocer públicamente su autoría. Creían que la condición de revolucionarios les otorgaba el patrimonio de la historia, por ser dueños de la verdad se permitieron mentirles a sus contemporáneos (en el otro extremo del espectro político argentino la situación seria semejante, la historia mundial está llena de ejemplos de este tipo). Del mismo modo, años antes habían matado al general Aramburu para ser reconocidos como peronistas por Perón y por las masas. Así como intentaron ocultar la verdad de la muerte de Rucci, en el caso de Aramburu intentaron hacer desaparecer su cuerpo, con la supuesta intención de cambiarlo en el futuro por el de Eva Perón, secuestrado durante el gobierno de Aramburu.

Como Eva Perón murió de muerte natural, la saga de las desapariciones de personas asesinadas con intencionalidad política en la Argentina del siglo 20 no la incluye. Según mi conocimiento, esta triste saga comenzó en 1930 con el anarquista Penina, durante el gobierno del general Uriburu; siguió en 1955, con el comunista Ingalinella, en el gobierno del General Perón; continuó en 1962 con el peronista Vallese durante el gobierno provisional de Guido (que asumió tras el derrocamiento de Frondizi por los militares); hasta llegar al cuarto de la lista, el general Aramburu, cuyo cadáver permanecería desaparecido un mes y medio. El imaginario de los autores de la larga lista desaparecidos que vendría después se construyó con base en estos antecedentes.

Debido a que el asesinato de Rucci provocó una acelerada ascensión a los extremos de violencia, “envenenando” el gobierno de Perón en plena democracia, este atentado debería considerarse como el mayor acto terrorista de la guerrilla argentina en los años 70. Sin embargo, por ser un magnicidio, otro que convocó igualmente a los demonios fue el de Aramburu. Su cuerpo tardó en descansar en paz. Además del desaparecimiento sufrido después de su muerte, cuatro años después de enterrado en el Cementerio de la Recoleta volvería a pasar por lo mismo. Los Montoneros repitieron la hazaña para continuar insistiendo en la devolución del cadáver de Eva Perón. La trágica ironía de este último hecho es que el cuerpo de Evita había sido entregado a Perón en España tres años antes, en 1971: ¡era el general vivo que no lo querría traer de vuelta al país, no el general muerto! Si la primera desaparición del cadáver de Aramburu podía reivindicar alguna legitimidad, la segunda no tenía ninguna razón más que insultar la memoria de los militares argentinos. En favor de los Montoneros se podría decir que la falta de respeto a los muertos tiene una larga historia en la Argentina; el cadáver de Perón tampoco se salvó y tuvo sus manos mutiladas en 1987.

El escenario terrorista argentino de los años 70 tuvo todas las combinaciones posibles de terrorismo, uno más vinculado a los movimientos de la sociedad civil, otro más a los organismos estatales, y también casos intermedios, como la Triple A. Todos se retroalimentaron entre sí. Obviamente, no todos los miembros del estado o de la sociedad civil fueron terroristas de la misma forma a lo largo de la historia. Sin embargo, hubo complicidad en diversos niveles del Estado y la sociedad civil con el terrorismo producido por los gobiernos de Lanusse, Perón, Isabel Perón, Videla, Viola y Galtieri. Así como hubo complicidad con el terrorismo de las organizaciones guerrilleras en distintos niveles de la sociedad civil y del Estado (especialmente en el gobierno de Cámpora y de algunos gobernadores provinciales en 1973).

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Soy testigo de las complicidades ocurridas en 1973.

El 9 de junio se hizo un acto en José León Suárez conmemorando los fusilamientos de diversos militantes peronistas ocurridos en un basural de esa localidad en 1955, por la dictadura militar que había derrocado a Perón. Durante la ceremonia hubo un fuerte enfrentamiento a tiros entre grupos peronistas antagónicos. Por un lado, los sectores revolucionarios nucleados alrededor de los Montoneros, y por otro diversos grupos de derecha y agrupaciones sindicales. El enfrentamiento dejó un muerto y algunos heridos, todos de la derecha peronista. El tiroteo fue provocado por una razón trivial no premeditada. Lo sé porque yo fui quién lo detonó.

Como es habitual, después el evento adquirió aires de conspiración, pero mi intención fue simplemente rescatar a una compañera que me recordaba a Mónica Vitti —de quién me apasioné en los años 60, cuando miré las películas de Antonioni— que pasando por donde no debía fue rodeada por cuatro o cinco militantes de la derecha.

Ellos la estaban molestando. Pienso ahora que no debía ser nada que no pudiera resolverse de otra manera, pero en aquel momento no dudé, me les fui encima y los amedrenté mostrándoles el revolver 38 que llevaba en la cintura. El recuerdo de mi vieja pasión se salvó, pero yo había pisado el hormiguero. De repente la calle se llenó de militantes armados de ambos grupos. No fui yo quien inició el tiroteo, pero respondí inmediatamente a la primera bala y en pocos segundos se generalizó. Lo demás es historia.

A pesar de las pocas bajas, en comparación con lo que estaba por venir, el evento ganó importancia por ser el acto inaugural de la violencia política en el período democrático iniciado el 25 de mayo de 1973. Demostró que las armas seguían engatilladas, que era fácil llevar al nivel militar la confrontación política que existía en el gobierno peronista, en donde los Montoneros dividían puestos e influencias con los sindicatos y la derecha. Esta confrontación parecía enseñar que la violencia era una forma de romper el impase en la ausencia de Perón, que aún no había regresado al país de forma permanente. A los Montoneros les gustó el resultado de la confrontación, pero no imaginaron que habría una reacción tán rápida.

Días más tarde, el 20 de junio, Perón regresaba al país y se esperaba que hablara en un enorme palco erigido en Ezeiza, cerca del aeropuerto. Los Montoneros comparecieron con una gran cantidad de militantes de todas partes del país, pero al llegar con sus carteles cerca del palco fueron recibidos a tiros. Todavía no hay una lista de bajas de este enfrentamiento, los cálculos estimados son de ochenta muertos y cuatrocientos heridos, la mayoría del lado de los Montoneros.

A nivel personal, José León Suárez me dejó un legado difícil de evaluar. Por el lado de las ganancias, ascendí dos grados en la jerarquía de los Montoneros, de aspirante fui directamente a oficial primero. Por el lado de las pérdidas, el día siguiente al tiroteo mi foto ilustraba una nota en un diario de gran circulación. Yo aparecía con la pistola en la mano, el subtítulo me acusaba de ser el asesino. El diario pasó la foto a la policía de la Provincia de Buenos Aires y a varios grupos de derecha y del sindicalismo peronista que juraron vengarse. Eso no me preocupó tanto como la posibilidad de que mi foto fuera identificada por terceros y los diarios publicasen mi nombre; con el tiempo descubrí que no habían sido pocos los amigos que me identificaron. Estaba afligido por mis padres, recién había salido de la cárcel y pensarían que ya estaba complicado nuevamente.

Pero el subjefe de la policía, por casualidad uno de los pocos sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez, también era Montonero. Nos encontramos y me dijo para no preocuparme: él se había encargado de hacer desaparecer a toda la investigación policial, incluyendo las fotos. No volví a verlo; la Triple A lo mató un año más tarde.

Nadie fue procesado por los acontecimientos del 9 de junio de 1973, prueba pequeña pero convincente de la complicidad que existía en la época entre algunos sectores del Estado y las guerrillas peronistas, especialmente con los Montoneros.

Esta nota es parte del Testamento de los 70, de Héctor Leis

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Las palabras y las cosas – Exabruptos

Un artículo reciente nos advierte acerca de “la banalización del adjetivo nazi” como respuesta a algunos periodistas que acusaron a 678 de nazi, fascista o goebbeliano. Goebbels nunca dijo “miente, miente que algo quedará” y, por lo tanto, los acusadores son víctimas paradojales en la repetición de una mentira. Claro, no a conciencia así que la crítica se vuelve un artículo de atribución.

En realidad, las hipérboles de los periodistas son más bien instancias de una variación de la ley de Godwin que podría enunciarse como: a medida que una discusión sobre el kirchnerismo se prolongue en el tiempo, la probabilidad de que surja una comparación con los nazis o con Hitler tiende a 1. Y un corolario: si la discusión es en la web, se llega más rápido.

Lo que está claro es que la propaganda (esa y, y no otra, debería ser la caracterización) se basa en la repetición. Y Goebbels lo sabía (una buena fuente es The Third Reich: Politics and Propaganda de David Welch). Por ejemplo, esta cita de sus diarios del 29 de enero de 1942:

“Again I learned a lot; especially that the rank and file are usually much more primitive than we imagine. Propaganda must therefore always be essentially simple and repetitive. In the long run basic results in influencing public opinion will be achieved only by the man who is able to reduce problems to the simplest terms and who has the courage to keep forever repeating them in this simplified form, despite the objections of the intellectuals.”

El artículo de P12 amplía, y sólo puedo acordar, que la propaganda no es siempre nazi. Al revés, el nazismo se sirvió de la propaganda o, en palabras de la tribu, la maximizó. Vale aquí un repaso rápido usando a Welch como fuente.

Durante el nazismo, se creó un Ministerio de Ilustración y Propaganda por decreto presidencial. Se creó una cámara de cultura bajo las cuales se organizó el teatro, la música, la radio, el cine, las bellas artes y la prensa. La membresía era obligatoria para obtener permisos de trabajo; la alternativa era la “ruina profesional”. Se prohibió la crítica artística por sí misma ya que tenía que estar al servicio de los ideales del Reich. Era imperativo – escribe Welch – que los artistas mismos estuvieran alineados con los objetivos y los ideales del nuevo régimen. La radio – la TV de la época – fue una herramienta clave y Goebbels convenció a Hitler de emitir un decreto para centralizar la “responsabilidad por todas las influencias en la vida intelectual de la nación” y así romper con la estructura federal de la radio.

Una herramienta clave fue el “Servicio Inalámbrico Alemán” o DDD (SIC). Goebbels distribuyó aparatos de radio a bajo costo con el objetivo de conseguir uno por hogar. De hecho, “los nazis persuadieron a los productores para que fabricaran uno de los aparatos más baratos de Europa”. Estas “radios de la gente” tenían recepción limitada para que no pudieran repetir transmisiones extranjeras. Además – cuenta Welch – se distribuyeron altoparlantes en plazas, fábricas, oficinas, escuelas y restaurantes. Aparecieron varios problemas. Uno, cuando estaba en un estudio Hitler no se motivaba y no era efectivo. Entonces empezaron a transmitirse sus apariciones públicas. Otro, la gente se aburría, lo que llevó “a Goebbels a decidir que el 70% de las transmisiones se dedicara a música liviana” para promover lo que hoy llamaríamos el encendido.

No termina aquí la revisión (y recomiendo el libro) pero el punto que quiero hacer es simple: propaganda nazi es repetición más opinión única de ideales nacionalsocialistas.

Hay que elegir las palabras con cuidado. Los periodistas tienen una responsabilidad mayor en el buen uso de las palabras, después de todo es su modo de vida. Se los dejo a ellos y aquí sólo planteo mis limitaciones y mi  falta de vocabulario porque si nazi es el que te mata a repetición en una cámara de gas o de inanición, ¿cómo le decimos al qué te deja sin laburo y te persigue?

ARGENPRESS.info – Prensa argentina para todo el mundo: La derecha y el “modelo K”

Julio Raffo (INFOSUR)

En diferentes ocasiones algunos compañeros, con los cuales compartimos la acción política en los años 70, me han dicho que Proyecto Sur le hace “el juego a la derecha” cuando critica al kirchnerismo.

Ante esa acusación respondo que no deberían preocuparse tanto porque “hay conquistas y banderas del modelo K que la derecha ciertamente va a respetar y profundizar”. Sorprendidos me preguntan a qué me refiero, y entonces les respondo:
La derecha no va a restringir la megaminería a cielo abierto ni va a obstaculizar la destrucción de los glaciares o los negocios de la Barrick; no va a anular la delictual concesión del yacimiento de petróleo de Cerro Dragón, otorgada por Néstor, no va a propiciar la modificación de la Ley de Entidades Financieras de la dictadura que les permite a los bancos llevársela con pala; tampoco va a modificar el sistema tributario que hizo Menem, y que descarga en el consumo el mayor peso de la carga impositiva, ni aplicará el IVA a las transacciones financieras. Tampoco cuestionará ni el origen ni la licitud de la deuda externa: al igual que el “modelo”, pagará capital e intereses sin chistar, presentando el hecho como un logro y no como una traición.
La derecha no va a derogar la Ley Antiterrorista, no va a sacar a la Argentina del TIAR y también mantendrá los tratados de “reciprocidad” de inversiones extranjeras que nos encajó Menem. Tampoco va a anular la ilegal prórroga de las licencias de televisión que otorgó Néstor, no abrirá los concursos de los canales de televisión digital y continuará obstaculizando la existencia de emisoras comunitarias; por su parte, el Instituto de Cine seguirá dando arbitrarios “adelantos de subsidios” y mantendrá el secreto respecto de la contratación de publicidad para las películas.
En materia gremial, la derecha no le va a dar a la CTA el reconocimiento que reclama, será enemiga de las paritarias libres y buscará apoyo sindical en los Zanola, los Pedraza y los Cavalieri –los Gordos– para enfrentar el reclamo salarial de los trabajadores, y profundizará la caracterización que Cristina hace de los docentes como “vagos y privilegiados” y de los dirigentes sindicales –sin excepción– de ser los que empujan a los trabajadores al conflicto y, cuando las papas queman, se rajan a vivir bien mientras que sus representados pierden sus trabajos.
Seguramente la derecha pondrá a su servicio a economistas del CEMA, y a procesistas y menemistas arrepentidos, y tratará de denigrar o borrar el recuerdo de los gobiernos de Juan Perón.
En trance de elegir, la derecha preferirá promover un tren bala para atender las necesidades de los ejecutivos que viajen a Rosario antes que invertir en la reconstrucción de una red ferroviaria al servicio de todos y de la integración del país.
La derecha no les pagará el 82% a los jubilados y carecerá de una política clara y eficiente para enfrentar el flagelo de la desnutrición y la mortalidad infantil; sus funcionarios, al igual que Néstor y Cristina, seguirán atendiéndose en clínicas privadas mientras mantienen la inútil Unidad Presidencial en un hospital público
La derecha considerará al caso Julio López como algo a olvidar, y no hará nada eficiente ni significativo para que sepamos qué pasó con él y para mantener la memoria sobre el hecho.
Como la derecha subordina la ética al pragmatismo no se inmutará ante procesos judiciales por corrupción que involucren a sus funcionarios y tomará medidas para garantizarles la impunidad. Por ser perversa, pero no estúpida, ese mismo pragmatismo la llevará a mantener el actual Museo en la ESMA y a no reinstalar el retrato de Videla. Como todo poder, la derecha contará, también, con un coro de prestigiosos aplaudidores quienes, hábilmente, pecarán más por lo que callen que por lo que digan.

Mi respuesta corona con una amigable recomendación: “Muchachos, quédense tranquilos: un triunfo de la derecha no va a cambiar ninguna de esas cosas que ustedes defienden al defender el modelo; los que debemos preocuparnos, y mucho, somos los argentinos que no somos de derecha y, por eso, estamos en contra de esas medidas y esas políticas del modelo”.

El camionero, la Presidenta y el gran diario – Perfil

Primer acto: Moyano vestido de guerrillero, mameluco camuflado, fusil al hombro, borceguíes, barba, el pelo largo, con una boina con una estrella, puño izquierdo en alto y gritando: “¡Viva la revolución socialista!”. Segundo acto: Hugo Moyano vestido de Tío Sam, golpeando la puerta de los cuarteles y de la Embajada Norteamericana, y llamado a destituir a la Presidenta para instalar en su lugar a una junta de Gobierno integrada por Darth Vadder, Lord Voldemort y Gatúbela, bajo el lema “todo el poder a los camioneros”. ¿Cómo se llama la obra? “Donde Hugo amor, cenizas quedan”.

No, perdón, es malísimo. Sí, un chiste muy malo. No debería haberlo intentado. ¿Para qué? Si hay ya suficientes humoristas, demasiados contadores de chistes (y de relatos) desopilantes como para que yo venga ahora a hacerme el gracioso. Primer chiste: la página 3 de Clarín de ayer. Se ve a Moyano, mitad de cara tomada desde abajo, los ojos del camionero mirando hacia el horizonte como si se tratara del mismísimo Che Guevara retratado por Korda e inmortalizado en pósters, remeras, banderas y marchandising de todo tipo. Ja, es buenísimo.

Desopilante. Casi tan desopilante como ver la tapa de Tiempo Argentino de ayer, con su desopilante título: “Con un escaso respaldo, Moyano lanzó un paro nacional de Camioneros”. ¿Qué significa “con un escaso respaldo”? Y, que los “gordos” no apoyan la iniciativa de Moyano. También podría decirse que la decisión de Moyano no fue refrendada en asambleas sindicales de base pero, ¿fue consensuada en asambleas sindicales de base el apoyo incondicional de Moyano al gobierno nacional hasta hace no mucho? Ja, re gracioso.

Los chistes siguen. Y no son de ahora. Hay una humorada que es de hace bastante tiempo. El 12 de diciembre de 2010, Clarín publicaba una nota titulada: “Un juez investiga la obra social de Moyano por lavado de dinero”. Una investigación interesante, sin dudas. ¿Habrá continuado la causa? ¿Y por qué Clarín habrá abandonado ese material periodístico tan rico, tan valioso para sus lectores? Ja, qué plato. Pero hay más…

Un mes y pico antes, el 31 de octubre, cuatro días después de la muerte de Néstor Kirchner, Moyano fue invitado al programa de televisión 678. El rumor en ese momento era que el día anterior de su muerte, Kirchner había tenido una fuerte discusión con el líder de la CGT. Y esa discusión habría causado un fuerte disgusto en el ex presidente. Tanto que, se decía, podría haber influido en el ataque que generó su muerte.

Por esos días había llamado mucho la atención la ausencia del camionero en el velorio de Kirchner y se rumoreaba que Moyano no había ido por un pedido de la Presidenta, que acusaba al sindicalista por la muerte de su marido. Esa noche, en 678, la única que le preguntó por el tema fue Nora Veiras, la única periodista que había en la mesa del programa. En realidad, Veiras fue la única que le preguntó algo a Moyano. Los demás se limitaron a ponerle el micrófono y a llamarlo amablemente “Hugo”.

Luego de la pregunta de la periodista, fueron a un informe titulado sutilmente: “Operaciones, mentiras y bajezas de la prensa canalla en un momento de mucho dolor”. Obviamente se desmentían todas esas versiones y se mostraba a Moyano una y otra vez afirmando que “después de Perón y Evita, Néstor y Cristina fueron los que más hicieron por los trabajadores”.
Una vez más, Veiras puso una cuota de cordura y de periodismo en la mesa, cuando le preguntó a Moyano: “Hay versiones que dicen que usted se habría reunido con dirigentes de la Unión Industrial Argentina para no seguir avanzando con la participación de los trabajadores en las ganancias. ¿Usted que opina?”. Luego de que Moyano negara categóricamente la versión, Orlando Barone salió al cruce duramente contra su compañera.

“Me parece que hacernos eco de las versiones es faltarle el respeto a la memoria de Néstor Kirchner”, aseguró Barone. “Es algo que los medios instalaron y me pareció que estaba bien preguntarle a Moyano esto”, se defendió la periodista, con una absoluta coherencia con el buen desempeño de su oficio. “¿Por qué preguntamos las versiones de los medios?”, insistió Barone. Y concluyó: “A mí no me interesan las versiones de los medios”.
La discusión la zanjó el propio Moyano cuando remató con un chiste que hoy resulta absolutamente desopilante: “Si queremos seguir mejorando las condiciones de vida de los trabajadores, apoyemos con todas nuestras fuerzas a Cristina. Es cierto, faltan cosas, pero vamos en camino de que se dignifique a toda nuestra sociedad”, lo que provocó una estruendosa ovación en el estudio de la televisión pública. Ja, ja, ja, ja, ja.

Por esos días, Rosendo Fraga y Joaquín Morales Solá firmaban editoriales donde invitaban a la Presidenta a un llamado al diálogo que, más bien, sonaba a un apriete, a imponer condiciones si quería evitar la destitución. Y entre las condiciones estaba la cabeza del Moyano. Sí, Moyano. El mismo negro que hoy parece ser la gran esperanza blanca del antikirchnerismo sediento de sangre. Ja.

Meses después, Clarín lanzaba la ofensiva mencionada antes. Y Moyano contestaba con bloqueos al diario, con sus camiones transformados en trincheras y el “Clarín miente” como bandera. Si hasta se veía a los camioneros movilizados con remeras de “TN Todo Negativo”. Hoy en cambio TN es para Moyano “Todo Negociable”, tanto que lanzó su paro y movilización del miércoles en el estudio de “A dos voces”, dándole la exclusiva a… ¡Marcelo Bonelli! Ja, qué gracioso.

Demasiados chistes para un solo día. Pero bueno, ya que estoy pasándola tan bien, ya que me estoy divirtiendo tanto, les voy a contar uno más. El último, y no jodo más. ¿En qué se diferencian Barrionuevo, Pedraza, Daer, Lescano, Cavallieri y Pedraza, de Moyano? Que los primeros se hicieron millonarios durante la década neoliberal de los 90. En cambio Moyano se hizo millonario con el gobierno nacional y popular de los 00. Ja, ja.

No, che, era joda. Nada que ver. Decir hoy que Moyano es malo es hacerle el juego al kirchnerismo. Como decir que Moyano era malo hace dos años era hacerle el juego a la derecha. En cambio, decir hoy que Gerardo Martínez era un agente del batallón 601 durante la dictadura, es hacerle el juego a la derecha. Pero decir hace un par de años que Gerardo Martínez fue un agente del batallón 601 durante la dictadura, era hacerle un favor al gobierno nacional y popular.

Uy, cierto, entre tanto chiste me olvidaba de un detalle: el reclamo de Moyano sobre la injusticia que significa que los trabajadores que ganan más de 5.000 pesos paguen impuesto a las ganancias es absolutamente justo. De verdad. Aunque todo parezca una grandísima joda.

*Periodista. Ex director de la revista Barcelona.

Antes de la lluvia: Prensa, semántica y colectivos

Ayer el diario Clarín dedicó el centro de su tapa a los incidentes producidos en la estación ferroviaria de Haedo y sus alrededores. Titula: “Grupos violentos después de la furia de la gente”. El copete amplía: “Todo duró cinco horas. Quemaron 15 vagones y la estación de tren, saquearon comercios y sembraron terror en la zona. Había empezado como una reacción exasperada de los usuarios por la interrupción del servicio. Al final, actuaron policías y gendarmes”.
Por su parte Télam, la agencia oficial de noticias, informaba: “87 detenidos en los incidentes de Haedo: para el Gobierno fue ‘un hecho armado’. El ministro del [sic] Interior habló de ‘sabotaje’ para que el tren parara y culpó a ‘grupos de izquierda y de Quebracho’. Dijo que ‘los vecinos no reaccionan de esta manera’ por una demora en el servicio. Hubo 16 vagones incendiados junto a la estación y a dos patrulleros. Saquearon las boleterías y negocios de la zona. La empresa asegura que el fuego lo iniciaron activistas que viajaban a la Cumbre de Mar del Plata”.
Cinco colectivos que esas dos noticias enuncian: grupos, gente, usuarios, vecinos y activistas. Hay otros, pero me importan éstos.
Según la Real Academia Española de la Lengua, grupo significa una “pluralidad de seres o cosas que forman un conjunto” y gente, una “pluralidad de personas”. Bastante semejante si obviamos la posible cosificación comprometida por el primer término. Pero la Real Academia Española de la Lengua, se sabe, vive desactualizada: la lengua la moldea Clarín y grupo implica “malo” mientras que gente implica “bueno” y por lo tanto la furia (“ira exaltada”) de la gente es lo opuesto de lo violento (“fuera de su natural estado, situación o modo”) de los grupos. ¡A ver si ponéis al día vuestro “español al día”, señores eruditos!
Para que se entienda lo que cada término conlleva en su semántica argentina contemporánea, resumo:
-Grupo: Una minoría maquiavélica que oculta sus auténticos intereses, cero espontaneidad, pura maquinación y una condición francamente perversa.
-Gente: Define el buen saber y comprender de la especie humana (con Clarín a su cola). La gente jamás se equivoca, tiene la mejor leche y le asiste siempre la razón.
-Usuarios: Gente que paga por algo, por lo tanto, buenos por naturaleza. Los usuarios controlan y resisten desde la ingenuidad y la simpleza: más que buenos, muy buenos.
-Vecinos: Panes de dios, tiernísimas personas sólo atentas a la paz de sus vidas particulares. Como habría dicho Aníbal Fernández, jamás queman trenes ni estaciones.
-Activistas: El demonio encarnado en una serie de arteros operadores. Un activista es frío, calculador y malvado y merece la cárcel o (en su versión humanista) medicación.
-Cartoneros: Gente excluída que junta mierdas, vive de la basura y merece nuestra compasión. Son buenos pero su miseria puede devenirlos objeto de grupos y activistas.
-Piqueteros: Activistas cuya culpa se halla apenas atemperada por el flagelo de la desocupación. De hecho, los piqueteros son capaces de quemar cualquier cosa: malos.
-Pueblo: Anacronismo por gente. El término suele ser usado por activistas y piqueteros como apelación demagógica y/o máscara de su accionar delictivo.
-Clase media: Designa a la gente como uno: muy buena, buenísima. Limita al sur con los cartoneros y al norte con una suerte de nada.
-Clase obrera: Su búsqueda no ha arrojado ningún resultado: pruebe quitar las comillas o intente con otros términos.
-Lluvia: Lo que viene, lo que viene…

PS: Antes de la lluvia recolecta aportes terminológicos de sus lectores de cara a la extensión de este germen de diccionario. Lectores que, como se sabe, no son buenos sino buenísimos. Por favor, sírvanse remitirlos antes de que se largue a llover.

La ideología, presente en el código genético – 27.05.2012 – lanacion.com  

Expertos y politólogos consideran que hasta el 50% de los factores que inciden en nuestras ideas políticas se vinculan con el ADN

Por Hernán Iglesias Illa  | Para LA NACION

 

 ¿ El peronismo en la sangre? Para los psicólogos, la genética predispone a adoptar determinadas ideas. Foto: Archivo 

NUEVA YORK.- Todos estamos convencidos de que nuestras ideas políticas son correctas y que nuestra opinión sobre el Gobierno es la más acertada. Si nos preguntan, tenemos razones para fundamentarlas. Decimos, por ejemplo, que los recientes límites a las importaciones son inmorales -porque provocan escasez de productos de primera necesidad- y torpes, porque no sirven para arreglar ningún problema macroeconómico. Pero también decimos, si nuestra opinión del Gobierno es favorable, que las restricciones son necesarias para cuidar el empleo de los argentinos y que su impacto ha sido exagerado por los medios opositores.

¿De dónde vienen estas certezas? ¿Por qué una persona puede opinar una cosa, y otra, con la misma información, lo opuesto? A todos nos gusta creer que nuestra ideología es una decisión racional, una conclusión a la que llegamos cuidadosamente después de haber observado los datos de la realidad: pensamos así porque “tenemos razón”. Los politólogos, en cambio, siempre han sabido que nuestras convicciones políticas estaban influidas por nuestro entorno: la familia y la clase social a las que pertenecemos, las experiencias que acumulamos y los estímulos que recibimos.

Más recientemente, sin embargo, una nueva generación de psicólogos y politólogos, especialmente en Estados Unidos, han empezado a preguntarse si no hay algo más profundo en nuestras opiniones políticas. Y la controvertida respuesta que han obtenido en sus estudios es que sí: que una parte importante de nuestras opiniones políticas -el consenso oscila entre el 33 y el 50%- está influida por intuiciones muy arraigadas en nuestra psicología. No sólo eso: una parte de estas intuiciones, según decenas de estudios, provienen no de nuestro entorno, sino que lo traemos de fábrica, en nuestro código genético.

Esto no quiere decir que la simpatía por el peronismo o la pasión por el antiperonismo están escritas en el ADN, pero sí que tenemos actitudes que, combinadas con el entorno, pueden expresarse de una manera u otra. “La expresión genética no causa comportamientos, sino que predispone. Contiene información sobre potencialidades -dice el psicólogo argentino Ezequiel Galarce, investigador del Instituto de Salud Pública de la Universidad de Harvard-. El desarrollo de estas potencialidades depende de otros factores, como el contexto, la cultura, el lenguaje y las conductas aprendidas.”

John Jost es un psicólogo de la Universidad de Nueva York que se ha convertido en una especie de símbolo de los estudios sobre las diferencias psicológicas entre las personas de espíritu conservador y las de espíritu liberal o progresista. En sus estudios, en lugar de preguntarles a los participantes si están a favor del aborto o en contra de la pena de muerte, les pregunta por sus hobbies o sus hábitos culturales y sexuales. “Como regla general -escribió Jost en uno de sus artículos científicos- los progresistas son más abiertos a la experimentación y a la diversidad, mientras que los conservadores buscan vidas más convencionales o mejor organizadas.”

Un piyama a la derecha

En los años 70, los socialistas italianos decían en broma que dormir desnudo era de izquierda y dormir en piyama era de derecha. Ahora quizá puedan decirlo más en serio: los nuevos estudios muestran que nuestras ideas políticas emergen de un pantano de actitudes y predisposiciones mucho más amplio y profundo y difícil de definir. En las sociedades bipartidistas, dice Jost, los grupos de votantes no sólo están divididos por la clase social o el nivel educativo, sino también por temperamento.

En la Universidad de Cornell, un psicólogo llamado David Pizarro lleva varios años mostrando fotos desagradables y anotando la respuesta de sus voluntarios. Su hipótesis, corroborada recientemente por un estudio de miles de casos en 121 países, era que las personas más asqueadas por estas imágenes tendían a ser conservadoras. Las que reportaban niveles de asco más bajos tendían a ser liberales o progresistas. Esta señal de disgusto, ha escrito Pizarro, es especialmente ajustada para detectar opiniones morales sobre cuestiones sociales (como el aborto o el matrimonio homosexual), pero no tan buena para predecir opiniones sobre política económica o política exterior.

Jonathan Haidt es un psicólogo muy conocido en Estados Unidos que este año publicó un libro llamado The Righteous Mind (La mente virtuosa), que levantó polémica por su tesis principal. Según Haidt, nuestras intuiciones morales están asociadas con seis “receptores” fundamentales -lealtad, justicia, autoridad, santidad, cuidado y libertad-, y el Partido Republicano ha hecho en estos años un trabajo mucho mejor que el Partido Demócrata a la hora de activar estos receptores. Los demócratas son buenos apelando a la justicia, la libertad y el cuidado, dice Haidt, pero se olvidan de los otros tres. En cambio, los republicanos -quizá como los peronistas, que logran hacer convivir la justicia social con la autoridad, la lealtad y lo sagrado- tienen un menú más amplio de mensajes intuitivos.

En cualquier caso, ¿de dónde vienen estas intuiciones? Un psicoanalista tradicional diría que los primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo de nuestras preferencias posteriores. Pero Haidt y los otros “psicólogos evolutivos” creen que algunas de estas actitudes están con nosotros desde hace cientos de miles de años, adaptándose con cada generación. Los nuevos investigadores del lazo entre política, psicología y genética quieren agregarle a este cóctel un nuevo ingrediente: el ADN. En 2009, un politólogo de la Universidad de California llamado James Fowler analizó la participación política de 1082 parejas de gemelos y mellizos, y comprobó que la intensidad y la dirección política de los hermanos gemelos (que comparten el 100% de su ADN) era mucho más parecida entre sí que la de los hermanos mellizos, que sólo comparten la mitad de su ADN. “Muchas de las actividades relacionadas con la política son heredadas -dijo Fowler-. El entorno sigue teniendo una influencia importantísima, pero sin los genes, te estás perdiendo la mitad de la historia.”

La moral y el relato

Cuando dice “la mitad”, Fowler quiere decir exactamente eso: que hasta el 50% de la sopa de factores de donde bebemos nuestras ideas sobre moral y política tienen un origen genético. A pesar de lo controvertido de estas ideas, algunos de sus corolarios parecen, aplicados a la vida cotidiana, casi de sentido común. En los últimos años, muchas mesas familiares argentinas se vieron arruinadas por ardientes discusiones políticas: ¿por qué discuten tanto -por ejemplo- estos dos cuñados, uno kirchnerista rabioso y el otro antikirchnerista cabezadura, si son tan parecidos en todo lo demás y fueron educados en establecimientos equivalentes? Ambos presumen de tener la lógica y la racionalidad de su lado. Y, sin embargo, no logran ponerse de acuerdo en nada. ¿Por qué? Haidt dice que mientras aparentamos discutir de política, estamos sacando a pasear nuestras intuiciones y nuestros rasgos de personalidad más básicos. “En política, una vez que alguien se une a un equipo, empieza a ver todo desde esa matriz moral -escribe Haidt-. Empieza a ver en todos lados confirmaciones de su relato.”

El problema con este enfoque es la tentación del relativismo: si nadie convence a nadie, y nadie puede cambiar de opinión (porque la traemos desde la cuna), entonces, ¿para qué debatir? ¿Cómo elegir un proyecto de ley sobre otro? La respuesta de los científicos es que todavía sabemos muy poco de cómo funcionan estas influencias. “Hasta hace no mucho, el foco de la investigación estaba puesto en qué genes tenían correspondencias con determinados resultados”, dice Galarce, que estudió psicología en la Universidad de Belgrano y tiene un doctorado en Neurociencias de la Universidad Johns Hopkins. “Ahora estamos tratando de ver en qué condiciones tienden a aparecer con más o menos fuerza”, dice. Un ejemplo de esto es que la altura de una persona está heredada en un 80% de la altura de sus padres. Aun así, los surcoreanos son casi 15 centímetros más altos que los norcoreanos, con quienes comparten genes pero no las condiciones socioeconómicas. El entorno, entonces, puede hacer cualquier cosa (o casi cualquier cosa) con nuestros genes. Mientras tanto, seguiremos peleándonos con nuestros cuñados, creyendo que hablamos de política cuando en realidad estamos hablando de otra cosa. Probablemente de nosotros mismos.

‘La lechuza y el caracol’: un contrarrelato político – Perfil.com

El filósofo Tomás Abraham acaba de presentar en la Feria del Libro su último trabajo, “La lechuza y el caracol”, una serie de reflexiones lúcidas y valientes que buscan “desrelatar” o “contraopinar” para iluminar un presente en el que se cree mucho pero se piensa poco. Aquí, el texto que este intelectual rigurosamente independiente leyó en la presentación.

Por Tomás Abraham

'La lechuza y el caracol': un contrarrelato político

Sólo. Lejos de las multitudes en el golpe del ‘66, en el inicio del Proceso, en los festejos por el Mundial en 1978 o por la recuperación de las Malvinas: haber sido minoría en la historia argentina no deja de ser un certificado de buena conducta intelectual.

Añoro a los amigos escépticos, a los desencantados del mundo, a los que no creen en nada y piensan en todo, a quienes soportan el peso de la decepción sin dejar de ser entusiastas y hacedores, a los hiperactivos pesimistas que no necesitan un credo para un buen despertar, a los que no acomodan sus palabras, a los más creativos y poco funcionales, los que no renunciaron al humor y ríen de sí mismos para pensar mejor. Para esos sobrevivientes no hay “causa” ni “modelo”, ni chicana, ni zonceras, ni cargada, ni piolada, ni pogo.

Exaltados y aburridos.
Vivimos tiempos de exaltación continua que me produce aburrimiento a pesar de la agitación que no deja de destilar un vapor monótono e inerte. Es bueno cambiar de tema una vez que el contenido está saturado. Este libro es un deseo de cambiar de tema. Un estudioso vocacional necesita sorpresas. Si no se cambia de tema por temor a perder audiencia por una supuesta adicción colectiva a un  mismo entretenimiento –mal consejo el que tiene por meta el deseo de perdurar–, al menos cambiar de ritmo y de distancia. Un poco más lejos y con menos frecuencia. 

Estos también son tiempos en los que ya se sabe lo que se va a decir. Hay una distribución fija de los discursos, y los esgrimistas verbales repiten sus posiciones en busca de su touché para luego retirarse satisfechos.

Los columnistas de los medios están encadenados a una sola línea editorial. Hay emisoras y diarios que se especializan en dar buenas noticias, frente a otros que sólo las dan malas. Unos publican estadísticas favorables al Gobierno; otros, perjudiciales. El convidado de piedra llamado ciudadano debe trabajar para cotejar informaciones, siempre tuvo que hacerlo. Antes tenía la comodidad de poder apreciar en un solo medio varias posiciones, ahora debe comparar varios. Es un poco más caro. De todos modos, poner en tensión argumentos para un mejor análisis de la realidad es la labor de una minoría, la mayoría busca certificar lo que cree y quiere. 

Hemos perdido lamentablemente dos figuras retóricas enriquecedoras de la producción discursiva: el dilema y el matiz. Los asuntos humanos referidos a la política, a la ética e incluso a la existencia son dilemáticos. No se resuelven, se deciden. Se degrada la dilemática, por ser la disciplina de la arbitrariedad, en nombre de la necesidad. Pero su paradigma epistemológico no se rige por el de las ciencias, los dilemas no se verifican ni se demuestran, tienen que ver con el riesgo y con la responsabilidad.

Una vez  planteado un dilema, no se busca la solución sino la salida. Pero ésta requiere un profundo trabajo intelectual para que la salida sea algo más que una fuga.

Es muy importante el matiz, como lo es también el alto contraste, la fotografía es buena compañera de la filosofía. El pensamiento contrastado es un arma contra la cobardía, contra la ambigüedad y el siempre quedar bien, que es propio del progresismo en todas sus vertientes: republicanas y populistas. El matiz es un buen remedio contra la estupidez, un antídoto contra el fanatismo que imponen las castas sacerdotales y los comisarios culturales.

Minorías y disidencias. No hay que asustarse por ser minoría o practicar la disidencia. La palabra “compromiso” o la palabra “resistencia” no son un salvoconducto moral para seguidores de mayorías electorales o vanguardias iluminadoras.
Haber sido minoría en la historia argentina no deja de ser un certificado de buena conducta intelectual, en el sentido parresiástico del término, el de la franqueza en el decir ante un poder hegemónico.

Minoría en el ’66 cuando el consenso a favor del golpe de la autodenominada Revolución Argentina era mayoritario. Minoritario en los setenta por descreer que el montonerismo y el camporismo lejos estaban de la dulce melodía de una Sierra Maestra poblada por los nuevos Robin Hood del Caribe. Minoritario en el ’76 ante el clamor masivo que apoyaba  el orden militar y la pacificación de una sociedad en la que se secuestraba y mataba diariamente. Minoritario en el ’78, en el que el hecho de ser apasionado futbolero no invitaba a festejar nada. Minoritario en el ’82 frente a una sociedad entusiasta por la recuperación soberana organizada por un jerarca militar. Minoritario en la inauguración de la democracia ante la multitud de democaretas embozados y dulcificados de  repente junto a académicos  que poblaban instituciones en nombre de una racionalidad de claustro y una modernidad ilustrada. Minoritario en los noventa ante un progresismo que no atinaba a pensar las causas de la derrota política apenas recuperada la democracia. Minoritario ante la fiesta consumista y su relato basado en el triunfalismo empresarial y el pragmatismo beato. Minoritario en 2001 ante el golpe popular que mostraba que la democracia del ’84 era poco merecida. Minoritario en 2004, cuando la política de los derechos humanos se sostenía en el relato autocelebratorio y la manipulación de la memoria.

Minoritario hoy. ¿Cuáles son las consecuencias del espíritu de disidencia y del devenir minoritario de la tarea intelectual? 

No vivimos tiempos de polémica, vivimos tiempos de intimidación. Nada se debate. Se difama. Este tipo de buchonería nada tiene que ver con las famosas polémicas del pasado. Cuando Sarmiento y Alberdi discutían a los gritos e insultos, cuando lo hicieron hábiles polemistas en el fragor de batallas culturales, tenían la humildad de llevar a cabo un trabajo intelectual. No debate cualquiera. Se necesitan argumentos, fina observación, buena escritura, un manejo del arte panfletario, ir más allá del narcisismo herido, del resentimiento y de la envidia. Se necesita trabajar. Hoy la difamación es gratis a la vez que bien paga, basta mostrar trapos sucios de quien no nos conviene, esconder las manchas de quien nos sirve y a quien servimos, escupir afiches y denigrar a Strassera.

Tampoco sirven el maniqueísmo o la extorsión sobre temas puntuales. Estar o no de acuerdo con medidas del Gobierno sólo sirve para la mezquindad de una ideología de trincheras. La Asignación Universal por Hijo puede ser una medida necesaria por una situación social de gran pobreza, pero no hace a quien así lo estima adepto de la Coalición Cívica cuando pedía su implementación durante años ante la indiferencia del Gobierno ni nos obliga a adherir a Proyecto Sur cuando luchaba por su legislación, ni ahora a ser miembro del kirchnerismo, que se apodera de la medida como si fuera cautiva de su corralito político.

Crítica y poder. Creo que criticar al poder de turno es fácil. Más difícil es hacer un análisis crítico de la sociedad. El poder es una secreción de la sociedad que lo destila por sus poros. Por el contrario, es más interesante la acción de los gobiernos que las críticas de las oposiciones porque el poder político debe decidir y pagar costos por sus decisiones mientras, por lo general, las ofertas de las oposiciones son prometedoras por ser ideales.

Por eso no me interesa la vocación antikirchnerista de quienes llevan a cabo una misión redentora en nombre de valores cuya solvencia parecen fijados en una subasta y de medidas económicas que se sabe que expulsan nuevamente familias completas a la calle.

Las  garantías que protegen a los ciudadanos críticos del poder y el hecho de que no haya delitos de opinión o presos políticos no hay que agradecérselo a nadie, no hay dueños de casa en materia de democracia.  Estas garantías existen porque estos veintiocho años no han sido totalmente en vano y no por gracia ni por las virtudes de los tiempos presentes. Ya los clásicos advertían que quien ejerce el poder debe practicar la humanitas, la pietas, la humilitas, para no ser esclavo de la propia soberbia, que no sólo lleva al desastre al Uno o a la Una que impera.

No tememos los golpes militares pero si ya no vivimos esa amenaza no es gracias a los juicios a criminales de Estado hace tiempo retirados de la acción ni por haber descolgado un cuadro, sino por la derrota del poder de fuego activo en diciembre de 1990 por el que un último militar tenebroso en nombre del antiimperialismo y jurando por la bandera nacional y popular levantó a su tropa en momentos de la llegada de George Bush. Lo derrotó un innombrable convertido por necesidades del relato oficial en un enemigo a  conveniencia.

Parece que el llamado relato no ha integrado este capítulo de nuestra historia como tantos otros por temor a que incomode la confección de los nuevos mitos.

No comparo la situación de nuestro país con otros que  nos presentaron como ejemplares. Nuestra sociedad no es la peor de todas. El espíritu disidente es localista. Quien no tiene bronca contra su propio terruño tampoco lo ama. Los profetas internacionales, por el contrario, tienen la tarea fácil. Las agencias de turismo académico les pagan para hablar de biopolítica y llenan una sala.

No sólo el espejismo de países modelo se ha quebrado en lugares como Irlanda, Islandia, la seductora España o la olímpica Grecia. Las crisis se suman como la del tequila, la del arroz, la del vodka, la puntocom, la inmobiliaria, la financiera, etc. No hay sociedad a salvo de la complejidad y la inestabilidad de los sistemas. Por eso tampoco deberíamos comprar nuestros espejitos de colores azules y blancos en un país de deserción escolar endémica, paco, marginalidad estructural, falta de viviendas, miles de cartoneros, festejada corrupción, déficit energético y dependencia de la producción primaria y del interés comercial de unos pocos clientes que si dejaran algún día de pasarnos sus órdenes de compra nos someterían a una grave crisis económica y social.

La intervención de un intelectual en un grupo al que adhiere debe ser tangencial, para usar un término esclarecedor del ensayista e historiador Tony Judt. No tiene sentido que se convierta en un propagandista y oculte sus críticas en el vestuario de una secta para no favorecer a un supuesto enemigo. El debate debe ser a puertas abiertas.

Mi adhesión inorgánica al socialismo fue un ensayo fallido a la vez que fructífero. Confié y confío en la integridad de su conducción, considero necesaria su visión de la política como servicio al bien común, pero creo que el debate en sus filas políticas está limitado por prejuicios de larga data.

Para tener ideas hay que confrontar, y no hay límites temáticos para iniciar la discusión ni para decidir con quién llevarla a cabo. No hay que tener miedo de dividir sino de no pensar. El resultado de mi intervención no fue del todo auspicioso por la resistencia encontrada cuando se tocaban  intereses de aparato, pero tiene un fruto apreciado por la amistad que continúa y la confianza que se otorga al saber que se expresan puntos de vista sin acomodar ni las ideas ni las palabras.
Al no haber un pensamiento arriesgado se conservan los principios pero se carece de ideas, al ocultar y silenciar las falencias se contribuye a la idolatría y se censura la crítica.

Nuestro país ha visto desmoronarse su sistema político. No tenemos sistema alguno, ni republicano ni nada. A la crisis de la representatividad generalizada en el mundo le agregamos que en nuestro caso es crónica y sin mediadores alternativos. Nos gusta la verticalidad y una vez que un cimbronazo descabeza la cúspide se desmorona todo el andamiaje. Es lo que sucede hoy, rogamos por la continuidad de un poder para que la indeseada orfandad no nos obligue a vernos las caras, que no serán sonrientes.

El resultado es que ningún sistema de autoridad ha quedado en pie. En realidad, no es que se fueron  todos, sino que nunca vino nadie. No diferenciamos autoridad de poder. No creemos en ninguna autoridad y veneramos el poder. Lo adoramos. Al no creer en nada ni nadie, estamos dispuestos a venerar cualquier mito. Un mártir, un hereje, y a cobrar. Una autoridad se legitima por el ejercicio de su función, su ocupante es reemplazable porque vale por el lugar que instituye y por el valor que transmite. Un poder domina, se basa en dinero y armas, sin ellos se derrumba.

Recuerdo cuando un jefe de Gabinete decía que los medios eran responsables de crear la sensación de inseguridad al multiplicar miles de veces por las pantallas un mismo crimen puntual. Hoy muchos tratan de crear la sensación de felicidad con la misma operación mediática. El país de fiesta, la fiesta de algunos en la pantalla de todos. De no participar de la misma, habrá que buscar otro tipo de felicidad, después de todo, la única felicidad compartida inventada por el ser humano no sólo ha sido la felicidad mediática.

Propuse en este libro pensar en todos estos temas, sin necesidad de creer, y con el deseo de pensar y escribir. No me hacen falta sueños, los sueños nos tienen y se apoderan de nosotros mientras dormimos, los deseos se tienen, nos hacen despertar con ganas.

Es buena la mañana cuando la lechuza duerme y el caracol descansa.

*Filósofo.

 

 

“La Cámpora” : Prensa Obrera 1217

La reacción adversa que generó en los dirigentes de La Cámpora la aparición de un libro sobre su organización hace creer que estamos frente a un estudio lapidario. Una circular interna le ordena a los militantes no leer el libro ni tampoco comentarlo. La autora, Laura Di Marco, es descalificada como agente de Magnetto/Clarín y La Nación, diarios que le dieron una amplia cobertura.

El libro, finalmente, no aporta nada que no se sepa. Se limita a comentar datos sobre los altos sueldos que cobran los dirigentes de La Cámpora y la cantidad de militantes que ingresaron al aparato del Estado -que la autora estima en más de siete mil- a un costo de 650 millones de pesos anuales. Solamente 500 de estos nuevos cargos corresponden a Aerolíneas Argentinas. Las restantes 400 páginas están plagadas de chismes sin demasiado valor político.

Orígenes

La autora encuentra los orígenes de lo que llama la “proto-Cámpora” en varios grupos y cuadros juveniles que, en 2001 (año del “Argentinazo”), eran la expresión de la llamada “antipolítica”. El grupo más relevante era la agrupación TNT, en la que participaban Axel Kicillof, actual viceministro de Economía, e Iván Heyn, quien falleció en una Cumbre presidencial en Montevideo. Estos grupos, que repudiaban a la política y a los partidos, se conectaron a viejos militantes de la JP y, luego de varios debates, fueron evolucionando, en diferentes etapas, al kirchnerismo.

El tránsito que arranca de la “antipolítica” no es estudiado en el libro, ni tampoco los elementos de su continuidad y ruptura. De esta forma, está ausente el proceso político concreto de diferenciación al interior de los distintos grupos.

La “antipolítica” de la que habla la autora requiere ser precisada, pues con esa misma etiqueta se han vendido frascos distintos. Grupos como el TNT, NBI (de Recalde hijo) o el propio secretario general de La Cámpora, Larroque, blandieron la “antipolítica” en 2001 como un recurso para diferenciarse también (o por sobre todo) de la izquierda combativa y revolucionaria. A la ‘vieja política’ le imputaba corrupción y dependencia de las corporaciones. Con la izquierda, en cambio, iban a la raíz, pues le cuestionaban querer formar partidos de clase y el derrocamiento del capitalismo. Lo que sería luego el círculo cerrado de un jefe inoxidable, Máximo K, se quejaba del “monolitismo” de la izquierda, el cual sólo emanaba de su imaginación. La ausencia de un programa era esgrimida como una virtud, porque decía que éste llevaba a la formación de “vanguardias iluminadas”. Sin el compromiso del programa, los futuros camporistas abonaban el terreno para su oportunismo.

El acuerdo que hicieron con la izquierda a fines de 2001, entre ellos con el PO, para ganarle la Fuba a Franja Morada duró un suspiro. Prefirieron romper la alianza incluso al precio de su propio liquidacionismo. Veían su propio futuro por un carril de vía rápida. Antes de la llegada de Néstor Kirchner, varios de los principales cuadros de La Cámpora ya estaban apoyando a Duhalde -entre ellos el propio Iván Heyn.

La ausencia de la izquierda

Aunque los futuros grupos camporistas arrancan de la izquierda, ésta no figura prácticamente en todo el libro. La autora afirma en más de una oportunidad que Axel Kicillof, que había inspirado la ruptura en la Fuba, estaba “vinculado al PO”. Un acuerdo de Kicillof con el Banco Credicoop fue violentamente criticado por la UJS-PO, la cual ocupaba la vicepresidencia de la Fuba.

El 14 de septiembre de 2010 (por la Noche de los Lápices) tuvo lugar el acto en el Luna Park, en el cual Néstor Kirchner iba a ser el orador central, pero fue remplazado por su esposa, ya que se encontraba impedido por un ataque cardíaco. La autora omite, sin embargo, el contrapunto del acto organizado por la Fuba y los estudiantes secundarios, el mismo día y con una concurrencia muy superior en número, en Plaza de Mayo, en el marco de un “estudiantazo” con ocupaciones de establecimientos y marchas masivas, donde los camporistas asumían el papel de carneros y matones, y eran derrotados sistemáticamente en las asambleas. La ‘recuperación de la política’ por parte de los jóvenes estaba ya muy avanzada cuando los camporistas asomaban las narices.

El contrapunto es estratégico. Mientras en Plaza de Mayo se reivindicaba a los compañeros desaparecidos en el cuadro de una lucha contra los gobiernos “democráticos”; en el Luna Park, la Presidenta ensayaba una crítica a la “gloriosa JP” por haber enfrentado a Perón y a la burocracia sindical, y llamaba a la unidad a la juventud sindical del hijo de Moyano.

La JP ‘sin gloria’

Este choque con la izquierda, que -repetimos- la autora omite por completo, le da un sentido mucho más amplio a señalamientos que hace el libro sobre los jóvenes camporistas y la década del ’70. Para los camporistas, la “gloriosa JP” erró al no confiar en Perón. La ahora vilipendiada JP se había negado a votar una reforma a la Ley de Asociaciones Profesionales armada a la medida de la burocracia sindical vandorista, también lo hicieron con la recontra represiva reforma del Código Penal, y renunciaron a su condición de diputados -aunque ya eran asesinados, como ocurriera con Ortega Peña. Los camporistas de hoy subsanaron aquel error al votar la Ley Antiterrorista reclamada por el imperialismo.

La elección del nombre Cámpora reivindica la obsecuencia del personaje con Perón y su resignada renuncia ante el golpe de Estado que montó el lopezrreguismo para echarlo de la Presidencia.

¿Crítica?

La autora afirma que los militantes de la JP de los 70 tenían animadversión por el Estado, al revés de la pasión que éste suscita en La Cámpora. La imputación a la JP setentista es falsa, puesto que copó el gobierno durante el gobierno de Cámpora. Los primeros, sin embargo, carecían de la red de seguridad que gozan los arribistas del presente.

A la autora no la incomoda que los funcionarios camporistas usen los fondos de la Anses para pagar la deuda externa, o para convertirse -en su nombre- en gerentes de empresas. Pondera los ‘jóvenes’ por la ‘guerra’ que libran contra los “barones del peronismo bonaerense”, cuando en realidad el kirchnerismo ha sido el vehículo para la permanencia en el poder de la casi totalidad de ellos.

Conclusión

La inocuidad del libro muestra los límites de la derecha para realizar una crítica al kirchnerismo. La campaña de demonización de La Cámpora por parte de la derecha no tiene sustento: su cúpula hace lo mismo que los que emergen de las fundaciones o universidades empresariales -como lo muestra el caso de Boudou. No hay diferencias de principios entre unos y otros: sólo envidia.

La política social, a base de fichas – Clarín

Por Rubén Lo Vuolo, ECONOMISTA. INVESTIGADOR DEL CENTRO INTERDISCIPLINARIO PARA EL ESTUDIO DE LAS POLITICAS PUBLICAS

Nuestro Estado fragmenta y rechaza medidas universales. Establece así contratos individualizados para lo cual confecciona fichas donde registra y monitorea la evolución de la vida de cada persona. Semejante método favorece el clientelismo.

Por Horacio Cardo: http://www.horaciocardo.com/

Una característica central de la visión “liberal-subsidiaria” de las políticas sociales es su organización en base a programas diferenciados que distribuyen beneficios diferenciando a los individuos o grupos en función de sus características personales. Desde este enfoque la acción del Estado se justifica cuando, a criterio del poder político y su burocracia, las personas demuestran una situación de necesidad y la imposibilidad de superarla por sus propios medios en el mercado.

El Estado establece así contratos individualizados para lo cual confecciona fichas donde registra y monitorea la evolución de la vida de cada persona.

Esta perspectiva de la acción pública se consolidó en el país con las reformas estructurales aplicadas en la década del noventa.

Su dogma es el rechazo a la universalidad en la distribución de beneficios de la política social y su reemplazo por la “focalización” de la distribución de bienes y servicios públicos.

Este dogma aún prevalece en la acción. Lo que se ha modifica últimamente es el número de personas alcanzadas por la focalización. Si bien se incorporaron nuevos beneficios y beneficiarios, la cobertura de las políticas sociales dista de ser universal.

Es institucionalmente fragmentada y continúa la segmentación de los beneficios que siguen siendo peores para los que peor están.

Lo más notable en este campo de la acción es la ampliación de la población cuyas características personales son registradas en fichas que actúan casi como nuevos documentos de identidad. Así, se ficha a las personas para integrar las mal llamadas “cooperativas” del programa Argentina Trabaja, a los beneficiarios de la Asignación (no universal) por Hijo y a los variados programas asistenciales.

Otras fichas registran si las personas reciben o no subsidios en las tarifas de servicios públicos donde la individualización y subjetividad de la política llega al punto de preguntar: ¿usted considera que necesita ser subsidiado? Mientras se hace campaña con algunos personajes de buen pasar que anuncian públicamente su respuesta. La única que es válida en última instancia es la del poder político que evalúa sus registros. El fichaje de los usuarios de transporte con la tarjeta SUBE es un paso más en la misma dirección y no debería extrañar que a partir de allí se distribuyan subsidios conforme a los criterios que resuelva la autoridad de turno.

La individualización de la política social liberal-subsidiaria es sólo en apariencia progresiva y tiene consecuencias negativas para la organización social y para la ciudadanía.

La primera es la arbitrariedad en los criterios adoptados para la construcción y utilización de las fichas que registran las características personales de la población.

La segunda es la interferencia política en los planes de vida de las personas, obligadas a adaptarse a las sanciones implícitas en las reglas de acceso a los beneficios: ¿me conviene tener más o menos ingresos?, ¿tener hijos?, ¿comprar tal o cual bien o servicio?, ¿registrar mi empleo? La tercera es la erosión de la dinámica política basada en relaciones entre colectivos y su reemplazo por otra donde priman las relaciones personales entre dador y perceptor de bienes y servicios públicos .

La cuarta es el perfeccionamiento de técnicas de control social y de clientelismo político .

La quinta es la c onsolidación de la desigualdad en las características de las personas -evaluada por el poder- como criterio normativo para el acceso a ciertos bienes y servicios públicos.

La sexta es la inestabilidad y volatilidad del bienestar de las personas que depende en gran medida de las permanentes evaluaciones que los funcionarios políticos de turno hacen sobre su vida.

La séptima es la inclusión en la categoría “no necesita subsidio” a un grupo muy heterogéneo de personas , metiendo en la misma bolsa a algunas que sacrifican bienestar con otras que siguen enriqueciéndose desmedidamente por otros medios diferentes a los subsidios sociales.

Malvinas, Famatina y otras yerbas nacionales – Pamplinas

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Las declaraciones son confusas, como si cada cual quisiera poder decir alguna vez que no dijo esto sino aquello, no perro sino porro, no marrón sino motocicleta, pero, por ahora, parece que los que resistieron la instalación de la mina a cielo abierto en Famatina consiguieron pararla. Y es una sorpresa: hacía tiempo que en la Argentina no pasaba nada en contra de la voluntad del gobierno. Quizá –con el peligro que tienen las comparaciones– desde que la torpeza kirchnerista creó una alianza inverosímil entre pequeños chacareros y grandes latifundistas para oponerse a las retenciones agrarias. (Aunque las diferencias son notorias: para empezar, en Famatina no había grandes intereses del lado de los que se oponían: solo personas que querían seguir adelante con sus vidas. Y, por lo tanto, su tinte político fue radicalmente distinto.)

En cualquier caso, el discurso nacionalista del gobierno quedó maltrecho tras su apoyo a las mineras canadienses y por eso –pero no sólo por eso– nos tocan unos días malvinistas. Es cierto que los ingleses relanzaron el tema, y es cierto que en dos meses se cumplen 30 años –30 años– de aquella guerra idiota. Pero también es cierto que el tema aparece puntual cada vez que los gobernantes argentinos –de todo pelaje y color, militares, peronistas, peronistas, militares, radicales breves– necesitan distraer la atención con un rebrote de fervor patriotero.

Los argumentos, que en estos días han vuelto a la carga, para sostener la argentinidad de las Malvinas suelen ser curiosos. El más serio es geográfico: las islas están sentadas sobre la plataforma continental argentina –aunque, si se fijan, es probable que Inglaterra esté, del mismo modo, en la plataforma continental francesa. El histórico es más complicado: fueron españolas –porque el papa Alejandro Borgia se las dio a los Reyes Católicos en una bula de 1494, junto con medio mundo más– pero ningún gobierno argentino las controló nunca, ni pobladores argentinos las habitaron casi. Lo más parecido fue una patente comercial que el general Lavalle, gobernador de la provincia de Buenos Aires, le dio en 1829 a un ciudadano alemán, Luis María Vernet, para que se llegara hasta ese páramo y explotara sus vacas y sus focas; después Vernet fue nombrado gobernador, se mudó con su esposa uruguaya, ejerció un año y medio y en 1831 se fue tras un incidente con unos pesqueros norteamericanos. En 1833 la ocuparon marinos ingleses, y desde entonces se quedaron.

Hay, ahora, allí, pobladores cuyos mayores llegaron mucho antes que la gran mayoría de los ancestros de nosotros argentinos desembarcara en estas costas. Pero los malvinistas dicen que esos señores y señoras no tienen derecho a decidir sus vidas porque no son “pueblos originarios”. No parece importarles el detalle de que nosotros tampoco, que nosotros también llegamos y ocupamos, y que esa plataforma continental que integra las islas a la Argentina es parte de un territorio cuyos “pueblos originarios” –de algún sitio– fueron diezmados y desposeídos por los ejércitos de ocupación argentinos mucho después de que los ingleses poblaran las islas.

La debilidad de los derechos argentinos no da, por supuesto, ningún derecho a los ingleses: ocuparon esas islas por la fuerza como ocuparon tanto mundo en esa época, como los españoles y paraguayos de Garay ocuparon el río de la Plata, como los argentinos de Roca ocuparon las pampas y la Patagonia, como los mapuches las habían ocupado antes que ellos. Es difícil enarbolar legitimidades históricas cuando cada historia empieza con una ocupación: ¿por qué una sería más legítima que otra? Habría que ver, si acaso, en el estado actual de cada proceso, cuál es la solución más justa no para las patrias, esos inventos siniestros, sino para las personas.

Pero, más allá de legitimidades debiluchas y otras chicanas leguleyas, lo que hace que el reclamo argentino sobre las Malvinas me parezca insostenible es que lo repite un país que tiene, al mismo tiempo, tanto territorio nacional abandonado: a grupos económicos tan extranjeros como los que ocupan las Malvinas o a la miseria de sus ¿ciudadanos? El conurbano bonaerense es argentino –y mientras siga habiendo desnutrición en sus familias cualquier dinero gastado en “recuperar” las islas es grosero, cualquier discurso patriótico es obsceno. Y toda la cordillera explotada por mineras multinacionales que dejan chirolas a cambio de los metales que se llevan son la prueba de que el nacionalismo de los gobiernos argentinos –y de este gobierno argentino– es otro homenaje al carnaval.

(Yo no creo en ningún nacionalismo –pero nunca dije que creyera. No creo que una gran minera argentina sea mejor para la mayoría de los argentinos que una gran minera extranjera; no creo, en general, que un explotador argentino sea mejor que un explotador extranjero, pero ésa es la utilidad de los nacionalismos: diluir las diferencias que realmente importan en las puramente simbólicas, discursivas).

Malvineamos, estos últimos días, y eso hizo que se hablara menos de Famatina, de la entrega de recursos naturales por monedas, y de cómo sus promotores oficiales tuvieron que morder el freno. Decíamos: hacía mucho que en la Argentina no pasaba nada en contra de la voluntad del gobierno peronista. Las –muy menguadas– oposiciones juegan, en general, un papel defensivo: intentan responder a los temas que la presidenta pone en las primeras planas. Este gobierno peronista es, sobre todo, el dueño de las palabras: el que decide de qué se habla en la Argentina. Y no porque sea una dictadura, como gritan algunas vírgenes cansadas; lo consigue porque es la base de su política, porque inventa todo el tiempo cosas que contar, porque no tiene pudor en gastar millones del dinero público para difundirlas.

Voy a decir una obviedad: si algo sabe este gobierno peronista es definir la agenda, o sea: son capaces de imponer los temas de los que los demás vamos a hablar. Voy a decir otra: si algo no saben o no hacen sus diversos opositores es definir la agenda, o sea: no son capaces de imponer los temas de los que los demás vamos a hablar. Y voy a decir una tercera: el que define la agenda tiene una ventaja decisiva en la pelea política.

El tema Famatina llegó a la atención pública sin que los gobiernos provincial o nacional quisieran: habrían preferido, al respecto, la salud de los silencios. Eso lo hace particularmente interesante: porque muestra otra vez la fuerza que adquieren ciertos movimientos cuando pueden imponer un tema propio. Este era, todavía, defensivo: la reacción contra una medida del gobierno que muchos percibieron como dañina. Si esos movimientos –y los grupos de intelectuales que ahora se reúnen para discutir lo que hace el gobierno– pudieran elaborar sus propios temas y lanzarlos, mucho cambiaría en el panorama político argentino.

Se acabaría, para empezar, la ficción de que puede haber una oposición, la Oposición. Si su función deja de ser defensiva –ay no hagan esto, ay cómo hacen lo otro–, si empiezan a proponer temas, sus diferencias se harán más y más claras. Pero, sobre todo: el gobierno, en lugar de decir de qué se habla, tendría que empezar a contestar.